Lisímaco Chavarría, 1878-1913Los bueyes viejos

Lisímaco Chavarría,

Costa Rica 1878-1913

Los pobres de la tierra.org

30 de octubre del 2003


A Manuel Magallanes Moure


A tí, poeta hermano, a tí que sentiste como yo, la tristeza de los
mansos bueyes que van, ora bajo tos turbiones invernales, ora bajo
los ardores sofocantes del sol de los veranos —escribiendo con los
hilos que penden de sus jadeantes hocicos, en la interminable página
del camino, la odisea de sus marchas a lo largo de la ruta sin fin-,
dedico este poema: en él puse toda mi alma y un destello del pensa
miento mío. Como tú, yo sentí tas hondas pesadumbres, ios cansan-
cios y el trágico final de esos rumiantes que cayeron bajo la crueldad
del hombre. Por eso los canto.

Dicen que el Santo de Asís, al despedirse de uno de esos seres, le
dijo: "adiós, hermano buey"; y diz también que un filósofo profun-
do exclamó: "mientras más estudio a los hombres, más estimo a los
perros". ¡Gran sabiduría!

Yo, cuanto más contemplo la vida de los bueyes, tanto más pro-
fundizo la pequeñez del Rey de la Creación.

Poeta, cantemos el dolor de nuestro hermanos inferiores.


 

Es de tarde...
allá, sobre la cúspide del monte,
hay una fiesta de matices.

Arde
el sol, y, el horizonte,
a modo de encorvado mastodonte,
bajo el eterno y azuiino domo,
parece que a lo lejos
bañado de una lluvia de reflejos,
lleva árboles y riscos sobre el lomo.

Con tintes de naranja y de carmines,
las nubes pasan cual leones sueltos,
como corceles de nevadas crines,
cual mármoles esbeltos
que van en procesión a los confines.

Es la última faena,
les dice el labrador con sentimiento:
mañana al fin terminará la pena
que os llena de profundo abatimiento;
sois viejos, ya los años, bueyes míos,
os han tornado inútiles, cansados,
por eso vais tardíos
al valle donde extiendo mis sembrados;
el tiempo la pujanza de otros días
os quitó con sus bravas osadías ...

Es la última jornada, ya la muerte,
descanso postrimero
de todo lo que sufre y lo que Hora,
mañana os librará de aquesa suerte
allá en el matadero:
cuando principie a despuntar la aurora
compraréis el alivio de esas penas
con el tibio rubí de vuestras venas.

Y aquellos bueyes viejos,
cansados, impotentes por vetustos,
miraron allá, lejos,
los últimos reflejos
prendidos en la cumbre de la sierra;
evocaron sus ímpetus robustos
de ya difuntos años
y vieron con extraños
ojos el seno púber de la tierra
que convierte la carne y, los dolores
en perfumadas y rojizas flores.

Los dos atletas dóciles, sombríos,
que de la aurora las primeras luces
miraron cuando araban
en pos del montañés en los plantíos,
inclinaron humildes los testuces;
dijérase lloraban
con los ojos insomnes, siempre fijos,
mirando, no distantes, los cortijos
ornados con ubérrimas labores
en la extensión feraz de la pradera,
en donde de aquel rústico, los hijos
al lado de su madre placentera,
hallaron a los fuertes labradores
humedeciendo el campo con sudores ...

Dijérase lloraban consternados,
los bueyes fatigados,
al mirar por vez última la amada
plantación acullá, sobre los prados,
envlándole un adiós con la mirada
a la hora en que la tarde sombras viste,
¡adiós lleno de angustia, adiós muy triste!

Las estrellas —clemátides de fuego—
el río murmurando en la montaña .
monótono estribillo,
la dulzaina y el canto del labriego,
el trajín de la plácida cabaña,
el pífano del grillo
vibrando en la espadaña,
y el viento que retoza en la llanura,
convergen al concierto de Natura.

El toro ensaya su mugido bronco
obedeciendo a las eternas leyes
de aquese movimiento
que impele y rige las astrales greyes
y el piélago encrespado, siempre ronco;
y la cuadriga armónica del viento
va chafando en su marcha los magueyes
mientras rumian, echados cabe un tronco,
los dos amigos bueyes,
amigos compañeros
que supieron partirse la pitanza,
el dulce pienso del cañal vecino
y todas las fatigas del camino.

Hay un sordo rumor en la arboleda
que anuncia algo muy serio:
es el terral atronador y fuerte
que a su paso colérico remeda
las iras impotentes del dicterio,
las burdas carcajadas de la muerte;
es algo triste y grave
que vibra, se retuerce y se encarama
del árbol en la rama
donde ha pulsado su laúd el ave,
que hechiza con su cántico sentido
cabe el alcázar de su muelle nido,
a dúo con su tierna compañera
que tiene los dulzores de la piña
cuando con ansias en la fronda espera
la vuelta de su amante a la campiña.

