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Significado histórico de la protesta juvenil

Carlos Monge Alfaro

Los pobres de la tierra.org

¿1978?

 

"Los jóvenes tienen una sólida tendencia a mirar la vida sin prejuicios".

John K. Galbraith.

"La Sociedad Tecnológica se revela como la forma más evolucionada de dominación y re­presión".

"La democracia, lejos de ser un poder popular real, se convierte en el sistema de dominación más eficaz en la sociedad tecnológica". Herbert Marcuse.

La agitada vida actual, el drama y la tragedia característicos de los tiempos que corren, han sido especialmente afectados con la nota dada por grupos de estudiantes en las principales ciudades y en los más famosos centros de enseñanza del mundo. El movimiento no ha encontrado fronteras de índole alguna ni geográficas, ni raciales, ni religiosas, ni políticas, ni culturales, ni ideológicas-; aparece como una soterrada necesidad de protesta, de romper cadenas con diabólica fuerza, con pasión y alto grado de irra­cional idad. Se trata de una actitud vital en que está en juego el ser todo de quienes irrumpen con ímpetu contra la civilización creada por los padres y abuelos.

Las mismas quejas e inquietudes; los mismos gritos de desesperación; los mismos procedimientos, han movido a la llamada "generación de la protesta", sea en Berkeley, Columbia, Nanterre, Berlín, Roma, Madrid, Praga, Santiago de Chile, etc. Las jornadas estudianti­les han paralizado por semanas y hasta meses la vida aparentemente normal y el funcionamiento de instituciones en los países más poderosos de la tierra. El orden constitucional obligó a los gobiernos a lanzara la calle guardianes para obligara los estudiantes a ser obedientes; a mantenerse tranquilos, satisfechos con la rutina de todos los días.

Los mencionados hechos pusieron los nervios de punta a las autoridades, porque se trataba, al menos por los objetivos declarados, de cambiar radicalmente las estructuras y obtener derechos a que eran acreedores; de llevar adelante reformas en la educación superior y sacudir viejos Claustros que no entendían los anhelos de la juventud. De esta suerte, el corazón mismo de algunos países recibió golpes fuer­tes de la violencia juvenil. Corrieron vientos de fronda, de guerra civil, en populosas ciudades: la juventud se colocaba de cara a la sociedad, a las autoridades, a las instituciones políticas, económicas, sociales y educativas. Los protestantes levantaron barricadas, y recordaron movimientos parecidos con que otros muchachos dignificaron la historia social del siglo XIX. Las jornadas estudiantiles constituyeron voz de pro­testa que adquirió en la opinión mundial tanto interés como la guerra de Viet-Nam;, o la guerra fría soviética-norteamericana; o las aventuras espaciales de los astronautas, etc.

¿Por qué interesa meditar, aunque sea en forma somera, en la protesta juvenil? Primero, porque es hecho relevante de la historia actual -y nada de ella debe sernos indiferente; segundo, porque las universidades constituyeron, al parecer, la manzana de la discordia o la piedra de escándalo: en torno a ellas giró, en una primera etapa de exaltación, la actitud de insurgencia; tercero, porque conviene percatarse,hasta donde sea posible, de lo que ocurre en el fondo de las conciencias de muchos jóvenes, a quienes tenemos la obligación de guiar, orientar y formar. Aun cuando los apuntados hechos no han ocurrido en Costa Rica, y ésta no exhibe las mismas características económicas, políticas, sociales, escolásticas y culturales de los países afectados, bueno es meditar sobre tan interesante episodio de la historia de las ideas y de las actitudes que matizan la vida contempo­ránea; de la misma manera que nos interesa, en grado sumo, la guerra de Viet-Nam, el pensamiento y la obra de Mao-Tse-Tung, el despliegue histórico de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el nacimiento de las repúblicas africanas o las guerrillas de Guatemala y Colombia. Todo ello ha surgido dentro del contexto histórico-cultural del siglo XX; contexto en el cual los costarricenses estamos inmersos. Hoy no se puede hablar, al pensaren nuestra existencia, de historia nacional, únicamente; antes bien, ha de tomarse en cuenta la historia universal a la hora de pensar en el futuro y en la de tomar decisiones.

