Un peine de premio

Joaquín Gutiérrez, Costa Rica, 1918-2000

1966

 

--Si el avión viene volando horizontal, a unos 400 ó 600 metros de altura, hay que dispararle a 8 ó 12 cuerpos adelante, para que las balas de uno y el avión se encuentren--. Todo lo anterior me lo están contando, como una profesora a sus alumnos. -Si en cambio el avión viene en picada, en ese caso tiene que venir en una sola dirección y es más fácil: se le dispara entonces a la nariz, antes que comience a descargar sus bombas.

Es mi segunda entrevista en la aldea. Estamos a unos 2 kilómetros del famoso puente de Ham Rong, y quien me está dando la anterior explicación no es una profesora. Es Le Thi Duom, una muchachita de 19 años, con dos largas trenzas y ojos brillantes, y a quien se le nota que es muy responsable en su papel de subjefe de las milicianas de la aldea.

Ya me habían dicho -y por eso pedí entrevistarla-que Le Thi Duom había participado en 41 combates aéreos, al comienzo acarreando municiones y después como fusilera, y que su pelotón, el 22 de setiembre de 1965, efectuó uno de esos hechos que crearon estupor en todo el mundo: a un F105D que venía en picada sobre el puente, a velocidad supersónica, lo derribaron con 17 disparos de fusil. Uno de esos lo hizo ella.

Y hay que entender que para hacerlo es necesario situarse en el blanco del avión, en línea directa con el fuego de su ametralladora y en donde va a arrojar sus bombas. Y la única protección que tienen las fusileras que lo están esperando, son hoyos individuales en la tierra. Además allí pasan de las 7 de la mañana a las 7 de la noche, en dos turnos.

Doce horas en un hoyo, con la cabeza, los hombros y el fusil empuñado y listo. Y cuando las bombas comienzan a caer sólo les queda agazaparse en sus agujeros, pues otra defensa no tienen.

Le Thi Duom vio venir el avión como un rayo. No parpadeó. Disparó, junto con sus compañeras. Y vio al avión caer, entre llamaradas, a pocos kilómetros detrás de sus trenzas.

--¿Sentiste que le habías dado?

--Sí, yo me di cuenta que había disparado bien.

--¿Cuántas eran ustedes?

--Veintidós.

--¿Y cómo celebraron la victoria?

--En el mismo lugar, los compañeros de la base antiaérea nos trajeron cosas ricas de comer.

--¿Hasta qué grado has cursado?

--Hasta quinto.

--¿Y piensas seguir estudiando cuando termine la guerra?

--Ahora mismo estoy en un curso de superación.

--¿Tienes hermanitos?

Nos muestra sus manitas abiertas y se ríe. --¡Diez, y yo soy la mayor!

--¿Y cómo se llama tu novio?

Y ante esta pregunta la muchachita, que no parpadeó enfrente al avión enemigo, se disuelve como un terrón de azúcar en el agua y todos los rubores de la adolescente campesina se le suben al rostro.

--Sí--, me dice al fin con la vista baja. -Pero está en el ejército--. Y se apresura, para cambiar de tema, a sacar del bolsillo del pecho de su uniforme ¡un peine!

--Fue hecho con el aluminio del avión que derribamos. Me lo hicieron los soldados de la base-me cuenta y me lo pasa. Está hecho simplemente con una lima y tiene una inscripción.

--Es mi nombre -me explica Le Thi Duom-y la fecha cuando derribamos el avión.

Me cuesta mucho convencerla de que se deje tomar una foto. Por fin, deja de cubrirse el rostro con las manos, tomo una tras otra, y, de pronto, le digo: --¡Dicen que tu novio está llegando en este momento a la aldea!

Cuando se lo traducen, su turbación es tan encantadora que le ofrezco a los dioses cualquier cosa con tal que esa foto me salga bien.

Esta entrevista la hice en la aldea. Y esa misma tarde me llevan a ver el puente. Todo tal como me lo habían anticipado. Las dos abruptas colinas, de la Perla y del Ojo del Dragón, el profundo desfiladero, el río Ma, lechoso, abajo. Y el nuevo turno de las milicianas en sus agujeros. Están tensas. Una con el rostro ligeramente contraído. Y resulta terrible verlas allí metidas, jugándose la vida día tras día, semana tras semana, mes tras mes.

Además no me miran, aunque un extranjero allí debe ser algo muy exótico. Sí, no me miran. Están ceñudamente concentradas y sólo miran fijamente al cielo. Todas jovencitas. Todas comenzando apenas a vivir.

