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Universidad para el futuro y el futuro de la Universidad

Carlos Monge Alfaro

Los pobres de la tierra.org

1976

Discurso Pronunciado en los Ejercicios de Colación de Grados del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico el Día 7 de Junio de 1976.

Por primera vez participo fuera de mi Patria en un convivio, en una comunión académica, en que un grupo de jóvenes puertorriqueños espera con optimismo, con fe, con voluntad y con decisión, la venia universitaria para continuar dando su pensamiento y su acción a la vasta faena de mejorar la existencia de nuestros pueblos hermanos. Digo nuestros pueblos, en esta tierra y en esta humanidad fraternas, porque lo que se haga por enaltecer al hombre, y capacitarlo para que sirva a su pueblo en la conquista de la libertad y la justicia es aporte positivo a la historia social de la humanidad.

El mundo ha venido derribando fronteras, tanto en el orden espiritual como en el geográfico. En todos los rincones de la tierra el quehacer del individuo y de las sociedades acumula experiencia, que por su fuerza creadora y expansiva se convierte en legado de la humanidad. Así tiene carácter universal. ¡Ahora sí que un mismo cielo cobija a todos los habitantes del orbe! Pese a las diferencias ideológicas, se camina hacia épocas de mayor fraternidad, comprensión y solidaridad. La lucha es dura, a veces matizada con aparentes retrocesos y dolorosos fracasos; mas la humanidad al mismo tiempo se enriquece día a día con el aporte de universitarios como vosotros, dispuestos a ganar la batalla de la paz y del bienestar; con legiones de científicos que aman de verdad a la especie y se identifican con su mejoramiento y salvación; con millones de trabajadores que actúan en todos los cam­pos de la actividad humana y que aspiran a vivir en la paz y por la paz.

En momentos como éste, en que la Institución universitaria devuelve al pueblo, en cultura y calidad humana, lo mucho que hace por mantenerla, cabe meditar en la misión que a cada uno de vosotros corresponde en la jornada histórica de mayor relieve de nuestro tiempo, cual es participar con entusiasmo, inteligencia y honestidad en la liberación espiritual y material de ese mismo pueblo. Este encontrará en sus más distinguidos ciudadanos los mejores agentes o arquitectos de su desarrollo. Vistas las cosas desde ese ángulo, todos los días está en nuestras manos y en nuestro pensamiento mejorar la calidad y condición del hombre y de la sociedad.

Han pasado los viejos tiempos en que el universitario era un "señorito de la cultura", un vanidoso cargado de datos, para tornarse hoy en calificado agente del progreso social. Casi no hay fronteras entre el claustro, el laboratorio y el pueblo -sobre todo en esta Universidad hermana de Puerto Rico-. Los muros de la antigua universidad van cayendo para establecer ágiles y creativas relaciones entre pueblo y cultura, entre inteligencia y ciencia.

La ciencia que la misma universidad ha contribuido a crear, incrementar y ampliar, ha adquirido desde hace varias décadas una función social muy significativa, una nueva dimensión que borra las antiguas dicotomías y fundamenta el Humanismo científico, definido con claridad por Edgar Faure y sus compañeros de la Unesco. A causa de esa su función social, la ciencia constituye en la actualidad un saber dinámico, una fuerza transformadora de primer orden que pone al hombre en condiciones de resolver los difíciles problemas con que ha tropezado para alcanzar la libertad y el bienestar.

Lo que el científico o el tecnólogo piensa o hace tiene función e implicaciones sociales que facilitan a las generaciones de hoy liberar al hombre de la miseria, de la ignorancia, de la humillación y de la explotación con más libertad y eficiencia que nunca. Por eso juzgo que la cultura la ciencia y la educación, son seguras vías para alcanzar una democracia más humana y por ende una existencia individual y colectiva cimentada en la libertad, la justicia, el bienestar y la paz. Una paz centrada en un sistema de valores éticos que no permitan la agresión en ninguna de sus manifestaciones -sutiles o burdas-; ni en el atropello físico y mental en cualquier lugar en que habite el ser humano. Una paz plena; política, económica y social. ¡Mientras haya explotación en el mundo no podrá haber paz! ¡Mientras haya mordaza al pensamiento o a la investigación, no habrá paz!

Vuestra promoción es a un tiempo ventura del espíritu, y adquisición de responsabilidades que a manera de desafío surgen de esta época, la más com­pleja porque haya atravesado el género humano desde hace milenios. Pareciera que estos tiempos son calamitosos, dadas las aceleradas transformaciones que ocurren en todos los órdenes de la existencia: posturas mentales e ideologías, estructuras económicas, sociales, políticas, creencias, sistemas de valores. La ciencia y la tecnología al aplicarse al desenvolvimiento de la vida humana y adquirir un significado social extraordinario, han cambiado el contorno y las circunstancias históricos dentro de los cuales se mueven el hombre y la sociedad. Hay también en marcha una revolución político-social que se registra no sólo en los llamados países socialistas, cuyo punto de partida es la bolchevique de 1917 sino, también en la democracia liberal nacida de la Revolución Fran­cesa (1789).

