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Mis deseos Joaquín García Monge 1881-1958

Joaquín García Monge

Los pobres de la tierra.org

1905

La Siembra 1:74, 1905 (A una amiga muy estimable)

Amiga:

Siempre me han complacido su claro juicio y su seductora bondad. Por esto creo firmemente que con mis aspiraciones y Ud. pasará lo del buen sembrador que arrojó la semilla en el campo fértil. He aquí lo que quisiera ver hermosamente realizado en Ud.

Es preciso que no deje de instruirse, hágalo sin cesar. Ya Ud. tiene suficiente criterio para ilustrarse por su cuenta. Busque observaciones en los libros buenos y observe Ud. por sí misma, con sus propios ojos, lo que pueda. En esta espléndida naturaleza que la rodea, saltan interrogaciones silenciosas que su inteligencia se propondrá responder con entusiasmo. Así adquirirá ur: juicio libre y original sobre muchas cosas, verá en todo un motivo de estudio y no pasará en el mundo como esas pobres almas muertas que llevan una venda en los ojos para no ver claro. No olvide que la instrucción es uno de los encantos superiores de la mujer. Y la mujer ha nacido para reinar en su casa, en el círculo de sus amigos, y ese reinado será tanto más durable y delicioso, cuanto más fina sea la calidad de sus pensamientos, adquiridos mediante la instrucción. Las mujeres más exquisitas que he conocido son muy estudiosas, se empeñan en conocer todas las ideas de su tiempo, se interesan por todo lo que hoy es útil para el avance de la humanidad hacia una vida más venturosa y equitativa. Ud. hará lo mismo, sin duda.

Para que se entere bien del movimiento actual de las ideas en el mundo, es preciso que se esfuerce por adquirir ei dominio pasivo, cuando menos, de una o dos lenguas extranjeras; es decir, que aprenda a leerlas ya que no a hablarlas. Cada lengua que se aprende es una alma más que se adquiere, un modo nuevo de expresar lo que pensamos o sentimos. Sabiendo una lengua más tstá Ud. más cerca de un mayor número de ideas y por lo tanto la amplitud de su horizonte intelectual será mucho más grande. Recuerde también que los hombres mejores que miran con espanto la vulgaridad y grosería del rebaño, necesitan para compañeras de su vida mujeres con grandes y nobles ideales, que sean capaces de dar un consejo acertado o de insinuar con inteligencia o dulzura, un derrotero más que conduzca al triunfo en las luchas ansiadas del porvenir.

Ahora comprenderá Ud. por qué le recomiendo a más de la instrucción, la energía suficiente para la lucha. Las hijas nuevas necesitan un corazón bien puesto, que sea un manantial inagotable de fuerzas. Si aspiran a ser las dueñas del por venir, necesitan fortaleza de ánimo, porque ya no serán esos seres pasivos esclavizados por el hombre para una grosera vida sexual, sino seres activos, enérgicos, en los cuales hallará el hombre su futura redención. Nada que disguste más a un varón virtuoso (es decir, de grandes fuerzas morales) que esas mujeres pusilánimes, incapaces de dominar una situación difícil, que ponen el grito en ei cielo hasta cuando ven un insecto. No, mujeres así podrán ser figuras decorativas de salones, pero no dulces y tenaces compañeras de trabajo, bellas mitades de la existencia, dignas de compartir todos los sinsabores y todas las alegrías terrenales.

No olvide el cultivo de su palabra hasta que la domine con facilidad y pueda deshojar sus pensamientos en frases de una suavidad, de un convencimiento y de una transparencia incomparables. El arma de dominio más útil que una señorita puede tener es su propia palabra. Unos hombres dominan a otros por la fuerza de su palabra. Nuestros ejercicios de elocución en el Colegio de Señoritas tenían este fin. Acostumbrarlas a que se expresaran con claridad y soltura, a que dominaran su lengua hasta hacerla un brillante y subyugador vehículo de muchas y muy sanas ideas.

Cultive, entonces, la expresión de su palabra, de modo que con ella influya sobre los demás.

