Carlos Salazar Herrera, 1906-1980Un grito

Carlos Salazar Herrera

Costa Rica, 1906-1980

1947

Lo había perdido todo. La tierra, la casa, el sembrado.

Todo lo había perdido. La voluntad, la ilusión, el tiempo.

Hacia la mitad del día, entregó sus bienes al acreedor. Entregó íntegra su hacienda, junto con sus diez años de trabajo.

Su nombre... Matarrita.


Fue allá, por las altas cumbres de Santa María de Dota, donde llegó cierta vez, solo, como caracol ermitaño buscando tierras anchas y milagrosas.

También quiso que hubiera playa para tener, de tarde en tarde, dónde echar a navegar la vista.

Durante diez años fue transformando en labrantío el campo que encontró obstinado en la apretada montaña. Construyó una casa, pegó en las paredes algunos cromos y aprovechó la callada atención de las cosas, para conversar con ellas.

Durante diez años se levantó temprano para descubrir en la siembra, con los primeros resplandores del día, los últimos brotes de la noche....

Y aquella mañana llegaron a decirle que ya nada de aquello era suyo.

Había obtenido un préstamo con un logrero y... cuando los intereses empiezan a acumularse, simultáneamente la tierra empieza a cambiar de dueño.

Llegaron con un pliego de papel, y con la pequeñez de este pliego envolvieron ¡todo cuanto encontraron!

Matarrita nada dijo. ¿Qué va a decir un ignorante?... Todo lo había perdido. Hasta el ánimo de buscar una solución.

No tuvo una súplica; tampoco una queja.

Aún más, añadió una sonrisa.... y se guardó la pena.


Al atardecer ensilló su caballo y se marchó, abandonando diez años de sudores y congojas, que quedaron plantados en la tierra para cosecha de otro.

Paso a paso se fue alejando de sus sembrados, como quien se marcha de una fiesta donde se han derrochado demasiadas energías.


En aquellas desordenadas cumbres, durante la época de las cilampas, el frío atormenta las articulaciones y desconcierta el espíritu. Era la época de las cilampas.

Matarrita se metió las orejas debajo del sombrero, se frotó la nariz y apretó con las piernas la panza del caballo, para calentarse con el vaho.

El viento de agua, a una velocidad disparatada, aullaba como perros con miedo.


Por allí vivía su novia, con sus padres los Ortegas.

Matarrita pensó que debía visitarlos para contarles su fracaso y para aplazar la boda convenida.

La casa toda estaba cerrada. Llamó a la puerta repetidas veces. Nadie respondía.

--¡Upe!... ¿No hay nadie?... Soy yo, Matarrita...

Esperó unos segundos y llamó de nuevo.

--¡Ñor Ortega!... ¡Mela!...

Acercó el oído a la puerta.

--Soy yo... Matarrita...

¡Cuántas cosas pensó que podría decirle a la muchacha! ¡Cuántas ganas tenía de que le dieran un jarro de café caliente! ¡Qué gran deseo de fumarse un cigarrito, sentado junto al fogón de la cocina!

Luego, pudo observar que una de las hojas de la ventana se entreabría unos centímetros.

--Soy yo... Matarrita...

La ventana se cerró y pasaron el picaporte, pero la puerta no se abría.

--Bueno -se dijo, mientras reanudaba su camino hacia El Empalme--, esto también se acabó.


Le quedaba su padrino, Ñor Aguilar, que vivía no muy lejos, en una planicie talada, a quien no visitaba sino de año en año, para llevarle algún regalito el día de su santo.

Allí, con seguridad le darían un jarro de café caliente.


Torció riendas a la izquierda y luego llamó a la puerta.

La llovizna, casi horizontal, aporreaba las paredes y el viento sacudía constantemente una plancha de cinc mal enclavada.

--¡Padrino!... ¡Aquí está su ahijao Matarrita, con mucho frío!...

Pero tampoco la puerta se abrió.

Matarrita, asomándose por una rendija del tabique, pudo ver que la casa estaba sola. Luego miró alrededor. Había en torno como una pesadilla de desolación y abandono. Era el espectro de la borrasca que en las cimas desabrigadas espanta a los montañeses, quienes huyen buscando los bajíos.

Más allá, ni un rancho, ni un alma, ni un pájaro. Sólo el inmenso robledal, fantástico y despiadado.

Por un instante, pensó en el calor sabroso de la Bahía de Moín.


Ahora, el viento de agua en su trágica carrera cambiaba de paraje y por momentos se acumulaban monstruos de apretada niebla.

Los friolentos robles han tenido que cubrirse con musgos y los más añosos se dejaron crecer su "barba de viejo". En las axilas de las ramas tiritan las orquídeas, y se descuelgan por los bejucos los quejidos del robledal.

A veces, una alita de huracán lanza cuchillos de doble filo y, con un estremecimiento, todo el robledal gotea. Pero en el suelo hay una muchedumbre de hongos que tienen forma de paraguas.


Al llegar a El Empalme, Matarrita se apeó del caballo. Lo cogió por la brida y lo puso de cara a Santa María, dándole un latigazo en las ancas. Acababa de recordar que el caballo...tampoco era suyo..

Miró hasta donde pudo a la bestia trotando hacia el potrero, y se frotó las manos libres de riendas.


Fue entonces cuando se dio cuenta exacta de su angustiosa soledad. Se sintió aislado, sin ninguna atadura, sin ninguna querencia, sin ningún derrotero. Y mientras caminaba con su lío de tristezas, se iba extraviando por un atajo estrecho y barroso, en el robledal velado por la neblina.

Iba tropezando con los bejucos y la maleza, que se prendían a sus piernas como plantas carnívoras. Iba deshecho, lamentablemente perdido, entre aquel tenebroso de horcas con sus cuerdas colgando, mientras la noche se le venía encima, cargada de silencio.

Entumecido el cuerpo por el frío, turbia la mirada por la bruma, embotado el cerebro con las amarguras, tuvo de pronto la extraña impresión de que había muerto.

Lo sorprendió el temor de que, en un arrebato inconsciente, se hubiese colgado de cualquier bejuco, aceptando la insistente invitación al suicidio que, durante toda la tarde, había venido susurrando una voz a sus espaldas.

Entonces creyó que debía convencerse a sí mismo de que aún no había muerto. Tenía que hacer algo para solucionar aquella necesidad de volver a la vida...

Algo que fuera como una liberación o un desahogo. Algo para dar un hervor a la sangre y un consuelo al alma. Algo para romper el silencio y espantar la tristeza... Algo que tuviera, en un momento dado, el poder milagroso de cambiar el espíritu demasiado confuso de las cosas...

Y lo encontró.

Se llenó los pulmones de aire, y soltó un prodigioso grito de alegría, que hizo temblar el robledal.


Ayer conocí a Matarrita. Me contó su historia. Vive tranquilo en la Bahía de Moín, y se ha dejado crecer su barba de viejo. De tarde en tarde echa a navegar su vista sobre el Mar de las Antillas.

De Cuentos de Angustias y Paisajes, 1947



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