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Educación para la libertad

Aldous Huxley

Inglaterra-EEUU, 1894-1963

Los pobres de la tierra.org

1958

Tomado de: Brave New World Revisited (Retorno al Mundo Feliz)

Traducción de Luys Santa Marina

 

La educación para la libertad debe comenzar exponiendo hechos y enunciando valores y debe continuar creando adecuadas técnicas para la realización de los valores y para combatir a quienes deciden desconocer los hechos y negar los valores por una razón cualquiera.

En un capítulo anterior, he examinado la Ética Social, en función de la cual se justifican y se hace que parezcan un bien los males resultantes del exceso de organización y del exceso de población. ¿Es que un sistema de valores así está de acuerdo con lo que sabemos del físico y del temperamento humanos? La Ética Social parte del supuesto de que la crianza tiene una importancia decisiva en la determinación de la contacta humana y de que la naturaleza —el equipo psicofísico con el que nacen los individuos— es un factor insignificante. Pero ¿es esto verdad? ¿Es verdad que los seres humanos son únicamente los productos de su ambiente social? Y si no es verdad, ¿qué justificación puede haber para sostener que el individuo es menos importante que el grupo del que es miembro?

Todos los elementos de juicio disponibles indican que, en la vida de los individuos y las sociedades, la herencia no es menos importante que la cultura. Cada individuo es biológicamente único y distinto de todos los otros individuos. La libertad es por tanto un gran bien, la tolerada una gran virtud y la uniformidad una gran desdicha. Por razones prácticas o teóricas, los dictadores, los Hombres de Organización y cierto; hombres de ciencia ansían reducir la enloquecedora diversidad de las naturalezas de los hombres a una u otra clase de gobernable uniformidad. En el primer impulso de su fervor behaviorista, J. B. Watson declaró rotundamente que no podía encontrar "apoyo alguno para las normas hereditarias de conducta ni para los especiales talentos (musicales, místicos, etc.) que dicen que hay en las familias". Hasta hoy mismo un distinguido psicólogo, el profesor B. F. Skinner, de Harvard, insiste en que, "a medida que la explicación científica se hace más amplia, la contribución a ella que puede reivindicar el individuo mismo parece acercarse a cero. Las alabadas facultades creadoras del hombre, sus realizaciones en el arte, la ciencia y la moral, su capacidad para optar y nuestro derecho a hacerle responsable de las consecuencias de su opción son cosas que sin excepción carecen de importancia en el nuevo autorretrato científico". En pocas palabras, los dramas de Shakespeare no fueron escritos pe Shakespeare ni siquiera por Bacon o el conde de Oxford; fueron escritos por la Inglaterra isabelina.

Hace más de sesenta años, William James escribió un ensayo sobre "Los grandes hombres y su ambiente", en el que se lanzó a la defensa de los individuos sobresalientes contra los ataques de Herbert Spencer. Éste había proclamado que la "Ciencia" (esa personificación maravillosamente conveniente de las opiniones, en una fecha determinada, de los profesores X, Y y Z) había abolido por completo al Gran Hombre. "El gran hombre —había escrito— debe ser clasificado, con todos los otros fenómenos de la sociedad que le ha hecho nacer, como un producto de los antecedentes de esa misma sociedad." El gran hombre es tal vez (o parece que es) el "iniciador inmediato de cambios. . . Pero, si ha de haber algo que sea una verdadera explicación de estos cambios, es preciso buscarlo en el conjunto de condiciones del que han surgido tanto él como ellos". Estamos aquí ante una de esas huecas honduras a las que no cabe atribuir significado funcional alguno. Lo que nuestro filósofo está diciendo es que debemos saberlo todo antes de que podamos comprender de modo completo una cosa cualquiera. Es indudable. Pero de hecho nunca podremos saberlo todo. Debemos, por tanto, contentarnos con la comprensión parcial y las causas inmediatas, incluida la influencia de los grandes hombres. "Si hay algo humanamente cierto —escribe William James—, es que la sociedad del gran hombre, llamada así con propiedad, no lo hace antes de que él pueda rehacerla. Son las fuerzas fisiológicas, con las que las condiciones sociales, políticas, geográficas y, en una gran medida, antropológicas tienen tanto y tan poco que ver como el carácter del Vesubio con la llama vacilante del gas a cuya luz escribo, las que lo hacen. ¿Es que el señor Spencer sostiene que la convergencia de las presiones sociológicas chocó de tal modo sobre Stratford-upon-Avon hada el 26 de abril de 1564 que tuvo que nacer allí un W. Shakespeare, con todas sus peculiaridades mentales?... Y ¿quiere decir que, si el susodicho W. Shakespeare hubiese muerto de enteritis infantil, otra madre de Stratford-upon-Avon hubiera necesitado engendrar un duplicado del extinto para restablecer el equilibrio sociológico?"