El enfrentamiento surgió en las universidades, lugar apropiado como pocos. Apropiado, habida cuenta de la obligación de autoridades y profesores de sujetar sus políticas educativas y actitudes pedagógicas a las normas vigentes, al orden establecido, a la tradición, en una palabra, a la autoridad y a la jerarquía; apropiado, también, a causa del crecimiento extraor­dinario de las universidades ocurrido en las últimas décadas en todas partes del orbe. (1)

No cabe duda que las inmensas concentraciones de estudiantes en las ciudades universitarias, provenientes de diversos sectores de la sociedad, constituyen adecuado marco humano para mover ideas, mani­festar disconformidad, hacer propaganda, discutir y criticar los programas ofrecidos por las universidades en las cuales estudian; analizar, en fin, cuanta cosa caiga en el centro de atención de la muchachada. Nunca los espíritus rebeldes, amargados, inquietos, románticos, soñadores, revolucionarios, encontraron mejor caldo para alimentar sus ideas y actitudes. Si en la pasada centuria los obreros adquirieron conciencia de su poder y esbozaron derechos, reunidos en las grandes usinas, ahora, en la actual, son los estudiantes, quienes al integrar grandes comunidades con territorio propio (el "Campus") y hasta inmensas plantas físicas, cuentan con factores y fuerzas para constituirse en un poder-del pensamiento y de la acción-, no sólo dentfo de las universidades sino en el ámbito nacional e internacional. Un rasgo singular aportan al aludido proceso: el conocimiento y la aptitud intelec­tual. Manifiestan desaprobación de las estructuras escolares que juzgan viejas, estáticas (se lanzan contra la concepción de la universidad napoleónica); tienen por anticuados los métodos de enseñanza; en una palabra, critican a las universidades por "inadaptadas a la curiosidad de los espíritus, a las exigencias de la vida". Se levantan contra la sociedad industrial y tecnológica que ha olvidado al hombre, y colocado en su lugar los intereses de las grandes compañías, los métodos de producción en serie y el refinamiento tecnológico para mejorar la productividad.

La actitud crítica de los estudiantes frente al funcionamiento y dirección de la sociedad actual fallas y resquebrajamiento de ésta, desconcierto y desamparo en que viven millones de seres en el mundo, contrastes de riqueza y miseria, guerras prolongadas, que han convertido la tierra no en el valle de la fraternidad, la libertad, la justicia, sino en un infierno, ha merecido también el repudio de otros sectores y muy valiosos de todos los países. Son muchos los pensa­dores filósofos, científicos, poetas, artistas- que han dedicado inteligencia, sensibilidad y tiempo a analizar la estructura de la actual civilización. Los estudiantes en verdad han dado fuerza extraordinaria a una protesta que es universal; y no en la augusta paz de las aulas, sino en la acción violenta, que va desde el asalto a la planta física de las universidades hasta irrumpir en las calles a protestar contra los instrumentos y mecanismos del orden constituido, en un deseo de plasmar una nueva historia del hombre; historia en la cual el hombre recobre su dignidad. En el Manuale algunos jóvenes italianos, dicen:

"Nuestra protesta no es ni contra Dios ni contra los hombres, sino contra la actual organización de la sociedad".

Para algunas personas, la actitud asumida por grupos de estudiantes en casi todos los países del mundo; la violencia con que han arremetido contra las universidades y los actos que a veces lindan en lo vandálico, obedecen a órdenes provenientes de países socialistas. O sea, que la generación que protesta no es auténtica, sino que obedece órdenes de partidos de izquierda. Es bueno detenerse a meditar sobre tales conceptos y opiniones, pues sería grave interpre­tar procesos que están en marcha a través de un cristal de un color que no corresponde; analizar históricamente hechos, sin ahondar en las fuerzas, que han logrado hacer estallar la vitalidad de ciertos grupos juveniles, y que ya son parte de la existencia individual y colectiva de estos días.