Me llevan luego a ver algo especial: una ametralladora de trípode -capturada a los franceses en Dien Bien Phu-que la han convertido en antiaérea gracias a un ingenioso armatoste de bambú, que permite moverla horizontal y verticalmente, por lo que cubren con ella un amplio arco del cielo.

Pero el puente, naturalmente, no lo defienden sólo las fusileras. Hay también -alejadas y camufladas de modo que no las vi - baterías antiaéreas modernas, pero que, como ya les conté, pierden su eficacia cuando el avión entra en picada, pues no están hechas para disparar tan bajo, y es entonces cuando las fusileras adquieren su especial importancia.

 

Del libro Vietnam. Crónicas de Guerra Editorial Legado, 2002

 

 

Un "héroe" único

Joaquín Gutiérrez

Costa Rica, 1918-2000

1966

 

La víspera yo había visitado el jardín zoológico. Me explicaron que quedaban pocos animales, porque en las actuales condiciones costaba mucho mantenerlos, pero insistí en ir, y me alegra haberlo hecho, porque me tocó conocer uno inolvidable: un enorme elefante nativo que era, así me dijeron, héroe de la guerra contra los franceses.

No oculté mi asombro: --¿Héroe?

--Sí--. Y me explican que no sólo había trabajado como un titán transportando las armas y cargas de Dien Bien Phu, sino que, durante la batalla misma, arremetió por su cuenta contra los franceses hasta que una ráfaga le voló un colmillo.

--¿Siií?

El elefante estaba de lado, pero al rodear la jaula vi su colmillo izquierdo cortado casi de raíz.

--Además tiene dos condecoraciones -continuó Au. -Una por ese trabajo ejemplar, y otra como "héroe de guerra", por su arremetida contra los legionarios que iban en desbandada. Fue entonces cuando lo hirieron.

Yo comencé a mirar con reverencia al noble animalote que se balanceaba de una pata a otra, con sus ojos chiquitillos y dulces, y a pensar en la significación de que lo hubieran condecorado, e imaginarme la impresión que a los niños les causaría verlo.

Y todo lo anterior me convenció de que estas gentes eran invencibles y, además, en una comunión tan estrecha con la naturaleza como me lo estaba demostrando con esa veneración por el animalote, que ahora me estaba mirando de lado con uno de sus ojillos, mientras seguía balanceándose sobre sus patotas...

El recuerdo de esa visita me revivió, mientras alguien se acercó a nuestra mesa a conversar un par de frases con Hoang Tung. Pero apenas se fue, éste me reanudó su explicación.

--Los primeros encuentros con los yanquis nos permitieron saber donde estaban sus puntos más débiles. El año pasado ( 1965 ) fue muy favorable. De otoño a fines de año el número de sus bajas en el Sur se elevó a 15 000. Además en el año completo le causamos más de 200 000 bajas al ejército títere.

El saloncito se había ido abochornando; Hoang Tung se levantó a poner en marcha un gran ventilador de aspas suspendido del techo, que comenzó a ronronear y abanicarnos.

--¿Y cuáles son las principales características de la guerra hasta el momento?

--Hasta ahora hemos liquidado -me explican- una parte considerable del ejército títere; derrotado la guerra especial, y hemos hecho gran mella en las propias divisiones norteamericanas. Claro que lo anterior no significa que el fin de la guerra esté necesariamente cercano, pero también estamos preparados para una guerra larga.

--¿Cree usted entonces que ésta va a ser muy prolongada?

--Depende de muchos factores y de cómo estos factores evolucionen. Estamos preparados para grandes sacrificios. Pero si usted lee nuestra historia, más que milenaria, verá como todos los conquistadores que nos han invadido han terminado por ser derrotados. Todos. Los chinos nos ocuparon 800 años, hasta que los derrotamos. Los franceses diez veces menos, sólo 80 años, y también terminaron por salir derrotados. Y la segunda vez que nos ocuparon los franceses, se inició en 1946 nuestra Guerra de Liberación, y ya sólo en 1954, 8 años después, los habíamos derrotado también. Como ve, cada vez el tiempo para liberarnos se ha reducido a una décima parte... Ahora tenemos de enemigos a los norteamericanos y no le estoy sugiriendo que ese ritmo decreciente se conserve, pero sí que terminaremos, más pronto que tarde, por derrotarlos también.

( Tan sólo dos años después, en marzo de 1968, recordé la anterior conversación, cuando el 10 de mayo de ese año se iniciaron en París las conversaciones de paz entre el gobierno vietnamita y el norteamericano. Esto es 14 años después de que, a raíz de los acuerdos de Ginebra, el imperialismo había dividido a Vietnam en dos, cortándolo por el paralelo 17. ¡Y sólo 4 años después que el Gobierno del Presidente Johnson creó el falso incidente del Golfo de Tonquín, como pretexto para iniciar el bombardeo masivo de Vietnam del Norte!).