El profesor Skinner es un psicólogo experimental, y su tratado sobre "Ciencia y Conducta Humana" está sólidamente basado en los hechos. Pero, por desgracia, los hechos pertenecen a una clase tan limitada que, cuando finalmente se lanza a una generalización, sus conclusiones son tan poco realistas como las del teórico victoriano. Ello es inevitable, porque la indiferencia del profesor Skinner por lo que James llama las "fuerzas fisiológicas" es casi tan completa como la de Herbert Spencer. Descarta con menos de una página los factores genéticos determinantes del comportamiento humano. No hay en su libro la menor referencia a los datos de la medicina constitucional ni la menor alusión a esa psicología constitucional en función de la cual (sólo en función de la cual, a mi juicio) sería posible escribir una biografía completa y realista de un individuo en relación con los hechos importantes de su existencia: su cuerpo, su temperamento, sus dotes intelectuales, su ambiente inmediato de momento a momento, su tiempo, su lugar y su cultura. Una ciencia del comportamiento humano es como una ciencia del movimiento en abstracto: es necesaria, pero totalmente inadecuada para los hechos en sí misma. Consideremos una libélula, un cohete y una ola rompiéndose. Los tres son ilustraciones de las mismas leyes fundamentales del movimiento, pero cada uno de ellos ilustra estas leyes de un modo distinto y las diferencias son tan importantes por lo menos como las identidades. Por sí mismo, un estudio del movimiento apenas puede decirnos algo de lo que, en un caso dado, se está moviendo. Análogamente, un estudio de la conducta apenas puede decirnos algo por sí mismo del conjunto mente-cuerpo individual que, en un caso dado, está exhibiendo un comportamiento. Pero, para nosotros, que somos mentes-cuerpos, el conocimiento de los conjuntos mentes-cuerpos es de primordial importancia. Además, sabemos por observación y experiencia que las diferencias entre los conjuntos mentes-cuerpos individuales son enormes y que algunos de estos conjuntos pueden tener y tienen una profunda influencia en su ambiente social. Sobre este último punto, el señor Bertrand Rusell está de completo acuerdo con William James y... prácticamente con todos, exceptuados los proponentes de las teorías spencerianas y behavioristas. Según Russell, las causas del cambio histórico son de tres clases: el cambio económico, la teoría política y los individuos importantes. "No creo —dice— que ninguno de estos factores pueda ser desconocido o totalmente explicado como efecto de causas de otra clase." Así, si Bismarck y Lenin hubiesen muerto en la infancia, nuestro mundo sería muy diferente de lo que, gracias en parte a Bismarck y Lenin, actualmente es. "La historia no es todavía una ciencia y sólo se puede lograr que parezca tal con falsificaciones y omisiones." En la vida real, en la vida que se vive día a día, el individuo no puede nunca ser explicado como un producto de las circunstancias exteriores. Sólo en teoría sus contribuciones parecen acercarse a cero; en la práctica son de la mayor importancia. Cuando se hace un trabajo en el mundo, ¿quién lo hace? ¿Cúyos son los ojos y oídos que perciben, la corteza que piensa, los sentimientos que motivan, la voluntad que vence los obstáculos? Desde luego, no los del ambiente social, porque un grupo no es un organismo, sino una organización ciega e inconsciente. Cuando se hace dentro de una sociedad se hace por individuos. Estos individuos, están, desde luego, profundamente influidos por la cultura local, los tabúes, los principios morales, la información verdadera o falsa heredada de lo pasado y preservada en un cuerpo de tradiciones orales o de literatura escrita, pero, sea lo que fuere lo que cada individuo tome de la sociedad (o, para ser más exactos, de otros individuos asociados en grupos o de las simbólicas constancias compiladas por otros individuos, vivos o muertos), lo utilizará a su modo único, con sus sentidos especiales, su constitución bioquímica, su físico y temperamento, no al modo de ningún otro. Ninguna cantidad de explicación científica, por muy amplia que sea, puede eliminar estos hechos evidentes. Y recordemos que el retrato científico del hombre como producto del ambiente social que hace el profesor Skinner no es el único retrato científico. Hay otros parecidos más realistas. Veamos, por ejemplo, el retrato del profesor Roger Williams. Lo que pinta no es la conducta en abstracto, sino los conjuntos mentes-cuerpos comportándose, unos conjuntos que son los productos en parte del ambiente social que comparten con otros conjuntos y en parte de su propia herencia privada. En The Human Frontier y Free but Unequal, el profesor Williams ha examinado detenidamente ésas diferencias innatas entre los individuos para las que el doctor Watson no encuentra apoyo y cuya importancia, a jucio del profesor Skinner, se acerca a cero. Entre los animales, la variabilidad biológica dentro de una especie dada se hace más y más notable a medida que ascendemos en la escala de la evolución. Esta variabilidad biológica llega a su máximo en el hombre, y los seres humanos exhiben un grado de diversidad bioquímica, estructural y temperamental, superior al que se observa en los miembros de cualquier otra especie. Es un hecho perfectamente observable. Pero lo que he llamado Voluntad de Orden, ese deseo de imponer una inteligible uniformidad a la desconcertante variedad de las cosas y los acontecimientos, ha inducido a muchos a desconocerlo. Han reducido a un mínimo la singularidad biológica y han concentrado toda su atención en los más sencillos y, en el estado actual de los conocimientos, más comprensibles factores ambientales del comportamiento humano. "Como consecuencia de estas ideas e investigaciones centradas en el ambiente —escribe el profesor Williams—, la doctrina de la uniformidad esencial de los infantes humanos ha conquistado una vasta aceptación y tiene el apoyo de numerosos psicólogos sociales, sociólogos, antropólogos sociales y muchos otros, con inclusión de historiadores, economistas, educadores, juristas y hombres públicos. Esta doctrina ha quedado incorporada a las ideas que prevalecen en muchos de los que participan en la determinación de los principios educativos y de política, y es frecuentemente aceptada sin discutir por quienes piensan poco por propia cuenta."