Él movimiento estudiantil es un fenómeno que produce desconcierto en cualquier sociedad en que ocurra; y puede, indirectamente; acelerar acontecimientos que nada tienen que ver con la actitud intelectual y las inquietudes y metas de los estudiantes -adquieren por las circunstancias carácter catalítico. Incluso, a veces, pueden aparecer líderes, -testaferros con instrucciones de agrupaciones políticas interesadas en desmoronar el régimen democrático, en pescar en río revuelto-, como directores de la protesta. A la

hora de hacer un anal isis, es bueno separar la paja del grano; destacar las razones que mueven a la juventud en su actitud de protesta y las que avezados políticos tienen para aprovecharse de ese tipo de coyunturas. El movimiento de protesta estudiantil en los países altamente desarrollados, tiene, según mi criterio, raíz y expresión propias. La falta de entendimiento entre las naciones; los métodos empleados por los líderes de unas y otras; la aplicación de la técnica con miras a acelerar el proceso de la producción -casi exigida por la brutal competencia de poder para dominar el mundo-; laausencia de sinceridad con que se mueve la política internacional, han conducido a muchos jóvenes a no creer en nada de lo que los adultos han hecho y hacen; pensado y piensan. Casi todos esos grupos son nihilistas. Acusan, como es natural, una tremenda orfandad espiritual; buscan tierra firme donde anclar; calor que caliente sus huesos. Tienen desconfianza hasta de su propia sombra. Quizá por eso, la generación de la protesta en ocasiones no grita, ni tira bombas, sino que actúa en silencio; sus componentes se dejan crecer el pelo, descuidan la persona física, abandonan los hogares, van de un país a otro en busca del amigo que sienta igual, buscan otros soles, y otros cielos, son peregrinos. De todas partes los echan como seres apestados, porque traen conflictos y dan mal ejemplo. Muchos son hijos de hogares opulentos, a quienes jamás faltó el pan y el agua en sus casas. Sin embargo, su protesta es huir. Otros tiran por la borda los principios en que se asienta la civilización judeo-cristiana; otros, se tornan en revolucionarios, en "activistas", que anhelan destruir el orden de cosas existentes, pero sin tener ni remota idea de cómo sería el mundo al día siguiente en que prosperasen sus propósitos. Sin embargo, conviene indicar que desde hace tiempo la civilización actual ha sido objeto de análisis cuidadosos, por meritísimos sociólogos, psicólogos, antropólogos, economistas, políticos de alta jerarquía intelectual. Incluso en las universidades de mayor prestigio se llevan a cabo investigaciones científicas sobre la estructura de la sociedad actual, sus contradicciones surgidas a raíz, justamente, del extraordinario desarrollo tecnológico.

De entre los profesores universitarios que se han ocupado extensamente en estudiar las condiciones y características de las sociedades de los países desarrollados, de manera especial de Estados Unidos de América, el doctor Herbert Marcuse es quien ha despertado mayor curiosidad, provocado largas y hondas polémicas sobre el destino de la civilización y del hombre; y logrado más influencia entre los jóvenes intelectuales y estudiantes. Sus estudios los ha publicado en varios libros, siendo los más importantes: "El Hombre Unidimensional" y "Eros y Civilización". Sus ideas y opiniones son radicales -como aguda y acida es su crítica- al punto de que no cree en remedios, ni en paliativos, ni en reformas, ni siquiera en cambios revolucionarios tipo ruso o cubano. Rechaza la idea de moverse dentro de los actuales marcos, en el "continuo histórico". A la sociedad por él analizada la denomina tecnológica, la define así:

"Es aquella que se caracteriza por la automatización progresiva del aparato material e intelectual que regula la producción, la distribución y el consumo; es decir, un aparato que se extiende tanto a las esferas públicas de la existencia como a las privadas; tanto al dominio cultu­ral como al económico y político; en otras palabras, es un aparato total".