Se llena el aire de negror y espanto
y hay lóbregos barruntos
de recia tempestad en los pensiles,
los montes y hondonadas; entre tanto
mustios siempre, callados, siempre juntos
aquellos dos cornígeros seniles
rumian ... rumian ... y rumian a deshora
esperando la vuelta de la aurora,
la reina iridiscente de las flores
que roza con su traje las espigas,
al romper en los campos las fatigas
los gañanes— ¡valientes luchadores!—

Los dos bueyes presienten el insano
final de su existencia...

Conocen los ardores del verano,
del invierno la frígida inclemencia;
son eunucos, son parias del tormento
y esclavos del dolor y la fatiga
sin descanso, sin tregua.
Su aislamiento
a rudas pesadumbres los obliga,
los llena de perenne abatimiento;
¡por eso en sus pupilas siempre abiertas,
llevan el duelo de las cosas muertas!

Allá, sobre la cumbre,
brillante pincelada de naranja,
magnífica explosión de suave lumbre,
anuncia la llegada de la aurora.

Despiértase la granja
y al ensancharse la soberbia franja,
así como un despliegue de cendales,
el valiese colora
y un himno de palomas y turpiales
resuena en las montañas;
se esmalta de carmín el dulce grumo,
flamean las banderas de las cañas
y en grandes espirales sube el humo
del rústico fogón de las cabañas;
aléjase por fin la noche negra
y al beso matinal todo se alegra.

Un lúgubre mugido es el saludo
que aquellos dos invictos del trabajo
le dirigen al rústico sañudo,
quien llega para atarlos
y conducirlos iay! al matadero;
y el burdo montañés, al contemplarlos,
siente pesar que su ánima tortura,
así como un arpón, terrible y fiero,
que dejase en su espíritu amargura.

¡Las noches dilatadas del proscrito
nostálgico y enfermo,
el silencio eternal del infinito
y el desamparo del estéril yermo,
no tuvieron la insólita cansera
de aquellos dos rumiantes siempre nobles,
ai tornar la mirada a la pradera,
donde quedaban los amigos robles,
y aquella fresca moza
que les mandó un adiós desde la choza!

Al perderse siguiendo al campesino,
allá, desde la sierra,
en el último trecho del camino
donde se junta el cielo con la tierra,
contemplaron el valle de labranza
cuajado de maizales,
de piñas, de cafetos y racimos
en que funda el labriego su esperanza
que traducen en canto los zorzales
posados en los dátiles opimos.

¡Silenciosos bajaron el sendero,
y, al discurrir, las florecidas blancas,
como arrojadas por ocultas manos,
rebotaban encima de las ancas
de aquellos dos cuadrúpedos ancianos;
era a modo del último agasajo
del árbol a los héroes del trabajo;
las aves que los vieron siempre uncidos,
triunfando de fatigas,
les rindieron también dulces cantigas
y allá, desde la quiebra de la hondura,
en su arpa de cristal rimó la fuente
un canto de amargura
muy flébil... muy sentido ... muy doliente!.
Y después de salvar el precipicio,
velado por montañas,
llegaron al teatro del suplicio
y un hombre sin entrañas,
de miradas muy ásperas y foscas,
introdujo la yunta al edificio,
hogar de hambrientos cárabos y moscas...

Insensible, sañudo y altanero,
el verdugo fatal del matadero
maniata un buey de aquellos y lo tumba
con tal atrevimiento,
que al golpe del cornígero retumba
y tiembla el pavimiento;
el manso buey aviva la pupila
en busca del por qué de aquel tormento,
y ondulan en el aire sus bramidos
suplicantes, a modo de quejidos.

Mientras el rudo matador afila
el bárbaro puñal que centellea,
bañado por el sol de la mañana,
temblando la otra víctima olfatea
la sangre que gotea
del gancho de metal de una romana...

Intérnale la daga aquel verdugo
al rey de las faenas maniatado,
y espónjase la herida
y retiembla aquel hércules del yugo,
atleta del trapiche y del arado,
y saltan de su arteria enrojecida,
dos chorros carmesíes
que brillan como líquidos rubíes;
sus ojos languidecen
despidiendo fulgencias opalinas,
y agoniza ... ¡sus carnes se estremecen
y hay quejas de dolor en sus retinas!

¡Aquellos dos amigos de faenas,
amigos en las luchas y la suerte,
amigos en las hambres y las penas,
el descanso le compran a la muerte
con la sangre viviente de sus venas!

¡Las fatigas, la sed y los calores,
y los fríos terribles siempre huraños
unidos bajo el yugo, en los alcores,
los vieron al correr de luengos años;
por eso en sus pupilas, siempre abiertas,
llevaron tintes de las cosas muertas!


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