Y le digo que influya, porque sólo las mujeres pasivas no aspiran a nada, no desean sobresalir, sino quedarse cómodamente en la oscura y uniforme morada del montón. Usted no será de esas. Reine, por el contrario, sobre el mayor número de amigos y amigas. Las mujeres más deliciosas son las que dominan sobre un círculo mayor de individuos con la sola fuerza de su bondad y de su inteligencia. Para adquirir este dominio, le recomiendo que lea mucho los escritos que nos han dejado las grandes mujeres de la historia social y literaria. Con este fin, importa que conozca todo lo que se relaciona con damas tan ilustres como Mme. Stael, Mme. de Maintenon, Mme. de Sevigne, Luisa Michel, la Baronesa de Suttner, Ada Negri y muchas otras más. Hay en los escritos de estas notables señoras, páginas muy risueñas y espirituales a veces, mucho amor e interés por los hombres que sufren y su destino, a veces también. Léalas. Todo estudio que se refiera a alguna mujer ilustre en cualquier sentido, recójalo y hágalo objeto de su meditación. De paso podrá Ud. conocer también los resortes con que dominaron las mujeres inteligentes en los grandes salones europeos. Lea también las biografías razonables de los hombres ilustres. Con este fin es preciso que Ud. sienta y comprenda las Memorias de los grandes hombres. Por ellas sabrá cual ha sido la influencia de las madres, las novias, hermanas y esposas en la formación y el destino de los grandes hombres de un país. En esas memorias hay mucho que aprender y que imitar. Son tratados experimentales de gran utilidad para las niñas inteligentes que quieren influir más tarde en la suerte de un hombre de talento.

Y esto se lo digo, porque Ud. nunca elegirá para compañero de su vida a uno de esos tantos hombres insensibles, egoístas y vulgares que viven al nivel de todos, pasivos enteramente.

No, hay que buscar hombres que se distingan en algo por sus grandes empresas industriales o agrícolas, per sus útiles, bellos e intencionados libros, por la tremenda audacia de sus ideas y propósitos, por sus grandes anhelos. Buscar hombres que en algo o en mucho influyan sobre la suerte de sus semejantes y de su país. Las niñas inteligentes y superiores no se conforman sólo con vivir oscuramente en el hogar, sino que aspiran y logran influir sobre sus compañeros, a fin de que juntos vayan de la mano y trabajen en las grandes empresas físicas, morales e intelectuales que el mundo ofrece a los que tienen inteligencia y carácter. Compañeros así, también serán capaces de comprender las bellezas del corazón y del espíritu de una mujer, sabrán quererla mucho y admirarla. No olvide es!o, admirarla. Nunca se vivirá dignamente el amor en una pareja humana, si los dos no se admiran. Las mujeres deben tener muchos encantos morales e intelectuales para que el hombre las admire y las adore; el hombre también debe poseer lo mismo. De ese modo, el amor se realza y vive en un sereno ambiente perdurable de dignidad y delicadeza.

Nada contribuye a dignificar más a una mujer y a darle encantos más subyugadores, que el cultivo de las bellas artes. Cultívelas Ud., en especial la música. La música, hilo invisible que va atando corazones en un mismo sentimiento, sin otro fin que el del goce, el de la comunión para la dicha, arte que redime y tiende collares de amor sobre los hombres! Si ya conoce el tecnicismo musical, si ya tiene alguna práctica, siga con impulso propio hacia adelante, sin detenerse. ¡Dichosos y dichosos son los que practican la música con cariño y sentimiento! ¡No sabe Ud. cuánta dicha perdida hay en el mundo para los que no manejan algún instrumento musical! Si Ud. desea ser original y dichosa, toque siempre el piano o cualquiera otro instrumento, pero toque. Una señorita extranjera, muy espiritual y encantadora, me confesó una vez que sólo cuando se sentaba al piano era dichosa, porque sólo en esos dulces momentos ponía algo de su propia alma. ¡Fíjese cuánta ternura hay en esta confesión! Ud. dirá lo mismo, ¿no es cierto ?

A Ud. siempre la ha caracterizado su gran bondad. Continúe, pues, en esa bondad ingénita y agrándela más y más con buenas lecturas morales y con los actos de su propia vida. Nada que encante más que ver a una dama que se desliza por el mundo regando flores de bien y de consuelo a lo largo del penoso camino. Dulce amiguita, esta vida que vemos en los demás es horrible; hay muchas almas que sufren en la tierra y nunca serán suficientes para calmarlas esos manantiales de piedad que brotan cde algunos corazones femeninos. Así sea su corazón, un perpetuo manantial de simpatía. De nada le servirá a una señorita ser muy instruida, muy enérgica, muy encantadora, si no tiene buenos sentimientos. Los sentimientos son los que dan el impulso a las acciones, de modo que éstas serán lo que aquéllas. Empéñese siempre en que sus sentimientos sean los más inofensivos, discretos y pulcros.

Para concluir, la invito a que nunca desdeñe las bellezas de este suelo. Salga a buscarlas, pasee a menudo y haga mucho ejercicio físico. Así su salud será siempre buena y estando sana, será Ud. siempre bella para los ojos. No tema a la luz, al aire, al agua y a la alimentación sencilla, requisitos que hacen hermosas, verdaderamente bonitas a las personas.

Hay muchos deseos más que quisiera ver realizados en Ud. Mientras tanto, me sentiría muy dichoso si los pocos que hoy le apunto la hacen pensar y sentir algo.

J. García Monge

Junio de 1905

 

 

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