Un sistema ético que se basa en una apreciación más o menos realista de los datos de la experiencia tienen muchas probabilidades de hacer más bien que mal. Pero son muchos los sistemas éticos que se han basado en una apreciación de la experiencia, en una opinión de la naturaleza de las cosas, que no tiene nada de realista. Una ética así ha de hacer probablemente más mal que bien. Por ejemplo, hasta hace muy poco se creía universalmente que el mal tiempo, las enfermedades del ganado y la impotencia sexual podían ser causados, y en muchos casos realmente lo eran, por los malévolos manejos de los magos. Coger y matar magos era por tanto un deber. Y un deber además divinamente ordenado en el segundo Libro de Moisés: "No permitirás que una bruja viva." Los sistemas de ética y derecho basados en esta errónea opinión sobre la naturaleza de las cosas fueron la causa (durante los siglos en que fueron tomados muy en serio por hombres con autoridad) de males aterradores. La orgía de espionajes, linchamientos y asesinatos judiciales que estas ideas equivocadas acerca de la magia hacían lógica y obligatoria no fue igualada hasta nuestros días, cuando la ética comunista, basada en una opinión errónea de la economía, y la ética nazi, basada en una opinión errónea de la raza, ordenaron y justificaron atrocidades en una escala todavía mayor. Consecuencias apenas menos indeseables tendría probablemente la adopción general de una Ética Social basada en el error de que nuestra especie es una especie completamente social, de que los infantes humanos nacen uniformes y de que los individuos son el producto de un acondicionamiento operado por el ambiente colectivo y dentro de él. Si estas ideas fueran correctas, si los seres humanos fueran realmente miembros de una especie verdaderamente social y si sus diferencias individuales fueran insignificantes y pudieran ser completamente borradas con el apropiado acondicionamiento, es evidente que no habría necesidad alguna de libertad y que el Estado tendría justificación para perseguir a los herejes que la reclamaran. Para el termes individual, servir al término es la libertad perfecta. Pero los seres humanos no son completamente sociales; son tan sólo moderadamente gregarios. Sus sociedades no son organismos como la colmena o el hormiguero; son organizaciones; son, en otros términos, mecanismos ad hoc para la vida colectiva. Además, las diferencias entre los individuos son tan grandes que, a pesar de la más intensiva igualación cultural, un endomorfo extremo (para utilizar la terminología de W. H. Sheldon) mantendrá sus características viscerotónicas sociales, un mesomorfo extremo seguirá siendo enérgicamente somatotónico en todas las circunstancias y un ectomorfo extremo siempre será un cerebrotónico, introvertido y ultrasensible. En el Mundo Feliz de mi fábula, la conducta socialmente deseable quedaba asegurada por un doble tratamiento de manipulación genética y acondicionamiento postnatal. Las criaturas se gestaban en botellas y se obtenía un alto grado de uniformidad en el producto humano mediante la utilización de huevos de un limitado número de madres y tratando cada huevo de modo que se dividiera una y otra vez, produciendo gemelos en hornadas de cien o más. Era posible así producir uniformes mentalidades maquinales para máquinas uniformes. Y la uniformidad de estas mentalidades maquinales quedaba perfeccionada después del nacimiento con el acondicionamiento infantil, la hipnopedia y una euforia químicamente inducida como sustitutivo de la satisfacción de sentirse libre y creador. En el mundo en que vivimos, como ha sido señalado en un capítulo anterior, fuerzas impersonales empujan hacia la centralización del poder y una sociedad uniformada. La uniformidad genética de los individuos es todavía imposible, pero el Gran Gobierno y la Gran Empresa poseen ya o poseerán pronto todas las técnicas para la manipulación de la mente que han sido descritas en Un Mundo Feliz y otras para las que no tuve suficiente imaginación. Sin medios para imponer la uniformidad genética a los embriones, los gobernantes del mundo excesivamente poblado y organizado de mañana tratarán de imponer la uniformidad social y cultural a los adultos y sus hijos. Para alcanzar este fin, utilizarán (como no se les impida) todas las técnicas de manipulación de la mente a su disposición y no vacilarán en reforzar estos métodos de persuasión no racional con la coacción económica y las amenazas de violencia física. Si ha de ser evitada esta clase de tiranía, debemos comenzar sin demora a educarnos y a educar a nuestros hijos para la libertad y el gobierno de nosotros mismos.