Como el compañero Hoang Tung no daba señales de cansancio, decido seguir preguntando:

--¿Y aquí en el Norte los bombardeos han causado mucha destrucción?

--Claro que sí. Han destruido buena parte de nuestro sistema de comunicaciones y hemos sufrido pérdidas de todo tipo. Pero las superamos poco a poco. El número de víctimas no ha sido, a pesar de todo, muy elevado y las pérdidas económicas tampoco.

--¿Y cómo se defienden durante los bombardeos?

--Como lo verá usted, en su gira por el país, principalmente con artillería. Tenemos también aviación, pero no es muy grande. Y alrededor de un 10% de los aviones derribados lo han sido por cohetes. En la lucha contra la aviación participa también la infantería que, con ametralladoras y hasta con fusiles, ha acabado ya con 54 aviones norteamericanos, lo que tiene gran importancia política y ha sido una de las principales maneras de hacer que la nuestra se convirtiera en una guerra de todo el pueblo.

"Como lo verá usted en su gira", me acababa de decir. Y entendí la alusión. Le agradecí la enorme utilidad que había tenido para mí nuestra conversación y nos despedimos.

Al irse dejó el ventilador ronroneando, y yo me quedé reflexionando y revisando mis notas, hasta que de pronto me di cuenta de que sólo me separaba un biombo del "reservado" vecino. Oí voces y escuché. Era un periodista del semanario de un partido de izquierda de Europa Occidental, acabado de llegar y al que, en ese momento, le estaban preguntando, lo mismo que a mí, qué le interesaba cubrir durante su visita.

Respondió que en Europa Occidental ya estaban cansados de esta guerra; que eran gente gaté; que hacía falta sacudirlos, estremecerlos, y que él venía a eso, a entrevistar y tomar fotos de niños mutilados, quemados por el napalm o las bombas de fósforo; de aldeas arrasadas y, en fin, de todos los horrores que ustedes están padeciendo.

Todo lo anterior lo resumo, pues él lo dijo con mucho más énfasis y más palabras.

--Pero nosotros -le contestó con voz suave un vietnamita-no somos tan sólo un pueblo que sufre los bombardeos y sus consecuencias. No somos una víctima pasiva. Y nuestro pueblo no sólo está defendiéndose, sino que le está propinando serias derrotas al enemigo. Además nos cuesta creer que los europeos, como usted dice, ya están "cansados" con nuestra guerra. La solidaridad en Europa con nosotros es muy grande, así como la de todos los pueblos del mundo. Y crece más cada día. Y no nos gustaría, para incrementarla, mostrarnos pidiendo conmiseración a nadie.

Sentí lástima por el colega, que había llegado tan desubicado, y no quise oír más. Al día siguiente me lo encontré desayunando, y me senté a desayunar con él. Hablamos primero de colegas amigos mutuos y luego le conté de algunas de las impresiones que yo ya había obtenido en Hanoi. Mi propósito era hacerle entender mejor cómo debía comportarse, más que por él por Vietnam, para que su viaje resultara provechoso. Le hablé, por ejemplo, de que mis años en Pekín me habían permitido conocer mejor a los asiáticos, que eran de una inteligencia muy sutil, que había conservado la visión dialéctica de sus viejos filósofos, visión que en el mundo occidental había quedado sepultada por milenios; y que estas eran las tierras del incesante devenir y la continua mutación de todo; en fin, que este era un pueblo con una paciencia asiática, hija de su continuidad histórica, de milenios en el mismo suelo, todo lo cual los hacía muy distintos de los europeos. Lo hice así para que reflexionara, y con rodeos, para que no se le fuera a pasar por la cabeza que yo había oído su conversación de la víspera o que los vietnamitas me ha habían contado.

No logré nada. Estaba muy resentido y de pronto, abriendo los brazos con un gesto de irritación, estalló:

--¡Aquí no entienden nada de propaganda! Viven aislados, en un rincón perdido del mundo. En Europa a nadie le importa esta guerra. Los engañan, con una solidaridad que sólo les sirve a los occidentales para tranquilizar la conciencia. Compara con la Guerra Civil española, a donde fueron por miles los compañeros de las brigadas internacionales. Y aquí ¿quién viene? ¡Sólo un tonto como yo!

--Y yo-le dije. Y después de desearle felicidades y buena suerte nos despedimos.

Yo partía pronto en la gira y no lo vi más. Y a mi regreso de las provincias pregunté por él y Trou me contó que sólo había visitado Hanoi y algunos de sus alrededores.

 

Del libro Vietnam. Crónicas de Guerra Editorial Legado, 2002



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