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Las biografías y el pueblo Joaquín García Monge 1881-1958

Joaquín García Monge

Los pobres de la tierra.org

1904

 

(No. 23, 10 de diciembre de 1904)

Nuestro criterio sobre los grandes hombres es francamente revolucionario. No admitimos la glorificación incondicional de nadie y mucho menos deificamos a ningún individuo hasta llegar al grosero fetichismo humano de algunos fanáticos.

Creemos fuertemente que todo hombre que viene al mundo tiene el ineludible compromiso moral de trabajar por el bien de sus semejantes. Y este compromiso será más imperioso, si vive en medio de una muchedumbre ociosa, ignorante e imprevisora que sólo gusta de las impresiones pasajeras, de las cosas fáciles y de los placeres. De modo que si un hombre hace algo para los demás en medio de semejante farniente, merece que lo recordemos, pero no que lo hagamos un Dios. Importa conocer en la vida de los hombres útiles de una nación, la cantidad de valentía y sinceridad que tuvieron para arrastrar sus ideas, la energía que manifestaron para luchar con el montón de imbéciles que les salían al encuentro. Es útil que los jóvenes conozcan las formidables luchas interiores de los hombres que tienen altos ideales con la imbecilidad indiferente que los rodea en vida. Es interesante que conozcan también los múltiples tropiezos que la reacción opone al hom­bre que lucha por el avance de las ideas de su tiempo. Es preciso que sepan que el hombre de progreso ocupa siempre la primera línea en la cultura de una nación, el lugar más solo y más arriesgado.

Nada implora, avanza y avanza, quitando los estorbos y malezas que se enredan a sus pies. Lleva en el pecho altísimos ideales y esto le basta para seguir adelante, sin importarle el que las generaciones venideras ignoren hasta su nombre. ¡Cuántos útiles y verdaderos hombres de progreso viven hoyen la penumbra del olvido! Pero no importa. Ellos sacrificaron su vida por sus ideales, porque así se lo imponía su deber de hombre progresista, no para que más tarde, en su nombre, los deudos o los amigos mendigaran inscripciones, bustos, estatuas coronas, retratos y otras tantas manifestaciones más del fetichismo humano.

Respetemos en buena hora la memoria de estos pioneers estudiemos su vida activa de luchas y veamos en ella un aliciente, un ejemplo que nos arrastre al cultivo de nuestro corazón y nuestra inteligencia y nuestras fuerzas físicas, a fin de que mañana pongamos esa indomable energía al servicio de las obras útiles para nuestros semejantes. Pero de esto a aceptar pasivamente una deificación impuesta, indiscutible, hay una diferencia enorme que los hombres dignos y razonables reconocen.

Es una vergüenza que en las escuelas se venga desde hace siglos aconsejando a la juventud el arrodillamiento silencioso de sus energías morales, intelectuales y físicas, ante los grandes hombres, es decir, los grandes fetiches, de reputación indiscutible. El Panteón de la Historia está lleno de estos fetiches.

Levantemos las cabezas y juzguemos a los grandes hombres con un criterio menos quietista y cobarde. Veamos en ellos -no a los elegidos, porque esto sería dar a su misión en el mundo un carácter divino inadmisible- sino a los hombres de una visión más clara, que bebieron todas sus ideas en la sociedad de su tiempo, y que se empeñaron en avanzar estas ideas. Sobre todo discutamos ese pretensor patrimonio de las ideas que se quiere atribuir a los grandes hombres. No. ¡Mil veces no! Ellos son producto de su tiempo y toda su mentalidad la han formado con las observaciones anteriores de otros hombres ilustres y con lo que han observado por su cuenta entre sus contemporáneos.

De otro modo se cierra a las nuevas generaciones los diferentes caminos que ellas con entusiasmo se buscan para dar amplio desarrollo a sus nobles ideas, puesto que se las acostumbra a ver en las obras hechas por los grandes hombres del pretérito, el no más allá del esfuerzo humano, el milagro de energía y de talento. Así se predica abatimiento, así se aconseja no dar un paso adelante, porque sería ridículo intentar hacer algo más de lo que intentaron hacer los grandes hombres. No, este criterio es inadmisible porque sólo contribuye a formar siervos en todo sentido. Debemos romperlo y aconsejar a nuestros jóvenes que todo está por hacerse, que el mundo está sembrado de obras en proyecto que sólo esperan para realizarse el concurso tenaz de hombres inteligentes y de carácter.

Nuestra juventud ha estudiado las vidas de los grandes hombres de la historia con este criterio. Sus educadores sólo le han infundido o la adoración inconsciente o el odio por esas biografías estériles que son un tejido de nombres, títulos v fechas inútiles que pronto se olvidan y no educan lo más mínimo. La vida de los grandes hombres estudiada así no es un modelo, no es un estudio que dignifique, que levante inteli­gencias y corazones para las luchas del porvenir. Un estudio así es el vivero donde se crían, en donde buscan las fuentes de la vida superior, esas flacas voluntades nuestras, incapaces de nada elevado y tenaz. Hay algo que da más tristeza aún, y es pensar en que del ciento de biografías que estudian los jóvenes, hay setenta consagradas a militarotes y políticos. Biografías semejantes o son una deificación que impuso el miedo o la adulación, o son vidas de engaños, mentiras, astucias, latrocinios y matanzas de prójimos. Biografías así, debieron desterrarse para siempre de la enseñanza, porque lejos de dignificar y levantar el espíritu de la juventud, la pervierten y extravían.

En cuanto al pueblo campesino e iletrado, su situación es más penosa. Las únicas biografías que conoce son las de santos. Y es sabido que las vidas de estos santos -tal como la iglesia las presenta- son un tejido de milagros que el pueblo no comprende, pero admira con admiración ingenua e inconsciente. Las vidas de los santos no son un modelo para las generaciones de nuestro tiempo. La iglesia ha canonizado una gran mayoría de hombres y mujeres que no pensaron en este mundo, sino en conquistar el otro con el martirio de la carne. No, en este tiempo debemos imitar las vidas activas y fecundas en obras útiles para la felicidad y el progreso de los hombres en la tierra. Las vidas de los santos sólo alucinan al pueblo,éste no puede imitarlas, porque eso es contrario al espíritu de nuestro tiempo. ¿Qué hace entonces? Las admira pasivamente no las practica porque no está enfermo, las repite como un loro, respeta a sus santos, se arrodilla y les reza. No lo olviden se arrodilla. Y de rodillas viven hoy todas las almas muertas que vegetan por el mundo.

 

 

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