Esa educación para la libertad debe ser, como he dicho, una educación ante todo en hechos y en valores: los hechos de la diversidad individual y de la singularidad genética y los valores de la libertad, la tolerancia y la caridad mutua que son los corolarios éticos de tales hechos. Pero, por desgracia, el conocimiento exacto y los sólidos principios no son bastantes. Una verdad sin interés puede ser eclipsada por una falsedad emocionante. Una hábil apelación a la pasión es muchas veces demasiado fuerte para la mejor de las buenas resoluciones. Los efectos de la propaganda falsa y perniciosa no pueden ser neutralizados sin un adiestramiento a fondo en el arte de analizar sus técnicas y ver a través de sus sofismas. El lenguaje ha permitido que el hombre progrese de la animalidad a la civilización. Pero el lenguaje ha inspirado también esa continua locura y esa sistemática genuinamente diabólica perversidad que no son menos características del comportamiento humano que las virtudes lingüísticamente inspiradas de la premeditación sistemática y de la continua benevolencia angélica. El lenguaje permite a quienes lo usan dedicar atención a cosas, personas y hechos, hasta cuando las cosas y las personas están ausentes y los hechos no están ocurriendo. El lenguaje procura la definición a nuestras memorias y, al traducir la experiencia en símbolos, convierte lo inmediato del deseo o el aborrecimiento, del odio o del amor, en principios fijos de sentimiento y conducta. De un modo del que no tenemos plena conciencia, el sistema reticular del cerebro selecciona de una incontable multitud de estímulos esas pocas experiencias que tienen importancia práctica para nosotros. De estas experiencias inconscientemente seleccionadas, seleccionamos y extraemos de modo más o menos consciente un reducido número, al que marcamos con palabras de nuestro vocabulario y luego clasificamos dentro de un sistema a la vez metafísico, científico y ético que está formado por otras palabras de un nivel de abstracción más alto. En los casos en que la selección y la extracción hayan sido dictadas por un sistema que no sea demasiado erróneo como opinión de la naturaleza de las cosas, y en que los marbetes verbales hayan sido inteligentemente elegidos y su naturaleza simbólica claramente comprendida, nuestro comportamiento tenderá a ser realista y tolerablemente decoroso. En cambio, bajo la influencia de palabras mal elegidas y aplicadas, sin comprensión alguna de su carácter meramente simbólico, a experiencias que han sido seleccionadas y extraídas a la luz de un sistema de ideas erróneas, tenderemos a comportarnos con una diabólica y organizada estupidez, de la que los animales mudos (precisamente porque son mudos y no pueden hablar) son beatíficamente incapaces.

