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Mulita Mayor

Carlos Luis Sáenz -biografía aquí-

Los pobres de la tierra.org

Mulita Mayor, 1949

 

Todas las tardes bajaba del cielo la Mulita Mayor: ¡Mulita Mayor! ¿Qué manda el Rey Señor?... Allá en el cielo había un prado; en el prado, un árbol con luceros, un gran río y lo menos ¡lo menos! doscientos bueyes rojos de San Isidro Labrador, en el río de oro, bebiendo.

La Mulita Mayor bajaba de ese cielo y se entraba, trotando, al pueblo por aquella esquina de la calle, que tenía su farol tuerto de unas pedradas que una vez le dimos.

¡Qué alta era la Mulita Mayor! ¡Si por eso era la Mulita Mayor! Llegaba al campanario el aguacero azul de la crin de,gu cuello, arqueado como la proa de un barco antiguo. Nosotros la llamábamos con cantos; ella nos subía a su lomo y corríamos calle abajo, hasta muy cerca del viejo puente de piedra y musgos. Pero nadie salía a vernos; todos los grandes seguían en lo que estaban: las madres, arrullando a los más chicos; fumando, los hombres; pidiendo, los viejecitos pordioseros; el padre cura, rezando su rosario; encendiendo los hornos los panaderos. ¡Mulita Mayor! ¿Qué manda el Rey Señor?...

Y cuando nos llamaban de las casas, casi no oíamos las voces de apremio; seguíamos galopando, muy caballeros, calle abajo, hasta el Puente Viejo. Allí, la Mulita Mayor, de un solo salto, se volvía a encumbrar al cielo en donde estaba el prado... y los luceros... y los doscientos bueyes rojos de San Isidro Labrador, bebiendo aguas de oro en lo negro de la noche naciente.

 

 

 

Chinto Pinto

Carlos Luis Sáenz -biografía aquí-

Los pobres de la tierra.org

Mulita Mayor, 1949

 

Chinto Pinto se fue por la vaca al potrero de don Celestino. El alba estaba en su primer trino y la vaca, metida en la barranca. Era una vaca verde con neblinas; con neblinas y moras; era la Vaca Mora, la vaca madre del toro al que le sacan la suerte delante de la señora.*

Chinto Pinto, entre piedras y estrellas que decían buenos días a los grillos, ausente de todo y con frío, fue cruzando descalzo el sendero de césped del potrero de don Celestino.

Y aquí se ha de cantar:

 

Chinto Pinto, gorgorinto,

saca la vaca que está en la barranca;

entre los cuernos y en medio testuz,

le brilla la estrella del Niño Jesús.

 

¡Pobre Chinto Pinto! Con los pies mojados recorrió el potrero sin hallar la vaca. En eso, las piapias, en los higuerones, las muy deslenguadas:

 

¡Aquí va, aquí va, aquí va!

¡Acá, acá, acal

 

Y en verdad, la vaca ya de neblinas con oro, y balanceando su
olla de leche blanda y tibia, subía por el sendero con rocío, mascullando una caña de maíz tierno.

Y aquí se ha de cantar:

 

Lero, lero,

calzón de cuero,

la vaca llora

por su ternero.

 

Así era, porque la vaca no tenía ternero y venía llorando por el potrero.


* Se refiere a una versión popular guanacasteca del viejo romance "No me entierren en sagrado", que dice: Écheme ese toro afuera,/hijo de la vaca morajpara sacarle una suerte/delante de mi señora.

 

 

Ambo, ambo, matarile-rile-rón

Carlos Luis Sáenz -biografía aquí-

Los pobres de la tierra.org

Mulita Mayor, 1949

 

En el ancho patio de la casa era la vespertina rueda de los niños, estrella de canciones y de risas. Subían las voces limpias por los aires; subían temblando de gozo, como pompas de jabón. A veces cruzaba un pájaro, o había una lluvia de azahares de naranjo, o un flamear húmedo de sábanas tendidas, como velas, a secarse en las sondalezas.

Pero a nosotros sólo nos importaba entonces la distribución de los oficios en la letanía cantada del ambo, ambo, matarile-rile-rón; y así una voz iniciaba el canto:

 

Yo quiero a Luisa,

matarile-rile-rón.

 

Y el coro respondía:

 

¿Qué oficio le pondremos,

matarile-rile-rón?

 

No era difícil buscar oficios para la amiga que se quería y, lindamente, venían los que habíamos aprendido en los cuentos y en los juegos:

 

La pondremos Cenicienta,

a que esté junto al fogón.

La pondremos Blanca Nieves

con su blanco corazón.

La pondremos Caperuza,

la que el lobo se comió.

La pondremos Pinochita

con su grillo delator.

La pondremos vendedora

de cerillas de fulgor.