Otras notas importantes de nuestra época son, la explosión demográfica, la formación de poderosas masas urbanas y campesinas con las que tienen que habérselas los estados, los gobiernos, la educación, y en forma muy particular, los Partidos Políticos; la democratización de la existencia pese a los obstáculos mentales y estructurales que opone el sistema capita­lista vigente, la liberación de los pueblos del tercer mundo; los conflictos laborales que se extienden de uno a otro confín de los países, etc.

De lo dicho se infiere que la crisis de la primera mitad del siglo XX -1900-1950- se ha intensificado principalmente durante la segunda postguerra y ha abarcado todo el "segundo siglo XX" y dado a éste un carácter totalmente nuevo: pareciera que la humanidad ha entrado a vivir en una época histórica nueva, distinta de la anterior, que después de varios siglos de vigencia -quizá del Renacimiento en adelante-, entró en un colapso del cual aún sufre sus consecuencias.

Todas las universidades del mundo, de manera especial las de América Latina, viven momentos de crisis, de revueltas, de desasosiego, como consecuencia, quizá, entre otras causas, de la explosión demográfica, de las exigencias del desarrollo económico, de la lucha contra el hambre, de la multiplicación de los conocimientos, de la promoción de las masas; en una palabra, de la "revolución científica y técnica", que viene a unirse a la revolución social que se extiende de uno a otro confín de la tierra. Revolución que lleva casi un siglo de gestación y que revela el tránsito de una época histórica a otra.

La universidad actual atraviesa por una etapa de transición al convertirse la ciencia en poderosa palanca del desarrollo y del cambio histórico. La cuestionada "torre de marfil", está a punto de desaparecer para dar lugar a una concepción más dinámica, humanística y real de la educación.

Al surgir una universidad amplia en sustitución de la cerrada, inflexible y pasiva de antes, ocurrieron procesos dignos de estudio. Me refiero a la actitud asumida por estudiantes y Partidos Políticos de hacer la revolución social desde los predios universitarios. El problema se las trae pues se ha trasladado al ambiente de estudio e investigación, que ha de caracterizar a toda institución de enseñanza superior, los problemas y pugnas características de esos grupos. Si esa creciente y cada vez más compleja nota no se encauza con base en estrategias auténticamente educativas, las universidades correrán el peligrode ir a su destrucción. Naturalmente la universidad no puede marginarse, ni quedar sin participación en los radicales cambios que demandan los pueblos y los individuos. Como cualquiera otra institución es parte integrante y núcleo vivo y creador de las naciones o de los Estados; participa de una misma atmósfera, de un mismo estilo de vida; afronta los mismos problemas, y es factor preponderante del drama nacional. Sería artificioso o suicida que volviese la espalda a la realidad histórica, pues ellaes elemento fundamental de la historia; antes bien, debe ser intérprete del cambio -gestación, desarrollo, contenido y acción transformadora-, al par que formadora de la sociedad de mañana. Si no cumple con esta misión su figura declinará por falta de audacia para enrolarse en la gran aventura del futuro. Esta su responsabilidad histórica es tanto más obl ¡gante, cuanto que en ella ha de gestarse el conocimiento como permanente proceso intelectual. Desde el momento en que la universidad viva o funcione tan sólo para el presente apagará sus luces. Tal tarea ha de realizarla en las mentes y en los espíritus de los alumnos profesores y funcionarios. Nadie de la comunidad universitaria debe quedar al margen de esta tarea suprema de formar a los hombres del futuro.

La juventud ha de comprender que el progreso y la renovación social hay que hacerlos con nuestra propia y original materia. Es justamente en este prurito de individualidad en donde todos los componentes de las comunidades nacionales debieran poner especial empeño, y no comprometer a nuestros países por asuntos de estrategias mundiales con fórmulas que no corresponden a nuestras realidades. Una de las más interesantes experiencias político-ideológicas que han ocupado y ocupan la atención de los ciudadanos de occidente -también de otras latitudes-, es que mientras más se generaliza y expande una concepción social y un sistema de ordenamiento económico-político de carácter mundial, tanto más expuesto está a resquebrajarse habida cuenta de las diferenciaciones. En dimensión mundial es difícil mantener la homogeneidad. Todos los imperios universales se desmoronaron justamente por la inflexibilidad y la vigencia de concepciones monolíticas.

