Joaquín García Monge 1881-1958Unidos por la cultura

Joaquín García Monge

Costa Rica, 1881-1958

La Nación, diciembre 31, 1966

Los pobres de la tierra.org

Discurso inédito que el Benemérito don Joaquín García Monge escribió pero no pronunció al otorgársele el Premio María Moors Cabot de 1944, sacado del archivo especialmente para nuestros lectores por el Dr. E. García Carrillo, a quien le agradecemos mucho su atención.

Mucho agradezco a los Administradores de la Universidad de Columbia el honor que me han hecho al concederme el conocido Premio MARÍA MOORS CABOT y entregármelo en una asamblea tan importante como ésta.

Realmente la vida en sus misteriosas vueltas, en sus retornos, repite, o recuerda, ciertos sucesos. En 1919 —hace 25 años— en el Kent Hall de esta famosa Universidad me tocó hablar ante el Capítulo de Profesores de Español de Nueva York. A ello me movió el ya finado costarricense don Arturo Torres,1 que se graduó en el Teacher's College. El asunto de mi conferencia fue: Cómo habían visto a los Estados Unidos Sarmiento y Martí, dos andariegos ilustres de nuestra América, en andanzas ejemplares de libertad y de cultura. Los Estados Unidos de Sarmiento fueron los de los Emerson, de Horacio Man, y cito estos nombres porque Sarmiento andaba entonces en menesteres de cultura, buscando en los Estados Unidos una técnica que le permitiera realizar con éxito su creación de Escuelas y Bibliotecas en la República Argentina. De Franklin dijo que era su santo patrono. José Martí vivió en esta Nueva York de sus sueños y de sus penas, diez años y él nos habló —y de qué modo— de Whitman, de Longfellow, de Henry George, de Lincoln, de Grant, de tantos más.

Como Uds. ven, ya en 1919 andaba yo por acá en estos afanes de correlación entre los valores espirituales de los dos pueblos de América: el anglosajón y el américo-hispano. Y en eso me he vivido desde hace cuarenta años. Busco el testimonio de los próceres, porque son ellos los que han de ayudarnos en la obra de la unión, que es la de la salvación. De modo que lleguemos a ser en América los Estados Unidos de la América del Sur, en cooperación y amistad con los poderosos Estados Unidos de la América del Norte. Hay que seguir en eso: lo que nos falta es una técnica adecuada del Espíritu (la expresión es de mi amigo Waldo Frank) en Colegios y Universidades de ambas Américas. Este problema de Educación ha de resolverlo el porvenir, si queremos ser fieles a nuestro Destino en una obra de cultura que se defina por la concordia, la justicia y la libertad para todos los hombres.

Cosa caduca es la conquista por las armas. Sólo vence, sólo enlaza a los hombres el amor que nace de una mutua comprensión de las cualidades del entendimiento y del corazón. Si Roma fue vencida por sus vencidos helenos se debió a la fuerza espiritual de la cultura de éstos. Los galos se liberaron de sus conquistadores romanos, pero lengua y cultura de Francia continuaron siendo latinas. Más tarde, las Trece Colonias se independizaron políticamente de Inglaterra; mas el amor y la influencia de la cultura inglesa perduran en la nación norteamericana. Y no otra cosa acontece con las otras Américas de nuestros días; la lengua y las letras españolas son su patrimonio también. España sigue siendo nuestra madre común, nuestra Alma Mater.

Juntos vinimos al Nuevo Mundo los angloamericanos y los hispanoamericanos, enlazados quién sabe por qué destino. Habrá de ser obra de nuestra inteligencia estrechar comprensivamente estos lazos mediante las fuerzas espirituales que constituyen la esencia de la verdadera cultura, como refinamiento de los pueblos y de las razas.

La labor del REPERTORIO AMERICANO tuvo desde su fundación el amplio propósito de que se conocieran las aspiraciones de los diversos pueblos de América, presentándolas tal como las expresaron, o expresaban, sus eminentes escritores. En sus páginas se han dado cita las más altas inteligencias del Continente agitadas por las inquietudes de su propia patria, o por las de América, o por las de Europa y Asia, en relación con lo nuestro o con los más elevados principios de la Humanidad. Sin dejar por eso de abrir esas mismas páginas a los jóvenes, a los nuevos que traían en su corazón alguna promesa.

Por espacio de 25 años el REPERTORIO ha sido tribuna y cátedra donde han hablado para las Américas los Jefferson y los Sarmiento, los Lincoln y los Martí, los Emerson, y los Rodó, los Whitman y los Darío, los James y los Hostos. En la galería de esas páginas ilustran con su ejemplo Washington y Bolívar, y San Martín y O'Higgins, y Miranda y Morelos e Hidalgo, y Montalvo y González Prada, Vasconcelos y Haya de la Torre, e Ingenieros y los Caso, los Lugones y los Alfonso Reyes, los Waldo Frank y las Gabriela Mistral... Todos los que han tenido un mensaje para la juventud o para su patria, mensajes de libertad o de liberación, de derecho y de justicia en las dimensiones del Continente.