La definición parece correcta desde el ángulo de la aplicación de la tecnología a las principales actividades económicas: producción, distribución y consumo, lo cual no es novedad porque esa ha Sido y es la naturaleza, el sentido y el destino de la tecnología. Lo original de las observaciones de Marcuse -lo original no quiere decir exactitud, absoluta validez- es que la tecnología la concibe como característica fundamental de la sociedad; y a ésta le da carácter de aparato total -o sea, que penetra y domina la existencia del hombre en cualquier posición en que actúe o esté (Galbraith, al tratar el mismo asunto llama a la Sociedad Industrial, gran Leviatán). Aparato que ha penetrado la existencia humana hasta en sus más hondas raíces y matices. El cambio debe ser radical, completo; conduce a romper con el "continuo histórico". Según Marcuse, el hombre vive una tremenda y honda crisis a causa de las contradicciones y grietas de la sociedad tecnológica. Tales aseveraciones las hace no sólo sobre el régimen capitalista, sino, también, del socialista. Desde este ángulo los males son de la sociedad tecnológica, sea norteamericana, sea soviética. En ambas el hombre vive en constante y permanente represión; en una y en otra ha sido destronado por el "mundo-cosa"'. Se ha perdido la libertad, la autonomía, la iniciativa personal. Ambas sociedades tecnológicas se caracterizan por un "alto grado de concentración y acoplamiento del poder político y económico", loque es suficiente para ahogar al individuo o anularlo. La Sociedad Tecnológica u opulenta -como la llama Galbraith- tiene entre sus fines la producción en elevada escala; debe asegurar mercados a los productos. Y es aquí, precisamente, en donde los individuos pierden el sentido de las proporciones, aun más, en donde la vida pierde sentido, originalidad, sabor personal. Los hombres son traídos y llevados como conejillos por medio de colosales sistemas de propaganda. Tal situación ha llevado a la ruina de la persona humana. Las necesidades no surgen del natural desarrollo de los individuos, sino impuestas por los grandes poderes económicos y sistemas de propaganda que golpean de continuo en la mente hasta inducir a los alebrados clientes, sin necesidad a ve­ces, a adquirir bienes. De esta manera, el mundo se ha convertido en un mercado "estandarizado", en el cual la masa y no las personas compran cosas. La cosa, el producto vale ante la imaginación no lo que es en sí, sino lo que el vendedor o el anuncio dicen que es. Afirma Marcuse:

"Esta sociedad desarrolla nuevas formas de control social (formas de control tecnológico y científicas) a consecuencia de las cuales la población, la población subyacente, se integra al sistema de dominio y control científico y tecnológico que, sin embargo, nunca elimina las fuerzas políticas y económicas que hay tras él".

Luego agrega:

"Estos métodos producen la pérdida de la autonomía y libertad individual a pesar del grado aparentemente de independencia que prevalece en la sociedad".

Las ideas de Marcuse coinciden con las de otros pensadores en el sentido de que los progresos tecnológicos no liberan al hombre; lo esclavizan gracias a armas nuevas cada vez más temibles e incontrolables. Es crítico el panorama que presentan las naciones más poderosas de la tierra, aquellas en que la Sociedad Tecnológica ha adquirido su mayor expresión, al invertir inimaginables sumas de dinero en programas tendientes, en parte, a ejercer un mayor control y dominio sobre los individuos, mientras hay hambre, miseria, ignorancia aún en esos países. Entonces la ciencia y la tecnología en las últimas décadas se ha desarrollado no para redimir al hombre de tantos males y lacras sociales, sino para dominarlo y hasta crear un ambiente en donde la libertad no existe. Esa contradicción de la sociedad actual es lo que ha movido a tantos pensadores a criticar la orientación que lleva la vida moderna. Ese especial mundo de la Sociedad opulenta es lo que ha producido en grupos juveniles la protesta, la disconformidad, la desilusión, el hastío, la demencia. Conjuntos humanos reprimidos, que se sienten impotentes ante el nuevo Leviatán -para usar la frase de Galbraith- y han dado en crear modos de rebeldía como los de sobra conocidos.

No ha de extrañar que las ideas de Marcuse hayan influido poderosamente en círculos de jóvenes nor­teamericanos y europeos. El pensador alemán -radicado desde hace tiempo en los Estados Unidos de América- en los libros citados pugna por crear la sociedad de hombres libres. Pero plantea con energía un rompimiento con los moldes actuales, con la Sociedad Tecnológica. De ahí la gran cantidad de jóvenes, que sin meditar con hondura en los problemas que afectan a la sociedad moderna y sin hacer un recuento de aquellos valores y posibilidades favorables para tomar nuevos rumbos históricos, caen en peligroso nihilismo, en un no creer en nada, en querer destruirlo todo, desde sus raíces. En las universidades esos jóvenes actúan no para que escuchen sus ¡deas, ni siquiera para que se tome nota de sus protestas, sino con el afán de producir un colosal incendio y acabar con el mundo.

