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La mata de los cincos Joaquín García Monge 1881-1958

Joaquín García Monge

Los pobres de la tierra.org

1910

 

Cultura No. 1, 1910

Un sentimiento egoísta impulsa sin duda al inquilino urbano o rural que antes de abandonar para otro inquilino la casa en que le tocó vivir una corta o larga temporada, destruye, cuando no se las lleva, las plantaciones que para regocijo o sustento propio y de los suyos, con su propia mano cariñosa sembrara un día en los contornos.

En esta conducta vulgar hay una gran falta de respeto por los esfuerzos ocultos y visibles de la vieja y paciente madre Tierra, que brinda sus tesoros para todos, haciendo caso omiso de los repartos temporales, arbitrarios, convencionales y egoístas que los hombres hacen de ella. Hay también irrespeto para con el trabajo personal. Amorosamente vigilamos la siembra, el desarrollo y el fruto de las plantas que nos sirven de sustento o alegría. Muchas de ellas, sin nuestra tierna vigilia perecerían en la jornada. ¿Cómo, pues, tenemos corazón para destruirlas, cuando ya quizás están en vísperas de ofrendarnos sus perfumadas primicias?

El trabajo tiene cierta santidad y no hay egoísmo ni rencor, ni capricho que justifiquen la destrucción de aquello que nos ha costado, de aquello que por esfuerzos sucesivos es obra de nuestras manos o de la Naturaleza, ayudada por nosotros. Tratándose de plantas, la crueldad salvaje de destruirlas es mayor, porque son nuestras apacibles compañeras que nos ven, que sienten y nos agradecen cuanto por ellas hicimos. Destruir inútilmente una planta, sobre todo si está para dar una cosecha saludable, es un pecado tan cruel y estúpido como matar los pajarillos que alegran nuestras faenas y reposos con sus cantos de salud y amor.

En este proceder hay, además, una pérdida evidente de riqueza, porque se botan muchos cincos a la calle. ¡De veras que con ello se destruye la mata de los cincos de que hablamos engañosamente a nuestros niños cuando no queremos darles el cobre que nos solicitan! Cada planta en cosecha es una mata de cincos y muchas plantas constituyen para un país una riqueza inmensa. Hablémosles seriamente a nuestros niños de la mata de los cincos, señalémosles los sitios numerosos en donde se halla como viviente realidad, enseñémosles a sembrarla y a cultivarla con cariño e inteligencia, pero desarraiguemos de su corazón el sentimiento perverso de destruirlo inútilmente en la época sagrada de su vida, cuando va a rendir un fruto que siempre es un bien y una riqueza efectiva, muchos cincos, aun cuando no sean para nosotros. Las fuerzas naturales que han contribuido a elaborar esa riqueza no pertenecen a ninguna persona determinada, antes bien están distribuidas en el Universo para disfrute y beneficio de todos los que quieran aprovecharlas con buenas intenciones.

"¡Yo no siembro para que otros cosechen! Mis esfuerzos que sean para beneficio mío, pero de ningún modo para los demás. Que lo que yo haga y tenga, viva y muera conmigo. ¿Los demás?... ¡Qué me importan los demás... !" Así piensan por lo común los que no siembran árboles de fruto tardío, aun cuando sean un bien y una riqueza para el país. El temor de que sólo sean nuestros descendientes o no los que recojan ese fruto, nos abstiene de plantarlo ahora. Este egoísmo aldeano es una remora para la agricultura de un país. Piénsese cuántos hombres dueños del suelo proceden así y calcúlese cuántas ocasiones se pierden por lo consiguiente de hacer más y más rica a nuestra nación.

Tal egoísmo es el que impide que se cultiven y hermo seen los suelos urbanos y campesinos anexos a las casas de alquiler y propias también, aun cuando parezca extraño. Se habla a menudo de que la tierra arable, descansada y fértil ya escasea en las cercanías de nuestras ciudades y no se piensa que dentro de ellas existen, en parcelas aisladas, muchas manzanas que dormitan con sus olvidados tesoros bajo la fealdad de los charrales. Terrenos abonados, que darían sus riquezas sin grandes costos, sin fletes subidos, sin malos caminos; que hasta podrían cultivarse de noche, porque la luz eléctrica de las calles los ilumina. Y los moradores pobres o acomodados de las casas anexas a estos solares, en el ocio y la murmuración pasan muchas horas diurnas que podrían emplear noblemente cultivando flores y hortalizas para sustento barato de sí mismos y ornato, limpieza e higiene de sus hogares. Esto es lo que precisamente hacen los sajones con los solares de nuestras casas, aunque no les pertenezcan; los explotan y embellecen mientras en eílas viven; sin egoísmos, satisfechos de dejar al sucedor un hermoso ejemplo de actividad para los ratos de holganza y una morada decente para vivir conforme a la higiene moderna. Pero a menudo acontece que no seguimos este buen ejemplo y a pocos días dejamos que las malezas, en virtud del egoísmo susodicho y de la falta de amor por la naturaleza, invadan los contornos de nuestras casas que recibimos en cultivo y hermoseados. Esta conducta es tan censurable como la del que no mejora para que el posible sucesor no disfrute.

¿Qué habría sido del mundo si los antecesores hubieran procedido con tanto egoísmo? ¡Apenas estaría la humanidad más acá de la barbarie! ¿A quién si no a ellos, debemos la vida confortable de nuestras casas modernas, que nos abrigan de la intemperie y de la humedad, las ventajas de la luz eléctrica, del vestido, del tranvía, las numerosas ocasiones de instruirnos con facilidad y regocijo?

Los esfuerzos sucesivos y desinteresados de los sabios, inventores o ignorada muchedumbre de obreros del pretérito son los creadores de todos los progresos materiales y espirituales que hoy hacen nuestra vida más bella y más buena. Por lo tanto, sigamos el ejemplo de los antepasados y sin descanso trabajemos por enriquecer y mejorar la valiosa herencia que nos legaron y sin egoísmo entreguémosla a nuestros hijos para que ellos a su vez continúen perfeccionándola. He aquí nuestro más sagrado deber: de otro modo regresaríamos a la barbarie.

Sugiero a los maestros el tratamiento del asunto de este escrito en una de sus clases de moral. La escuela debe combatir todas las tendencias egoístas y regresivas de nuestro pueblo. Y para remediar la inepcia e infundir amor al suelo en que vivimos, el cultivo sencillo, casero y amable de las flores y hortalizas debiera ser objeto de estudio y práctica por parte de nuestros escolares de ambos sexos.

J. García Monge

Costa Rica, 1910

 

 

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