La pondremos de Doñana,

en el huerto del Señor.

La pondremos Turco, Turco,

la del juego de "quedó ".

La pondremos Pajarita

Pinta, Pinta, en una flor.

La pondremos San Miguela,

contra el Diablo robador.

La pondremos Loca, Loca,

y Ene, Teñe, Tú y Quedó.

 

Y el coro, exaltado, rehusaba los oficios propuestos y volvía cantar:

 

Ese oficio no le gusta;

ella quiere otro mejor.

 

La imaginación barajaba apresuradamente nuevos oficios y escogía los de ternura y los de gracia, proponiendo en salmo:

 

La pondremos campanita

del arco iris temblador.

La pondremos gota de agua,

corazón de puro sol.

La pondremos Nochebuena,

madre del Niñito Dios.

La pondremos de pastora

con sombrero y con zurrón.

La pondremos flor de luna,

sobre el río charlador.

La pondremos bailarina,

entre todas la mejor.

 

Entonces decidía rotundo y delirante el coro:

 

Ese oficio sí le gusta,

matarile-rile-rón.

Celebremos todos juntos,

matarile-rile-rón.

 


La Pájara Pinta

Carlos Luis Sáenz -biografía aquí-

Los pobres de la tierra.org

Mulita Mayor, 1949

 

¿Quién no vio a la Pájara Pinta sentadita en el verde limón?

Entre las azucenas del poniente, al fondo de la calleja herbosa y empedrada, nos alegrábamos cantando, cogidos de la mano, ex-tasiados en nuestro propio vuelo de pajarillos libres.

Por encima de las tapias encaladas que ocultaban los huertos de don Florentino, de don Macedonio y de doña Benita, se alzaban los limoneros en flor y en sus ramas, allí estaba, tarde a tarde, la Pájara Pinta.

Una de las cantadoras, tomando vuelo, nos cantaba:

 

Estaba la Pájara Pinta

sentadita en el verde limón.

Con el pico recoge la rama,

con la rama recoge la flor.

 

Sentíamos no sé qué dicha envidiosa, como si quisiéramos tener pico y con el pico, finamente, recoger la milagrosa flor del extremo tembloroso de nuestras almas.

Y esta es, ahora, una de las tantas historias que le inventábamos a la Pájara Pinta de los huertos de mayo y abril.

 

Hacía nido la Pájara Pinta

con pelitos de blando algodón

que le daba un viejito, viejito,

que calvito, por fin se quedó.

 

Revolaba la Pájara Pinta,

revolaba buscando su amor,

en la jaula de algún pajarero,

prisionero canario cantor.

 

Vuele, vuele, la Pájara Pinta,

que el canario dorado murió:

sobre la hoja de verde lechuga

sus ojitos de noche, cerró.

 

Por la tarde, la Pájara Pinta

en su nido llorando se echó.

Otro día salieron volando

los limones del verde limón.

 

Pero no, pero no, pero no,

que limones no son:

que son pájaros pintos, pintitos,

de amarillo y suave plumón.

 

 

Chinto, Pinto, Gorgorinto

Carlos Luis Sáenz -biografía aquí-

Los pobres de la tierra.org

Mulita Mayor, 1949

 

Chinto, Pinto, Gorgorinto,

corre a tu casa que ya son las cinco.

 

A las cinco nos esperaba la mesa con su mantel a cuadros, con la fila de platos y cucharas relucientes y con la venerable olla de verduras humeantes, orondamente puesta en el centro.

A las cinco había que recoger del suelo el trompo danzante; había que arrollar el manila sucio y meterlo en el bolsillo; otras veces era necesario abatir sobre la plazuela el encumbrado papalote, payaso de los vientos, y apurarse con el mazo de hilo; otras, recoger apresuradamente del alucinante círculo del juego las bolitas de vidrio multicolores y convenir con los otros una posible partida para la siguiente tarde. Y todo, porque el reloj del Carmen había dado las cinco, las cinco de la tarde.

A esas cinco de la tarde que cortaban nuestros juegos como cinco compuertas el agua bulliciosa de una acequia, a esas cinco de la tarde, y ahora lo vemos como entonces, pasan mil cosas:

 

Pasa el herrero,

mandil de cuero.

Los albañiles

con sus añiles.

El carpintero

con su madero.

Las costureras,

cinta y tijeras.

 

Pasa el vaquero

con el ternero.

La negra pasa

con su canasta:

maní cacao,

uvas, manzanas.

Y el barquillero
con su campana.

 

Tan, tan, las cinco.

La golondrina

sube a la torre

su hierba fina.

Y en su caballo,

como un demonio,

pasa el correo

de San Antonio.

 

Chinto, Pinto, Gorgorinto,

corre a tu casa que ya son las cinco.

 

 

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