Porque he creído durante todo este tiempo que es faena de la cultura hacer amar las figuras proceras de esta cosa grande y sacrosanta que llamamos América. Porque si la inteligencia crea con esplendor ideas, la voluntad iluminada de los grandes caracteres les da corporeidad vital. De ideas se tornan en ideales. Y así es como se convierten en fuerzas propulsoras de la civilización, en el sentido más bello que esta palabra tuvo en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la técnica y la máquina, como efectos de la civilización a ella se subordinaban; a diferencia del predominio que sobre ella han tenido a lo largo de este período transcurrido después de la guerra del 14 al 18.

Para mí, como editor del REPERTORIO, aunque tienen un valor en sí mismas las artes, las letras y las ciencias, ellas no solamente son creaciones del hombre, sino que deben ponerse al servicio de las sociedades. Se esculpe, se escribe, y se pinta y se graba para hacernos expresivos de la grandeza que llevamos con nosotros y estimular la grandeza aún no descubierta, quizás, en quienes contemplan la obra ejecutada. La belleza posee la magia de hermosear y mejorar a los hombres. La América del Sur es muy sensible a la belleza, y sirva esta advertencia de nuestro magnífico Leopoldo Lugones, si se la quiere educar con acierto.

En la medida de mis escasos medios he tratado de alcanzar ese fin: la difusión de la obra bella. Fueran mis medios más holgados, mayor belleza se encontraría en este semanario que ha absorbido muchas de las mejores fuerzas de mi vida. De él no he derivado fortuna. Antes por el contrario, he invertido en ese esfuerzo, como hacía Ingenieros en su Revista de Filosofía, liberal porción de mis sueldos como bibliotecario o como profesor hasta 1936. Desde entonces para acá la vida del semanario ha dependido de las suscripciones. Y sea esta la ocasión para agradecer a las grandes Bibliotecas universitarias y públicas norteamericanas (la del Congreso, la de Nueva York, por ejemplo) el auxilio que me han prestado con sus pedidos de colecciones completas que me ha sido grato remitirles.

Los hombres de nuestra América se han sentido, lo mismo que los grupos de intelectuales, como aislados los unos de los otros. Yo he querido hacer del REPERTORIO un punto de cita, un caluroso rincón del hogar americano en donde todas las inteligencias y todas las ideas encuentren acogida afectuosa y comprensiva. (Lo que no se ha manifestado todavía, ha sido por falta de espacio, porque ya no son tan frecuentes las ediciones). En este rincón se han estrechado las manos los que poco antes mutuamente se desconocían y esto me ha dado el gusto de aquel que como anfitrión, logra reunir en torno de su mesa a los más distinguidos representantes de la nobleza del espíritu. Por largo tiempo el REPERTORIO ha sido perpetuo convivio platónico. El pensamiento hermoso de la mayoría de los pensadores de América ha tenido asiento en el Banquete.

Y no menos satisfacción me ha proporcionado el hecho de que todos los escritores de América hayan encontrado en el semanario a mi cargo los justos clamores de sus propias patrias (un auditorio, una fe, una esperanza...); de que en sus páginas hayan mirado desplegadas todas las gracias de la poesía toda la fuerza del pensamiento de poetas y ensayistas y estadistas de cada una de estas patrias, por la independencia de Puerto Rico y por la americanización de las Guayanas y Malvinas, por ejemplo, se han levantado voces vigorosas en el REPERTORIO, sin diversión odiosa para nadie y sólo sí con un intenso amor por las causas de la libertad. Patrias hemos querido ser, no meros territorios coloniales. Imperialismos, dictaduras y tiranías hallaron en la revista de que soy el editor páginas de combate. Caídas las tiranías aquellas páginas se tornaban en motivo de júbilo y de esperanza en días mejores.

Mi experiencia de 25 años en la dirección del REPERTORIO AMERICANO, confirma el pensamiento de que los hombres sólo se malquieren cuando no se conocen recíprocamente o cuando sólo conocen sus respectivas debilidades. Pero cuando han llegado a penetrar en las intenciones del corazón y del pensamiento y han adivinado sus virtudes, excelencias y talentos, de la admiración se pasa al efecto y a la amistad. Esto es, por el conocimiento se llega a la amistad, de hombre a hombre, de pueblo a pueblo. Sólo por el amor se alcanza la unión; amor fundado en lo mejor que cada cual lleva consigo.

Aquí en los Estados Unidos existen alrededor de 200 cátedras de literatura, historia y cultura iberoamericanas. Os estáis colocando en condiciones de conocernos bien. Por desgracia las Universidades américo-hispanas carecen de otras tantas cátedras dedicadas a estudios de los movimientos culturales, espirituales de los Estados Unidos. (Apenas si hay una que otra dedicada a conocer los de Hispanoamérica). Nuestra América, la que habla español y portugués, necesita institutos de cultura superior norteamericana en donde se puedan apreciar las poderosas corrientes de arte, ciencia, letras y filosofía que circulan en el organismo espiritual de los Estados Unidos.

Este mutuo conocimiento de cuanto somos —y es mucho— esta generosa aspiración a ir juntos a la cita con nuestro común destino, nos hará invencibles. Estaremos unidos por la cultura, amasada con sangre y espíritu.

J. García Monge

Notas:

1. Arturo Torres (1880-1929), educador costarricense que estudió en Nueva York con algunos de los más grandes pedagogos. Fue el primer director de la Escuela Normal de Costa Rica. Autor de algunas obras didácticas. (Nota de Luis Ferrero, 1971).


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