Los dogmas y los esquemas, son buenos para hacer discursos e indoctrinar ingenuos o almas frustradas, o personalidades fanáticas que fueron forjadas para obedecer ciegamente a la voz del amo, pero a la hora de constituirlos en pivotes de la realidad económica, social y cultural les sale al encuentro el hombre en cuanto tal -que no desaparece por más excelente que sea el sistema social dentro del cual viva-; que jamás actuará como ficha, o como muñeco, a menos que se haya formado para no ver más allá de la punta de la nariz. El hombre es ante todo conciencia vigilante en la cual y por la cual descubre el sentido de su propia vida y el de las cosas y el del mundo.

Las hondas transformaciones experimentadas por las sociedades modernas, derivadas, en parte, de la revolución científica y técnica, han incidido en la idea y la misión de la universidad, en el papel que ha de jugaren la promoción de generaciones capaces de participar en la construcción de una sociedad nueva, de tornarse en agentes de una época histórica que hunde sus raíces en lo más profundo y lejano de la historia del hombre. De generaciones notan cargadas de datos y de conocimientos especializados, sino de mentes lúcidas, capaces de aprender y dar todos los días respuestas originales. Generaciones capaces de navegar con agilidad, versatilidad, y buena dosis de sabiduría, por entre las montañas y montañas de datos y de conocimientos científicos. Capaces de seleccionar o escoger en el arsenal de la ciencia y la técnica los conocimientos y esquemas que se adecúen a las situaciones imprevistas, a los proyectos en marcha. Generaciones de hombres capaces de enfrentarse a las cambiantes situaciones de vida de gran celeridad. En una palabra, de generaciones siempre lozanas, ávidas de las innovaciones dúctiles creadoras, originales.

No se trata de simples reformas pedagógicas o administrativas, sino de algo más sustantivo, de mayor fuerza e impulso creador: participar en la formación del hombre para este y el próximo siglo.

Cualquier enfoque o planteamiento que se haga hoy en día para adecuar las instituciones a las demandas del tiempo ha de tener presente la revolución científica y técnica del mismo modo que la revolución social.

Por esa nueva dimensión que tienen la ciencia y la cultura, y su significado social, es que los estudiantes deben dedicar más tiempo a incorporarse a la legión de los estudiosos, que a buscar en los predios universitarios un trampolín para hacer su propia revolución o bien la de quienes imaginan que desde estos prados se pueden cambiar los países en forma fácil y rápida. No creo, desde luego, en una juventud ajena al drama que vive el mundo y sobre todo los países concretos en donde ha nacido. Su obligación es luchar por mejorarlos, denunciar los vicios y las corruptelas en donde las descubran. Pero sí conviene liberar a la universidad de fuerzas extrañas, que tengan con­signas para parapetarse en ellas con la idea de dar batallas que por su naturaleza y composición tienen otros lugares en donde efectuarse. Si los centros académicos se tornan en barricada, entonces la universidad se agosta y el pueblo pierde una de las fuentes del saber, el mejor taller de humanidad en donde se gestsf el futuro, la sociedad de mañana, el "hombre completo". Debe, sí, abrir sus puertas de par en par a fin de que la agitación que mueve a los ciudadanos sea analizada científicamente. En una palabra, influir para que se cree una conciencia crítica no sólo dentro sino fuera de ella. Conciencia crítica que sea sólido soporte del progreso y desenvolvimiento de la ciencia y de la democracia. Abrir las puertas a toda corriente de ideas para contribuirá hacer inteligible los problemas nacionales y ayudar al planteamiento de soluciones medulares. En el tratamiento de las realidades económicas y sociales los científicos y profesores de la universidad, convertirían la comunidad nacional en un inmenso laboratorio, de manera que ella se identificaría física de intelectualmente con el país. La universidad tendría como sede la nación y no un simple recinto. De hecho, así ha sucedido en las instituciones universitarias modernizadas como es justamente la de Puerto Rico. Mas como esa visión o imagen de universidad es nueva en muchas partes y desconocida en otras, vale la pena ponderar un movimiento de esa índole que tendrá implicaciones en el ordenamiento de la democracia y en la formación de un ciudadano provisto de un nuevo sentido de las cosas. Los científicos y profesionales que forme la universidad tendrían claro conocimiento de los problemas sociales, económicos y mentales que afectan al pueblo. La ciencia y la tecnología de que son portadores se aplicarían con mayor eficiencia y celeridad al progreso de los grupos que conforman la Patria.

Los cambios producidos por la revolución científica y técnica son tantos y efectuados con tal celeri­dad, que las estructuras educativas y docentes, entre ellas la universidad, no han podido seguirlas. De ahí que en muchos aspectos las universidades en encuentran retrasadas respecto a la rapidez con que el mundo se ha transformado. Es paradojal el hecho de que ellas, las propias universidades que engendran en no pequeña parte los grandes descubrimientos, mantengan estructuras docentes y administrativas reatadas a patrones anticuados.