En un libro de reciente publicación, intitulado: "El Fin de 15 Utopía", que recoge las discusiones habidas en la Universidad libre de Berlín los días 10, 11, 12 y 13 de julio de 1967, en uno de los enfrenamientos con célebres profesores alemanes, se preguntó a Marcuse acerca de lo que haría la oposición si llegare a triunfar y convertirse en soporte del Estado. Se refirió tan sólo a la llamada oposición estudiantil, con las siguientes palabras:

"Si la oposición estudiantil permanece aislada, si no logra salirse de su propio círculo y movilizar capas realmente suceptibles, por la posición que ocupen en el proceso social de producción, de desempeñar en la revolu­ción un papel decisivo, entonces la oposición estudiantil no puede representar más que un papel secundario. Es posible considerar la oposición estudiantil como núcleo de una revolución, pero si me quedo en el núcleo, entonces no tengo todavía, obviamente, la revolución".

El cambio de un mundo por otro; el paso de una época a otra, no implica la destrucción total de lo existente. Exige de quienes aspiren a participar en el desenvolvimiento de las naciones que tengan ¡deas claras acerca del sistema que va a sustituir al que se juzga malo, deficiente y plagado de contradicciones. Muchas observaciones y críticas hechas por Marcuse a la sociedad tecnológica son justas; aun más, saltan a la vista. Constantemente las observamos incluso en países subdesarrollados, de economía aún agraria. Los sistemas de explotación económica, presididos y dirigidos por los grandes poderes, constituyen pesado lastre para alcanzar un efectivo grado de convivencia y de hermandad.

Como he dicho varias veces, el gran economista norteamericano, John K. Galbraith, profesor de la Universidad de Harvard, en su libro "Nuevo Estado Industrial" enfoca algunos de los problemas referidos por Marcuse, con otros criterios y con criterios que llaman al optimismo y a la fe. Galbraith plantea la idea de que el sistema industrial por su volumen, procedimientos, intereses, organización administrativa, y, sobre todo, por sus relaciones con el Estado sacrifica al individuo y a sus preferencias. De esta suerte, el aparato creado para servir al hombre se torna en un gran ordenamiento que atenta contra valores y necesidades vitales por los cuales se ha luchado durante siglos. Dice, a la letra: "Siempre se ha pensado que el asociar toda la actividad económica o una gran parte de ella con el estado es poner en peligro la libertad". "A medida que el sistema industrial va entrando evolutivamente en la penumbra del estado, se plantea urgentemente la cuestión de sus relaciones con la libertad". El peligro, pues, de que la libertad caiga se basa en el hecho de que "nuestros déseos y nuestras necesidades se manipularán de acuerdo con las necesidades del sistema industrial; la política del estado estará sometida a la misma influencia". Puede llegarse, por ese camino, a que los hom­bres de un momento a otro sean atados a los objetivos del mencionado sistema. Habrá surgido una nueva forma de esclavitud. Dice:

"Terminaremos por creer que los objetivos del sistema industrial -aumento de la producción, aumento del consumo y el progreso tecnológico- son las únicas metas de la vida. Nuestras necesidades terminarán por identificarse con las del sistema industrial; el Estado acomodará su política con las de las grandes empresas, y la educación atenderá únicamente a las necesidades de mano de obra de las grandes empresas".

"Hoy es la gran empresa quien controla el mercado y doblega al consumidor a su voluntad". "La tecnoestructura moldea el clima de creencias y de ideas en el que estamos sumergidos".

No hay necesidad de traer otros pensamientos y estudios sobre el rumbo que ha tomado la sociedad tecnológica en los países más poderosos de la tierra. Con los citados basta, para darnos cuenta de que el mundo contemporáneo ha entrado en la fase más intensa y aguda de la crisis, que viene tomando diversos tonos y abarcando mayor número de campos, desde fines del siglo XIX. Hay abundancia, pero no hay libertad -o por lo menos muchos sectores de la humanidad la han perdido por los poderoso controles sociales, económicos y políticos que enmarcan la vida. Hoy más que nunca el confort se ha extendido a tantos y diversos grupos humanos. El confort ya no es privilegio de ricos, si no que es accesible a grandes mayorías- de todo el mundo. El obrero aspira a tener automóvil, a que en su casa haya lavadora, televisor. Los más humildes campesinos portan día y noche transistores, etc. Pero muchos valores, aquellos que elevan el espíritu y dan cuenta de la excelencia de la persona humana, andan a la deriva. Hoy más que nunca el hombre es menos libre; decide menos en su vida privada y pública.