En su propaganda antirracional, los enemigos de la libertad pervierten sistemáticamente los recursos de lenguaje, con objeto de atraer o empujar a sus víctimas hacia el modo de pensar, sentir y obrar que ellos, los manipuladores de la mente, desean. Una educación para la libertad (y para el amor y la inteligencia que son, a un mismo tiempo, las condiciones y los resultados de la libertad) debe ser, entre otras cosas, una educación en el uso propio del lenguaje. Desde hace dos o tres generaciones, los filósofos han dedicado mucho tiempo y mucha meditación al análisis de los símbolos y al significado del significado. ¿Cómo se relacionan las palabras y expresiones que hablamos con las cosas, personas y sucesos con los que nos habemos en nuestra vida cotidiana? Examinar este problema nos exigiría mucho tiempo y nos llevaría demasiado lejos. Basta que digamos que disponemos actualmente de todo el material intelectual que se precisa para una sólida educación en el uso propio del lenguaje, para una educación en todos los niveles, desde el jardín de infantes hasta los cursos para graduados. Esta educación en el arte de distinguir entre el uso propio y el uso impropio de los símbolos debería ser inaugurada inmediatamente. En verdad, pudo haber sido inaugurada en cualquier momento de los últimos treinta o cuarenta años. Y sin embargo, en ningún sito se enseña a los niños, de un modo sistemático, a distinguir la afirmación verdadera de la falsa, la significativa de la carente de significado. ¿Por qué es así? Porque sus mayores, inclusive en los países democráticos, no quieren darles esta clase de educación. A este respecto, la breve y triste historia del Instituto de Análisis de la Propaganda es significativa en grado sumo. El Instituto fue fundado en 1937, cuando la propaganda nazi era más ruidosa y efectiva, por el señor Filene, el filántropo de Nueva Inglaterra. Bajo los auspicios de este centro, se hicieron análisis de propaganda no racional y se prepararon varios textos para la instrucción de los estudiantes secundarios y universitarios. Vino luego la guerra, una guerra total, en todos los frentes, en el mental no menos que en el físico. Con todos los Gobiernos Aliados dedicados a la "guerra psicológica", insistir en la conveniencia del análisis de la propaganda parecía un poco falta de tacto. El Instituto fue cerrado en 1941. Pero inclusive antes del estallido de las hostilidades había muchas personas a las que las actividades del centro parecían muy inconvenientes. Ciertos educadores, por ejemplo, desaprobaban la enseñanza del análisis de la propaganda alegando que induciría al cinismo a los adolescentes. Tampoco los militares acogían con agrado tal enseñanza; temían que los reclutas comenzaran a analizar el lenguaje de los sargentos instructores. Y estaban luego los clérigos y los anunciantes. Los clérigos se pronunciaban contra el análisis de la propaganda alegando que un análisis así socavaría la fe y disminuiría la asistencia a la iglesia; los anunciantes adoptaron la misma actitud por entender que tal análisis socavaría la lealtad a las marcas y reduciría las ventas.

Estos temores y desagrados no carecían de fundamento. Un escrutinio demasiado a fondo por parte de demasiada gente del común de lo que dicen sus pastores y maestros puede resultar profundamente subversivo. En su forma presente, el orden social depende para su continuación de la aceptación, sin demasiadas preguntas embarazosas, de la propaganda presentada por quienes tienen autoridad y de la propaganda santificada por las tradiciones locales. Una vez más, el problema consiste en encontrar el oportuno término medio. Los individuos deben ser lo bastante sugestionables para que quieran y puedan hacer que su sociedad funcione, pero no tan sugestionables que caigan bajo el hechizo de manipuladores profesionales de la mente. Análogamente, debe enseñárseles en materia de análisis de la propaganda lo suficiente para que no crean a ojos cerrados en la pura insensatez, pero no tanto que rechacen abiertamente las manifestaciones no siempre racionales de los bien intencionados guardianes de la tradición. Probablemente, el feliz término medio entre la credulidad y el escepticismo total nunca podrá ser descubierto y mantenido por el solo análisis. Este planteamiento más bien negativo del problema tendrá que ser complementado por algo más positivo: la enunciación de una serie de valores generalmente aceptables basados en un sólido cimiento de hechos. El valor, ante todo, de la libertad individual, basado en los hechos de la diversidad humana y de la singularidad genética; el valor de la caridad y la compasión, basado en un hecho conocido de antiguo y descubierto de nuevo por la moderna psiquiatría, es decir, el hecho de que el amor es tan necesario para los seres humanos como la comida y el techo; y, finalmente, el valor de la inteligencia, sin la que el amor es impotente y la libertad inasequible. Esta serie de valores nos proporcionará un criterio para que la propaganda pueda ser juzgada. La propaganda que resulte insensata e inmoral podrá así ser rechazada sin discusión. La que sea meramente irracional, pero resulte compatible con el amor y la libertad y no se oponga en principio al ejercicio de la inteligencia, podrá ser provisionalmente aceptada por lo que valga.

 

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