En algunas universidades grupos de profesores mantienen una imagen de lo académico hoy superada. Por eso, en parte, la universidad se ve irrumpida por poderosas fuerzas que vienen de la calle y la han convertido en trinchera de francotiradores que no obedecen propiamente a políticas universitarias, sino a la demagogia y el oportunismo destructores. O sea, ningún universitario que tenga suficiente perspectiva para contemplar el desenvolvimiento de la historia contemporánea, que conozca los graves y medulares problemas que afectan a estos tiempos tensos, de los cuales posiblemente nazca un nuevo período de la historia universal del hombre, puede pensar que las Casas de Estudios superiores han de concebirse como hace veinte o treinta años. No se trata, pues, de detener el progreso o nadar contra corriente, sino determinar cuál es la misión y cuáles las políticas fundamentales que deben orientar a las universidades para que sean fuerzas creadoras que participen en la construcción de una nueva sociedad, de un nuevo mundo. Tendrán las universidades que replantearse todos los fundamentales problemas de la existencia humana.

Si la universidad tiene e1 compromiso de participar en la creación de una humanidad libre de miseria, de explotación, de ignorancia, abundante en fraternidad, bienestar y cultura, ha de meditar seriamente en las fallas del mundo actual. Meditar en las fuerzas y tipo de mentalidad que han hecho posible que a esta altura del segundo siglo XX, la geografía de la miseria tenga áreas más vastas que la geografía de la salud, de la libertad, de la justicia, en una palabra, del bienestar.

De esta suerte las universidades aportarán nuevas fuerzas e instrumentos para darle a las ciencias sociales el mismo significado social que en los tiempos que corren tienen las ciencias naturales y las exactas.

No pugnamos por una universidad que se desborde, ni salte por encima de su ámbito, sino que participe con ciencia cultura y educación en el desenvolvimiento de una nueva historia centrada fundamentalmente en el bienestar del hombre y de la sociedad. O, dicho en términos más sencillos, en la rectificación de los yerros cometidos hasta el presente con millones de hombres que han vivido al margen de la libertad, la justicia y la dignidad.

La universidad habrá de replantearse, como parte de su actividad filosófica y social, los problemas de la libertad, de la justicia de la dignidad y de la democracia. Y preguntarse con valentía y sinceridad si la revolución científica hará más ricos a los ricos y más pobres a los petares.

Vosotros, graduandos de 1976, sois una esperanza y una realidad espiritual y una fuerza de la inteligencia con las cuales vuestro Puerto Rico crecerá en espíritu, en voluntad, en buenas expectativas para alcanzar ese futuro al que me he referido. No sólo sois aporte creativo de esta pequeña pero sugestiva tierra isleña, llena de encantos, sino que también traéis al recuerdo a los grandes de América Latina, que en otros tiempos, pero con un amor inconmensurable por nuestro hombre y nuestros pueblos, vislumbraron y desearon una gran patria, un mismo lar espiritual. Corresponde a vosotros plasmar en realidad los ideales de Hostos, y de aquellos puertorriqueños que también hoy saludo por ser grandes americanos.

Pugnamos por una universidad que sin desdibujar o destruir su "ser", varíe su existencia de acuerdo con la marcha del mundo y el signo de los tiempos; o sea, que dé una respuesta original, creadora y dinámica a las demandas de la cultura, la ciencia y la educación. Ya vuestro Rector con palabra maestra ha planteado lo que juzgo la teoría más novedosa en que se sustentará la universidad del futuro. Leedlo, porque sus ideas y conceptos son los del maestro, que viene de las más hondas capas de esta tierra boricua, tan amada por quienes han saboreado su pan, su techo y su amistad.

"El enfrentamiento debe basarse en la siguiente premisa filosófica de la universidad: que la esencia de la universidad no cambia con las transformaciones sociales; pero su existencia, su modo de realizar los fines de esa esencia le impone, sí cambia, porque el hombre es un ser social, político en el sentido prístino de la palabra, y la universidad es una institución social por necesidad. Por esencia tiene que investigar la realidad, diseminar lo más ampliamente posible esa investigación, discutirla, defenderla, criticarla y transmitirla. Por esencia la universidad analiza toda la realidad: Dios, la naturaleza, la sociedad, el Estado. En esa función y capacidad la universidad es pionera, exploradora, atalaya y profeta de la vida humana, que es donde se dan en última instancia todas las otras realidades. Por su esencia la universidad es el ámbito del saber superior, de la cultura superior universal, afincada en el presente con la vista puesta en el porvenir, desde el hombro seguro de lo clásico y de lo demostrado. Es universidad por ser universal".

 

 

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