Pues bien, la rebeldía estudiantil, como afirmé al principio de este capítulo, tiene una de sus raíces justamente en el repudio que hacen los jóvenes de un mundo lleno de contradicciones, en donde los cinturones de miseria son muy grandes, y están muy cerca de los amplios núcleos de hombres que tienen siempre la mesa servida, con hijos a quienes se abren todas las puertas. Marcuse afirma: "La democracia, lejos de ser un poder popular real, se convierte en el sistema de dominación más eficaz en la sociedad tecnológica".

Quizá no calce en un Informe de Labores de Rector las breves consideraciones hechas sobre uno de los procesos más importantes de la historia que vivimos. Quizá habría sido mejor comunicar a los miembros de la Asamblea el extraordinario desarrollo de la Ciudad Universitaria de 1962 al presente, que es obra y es esfuerzo de los universitarios costarricenses. Sin embargo, como desde hace tiempo ustedes me han dispensado el honor de dedicar el primer capítulo a algún tema que sea base de discusión, he tenido el atrevimiento de hacer una síntesis de lo escrito sobre la sociedad por pensadores de primera fila.

Deseaba, también, destacar el hecho de que en las rebeliones de la juventud ocurridas en los últimos años no todo ha sido locura ni pasatiempo de estudiantes; antes, bien, es resultado de la disconformidad en que viven millones de hombre: a unos, porque les falta pan, cultura, libertad y justicia; a otros, porque filosóficamente les parece que el. mundo anda mal, a pesar del progreso de la ciencia y de la tecnología.

No comulgo con quienes buscan el remedio o la salvación del hombre en la destrucción de cuanto el hombre ha creado. En realidad pocas veces la socie­dad ha contado con mejores instrumentos y poderes materiales e intelectuales para asegurar la libertad y la justicia como esta. El propio Marcuse lo afirma:

"Apenas hay hoy un científico o un investigador digno de tomarse en serio, inclusive en la economía burguesa, capaz de negar que con las fuerzas existentes sea posible, tanto material como intelectualmente, la eliminación del hambre y de la miseria, y que aquello que hoy sucede se deba a la organización sociopolítica de la tierra".

Sin sacar de la casa a la ciencia, ni mandar al exilio a la tecnología, pero centrando el significado de la vida en el hombre, cultivando su excelencia, educándole gradualmente en la sociedad y enseñándole a pensar y a actuar con miras al desarrollo personal y social, puede aprovecharse para beneficio de todas las grandes creaciones. Es necesario formar, como dice Marcuse, los tecnólogos de la liberación del género humano. Debemos meditar en que la tecnología no es lo más importante de la tarea creadora del hombre; que antes de que esos saberes llegasen a alcanzar las dimensiones conocidas, y la influencia poderosa tantas veces repetida, la capacidad creadora de los hombres ha dejado las más bellas y hondas expresiones de cultura. No hay, pues, que destruir, sino construir con lo valioso del legado de los antepasados y con las generosas creaciones de quienes hoy intentan una nueva aventura de la historia: rescatar al hombre de la tecnoestructura.

He insistido en los temas enunciados en este capítulo porqué creo que es decisivo para las universidades conocer las profundas razones por las cuales los estudiantes protestan, como costarricenses y como hijos del siglo XX. No puede educarse a una juventud si no somos capaces de medio entender la razón de ser de las rebeldías tan corrientes en esta época. No es buen camino amenazar con la ley y el reglamento. El buen sentido aconseja, más bien, conocer sus posturas, inquietudes, ideas. Y orientarlos con claras metas sobre lo que ha de ser el futuro.

 

1. "Salvo en Alemania (Munich, 40.000; Berlín, 30.000), en muchos países europeos puede hablarse de un gigantisme pathalogique" de las grandes universidades. Casi el 50% de los estudiantes universitarios españoles están concentrados en Madrid; París tiene 160.000; Roma, más de 170.000. Pág. 84 de "La Generación de la Protesta". Rafael Gómez Pérez."

 

 

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