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15 de setiembre

Miguel Obregón Lizano

Costa Rica, 1861-1935

Boletín de las Escuelas Primarias

Los pobres de la tierra.org

1899

 

Para justificar el entusiasmo, el íntimo gozo con que, como costarricenses, saludamos la aurora de este día, volvamos los ojos al caudal de cultura por nosotros acumulado y tendamos la vista adelante, en demanda del porvenir.

¿Qué somos? ¿Qué valemos? ¿Qué podemos presentar como prueba digna y elocuente de que los pocos años que llevamos de libertad, de vida propia, no han sido estériles? No nos contentemos con poder decir: "tenemos Patria, tenemos bandera, estamos bajo el amparo de un pabellón en que hermosamente se cifra la Patria; Costa Rica es soberana; ningún extraño interviene en su Gobierno ni en su política". Nuestro anhelo y nuestro orgullo deben consistir en poder exclamar: "tenemos una Patria culta, grande por sus hombres, generosa, próspera, feliz".

No son la mejor medida del valer de una Nación las obras materiales realizadas en su territorio, aunque mucho signifiquen: el valer de una Nación está en el valer de las almas. Suntuosos templos, lujosos teatros, expléndidos palacios, soberbios puentes, largas vías férreas, no son su mejor patrimonio; hay algo que vale más que todo eso; algo que asegura mejor su felicidad y grandeza: es el desarrollo de la Educación Popular; es una población inteligente, instruida, activa y honrada.

Los Conquistadores del Oro, dieron a esta parte de América, un nombre atrayente, llamativo, seductor en aquella época de expansión del pueblo español, en aquella época de peregrinos ensueños y de empresas maravillosas, en que la turba de aventureros, fatigues de porter leurs miséres hautaines, se lanzaba en busca de peligros inauditos, de hazañas sin nombre, ansiando triunfos estupendos, que conseguía alentada por el amor a su religión, y a su Rey, y acaso sobre todo, por amor al oro. Hagamos nosotros valer el nombre de la Patria, elaborando, puliendo y abrillantando el oro de las almas, dando vida a generosas ideas, a nobles sentimientos y elevadas aspiraciones.

En el día de la Patria amemos la escuela, floreciente al abrigo de una paz estable, al amparo de sabias leyes, al calor de verdadero patriotismo, del convencimiento hondamente arraigado en la conciencia de la necesidad de llevar la luz de la verdad a los cerebros y la semilla del bien a los corazones.

En el gran día de la Patria, la figura del verdadero maestro, digno de este nombre, cumplidor de su deber, ampliamente posesionado de la importancia, de la santidad de su tarea, y suficientemente preparado para ella, debe resplandecer. A su acción están confiados los hombres del porvenir, los de la Patria futura, que, para nuestro orgullo, debemos columbrar más hermosa que la presente.

En este día, ni odios, ni rencores, ni execración de oprobiosa dependencia, deben despertarse y hacer surgir dolorosos recuerdos; todo entusiasmo, todo amor, todo sentimiento, para la Patria misma. En este día tengamos fe y confianza en nuestro destino y decisión y firme voluntad para seguir acercándonos a un ideal de cultura, de justicia y de bienestar.

El horizonte que tenemos delante es hermoso; el florecimiento de la Patria empieza; a sus hijos corresponde dar acertada dirección a sus facultades y energías, para hacerla grande y próspera; al maestro de escuela toca papel importantísimo en la generosa tarea colectiva.

El destino de la generación que sube está en sus manos. En el gran día de la Patria, ésta reclama del maestro, firmeza en el propósito de hacer venturoso aquel destino, de formar cerebros fuertes, almas elevadas, caracteres íntegros y nobles.

M. Obregón L.

(Editorial del BOLETÍN DE LAS ESCUELAS PRIMARIAS del 15 de setiembre de 1899).

 

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