Monseñor Romero, 1917-1980Extractos de prédicas de Monseñor Romero

Fragmento de "Día a día con Monseñor Romero, predicaciones para todo el año".

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

 

200. Medio ambiente
Es espantoso oír que el aire se está corrompiendo, que no hay agua, que hay regiones en nuestra capital donde apenas llega por unos minutos y, a veces, nada; que los mantos de agua se están secando; que ya aquellos ríos pintorescos de nuestras montañas han desaparecido. La alianza de los hombres con Dios no se está cumpliendo porque el hombre es el Señor de la naturaleza y se está convirtiendo en un explotador de la naturaleza (Homilía 3 de junio de 1979, VI p. 375). [215]


201. Idolatría
¡Cuántos cristianos mejor no dijeran que son cristianos, porque no tienen fe! Tienen más fe en su dinero y en sus cosas que en el Dios que construyó las cosas y el dinero (Homilía 3 de junio de 1979, VI p. 378).


[216]


202. El Dios de nuestro pueblo
Dios es el Dios de nuestro pueblo, el que va con nuestros signos, el que va con nuestras guerras y nuestras luchas, el que va con el pueblo en sus justas reivindicaciones. Este Dios maravilloso es el Dios que los cristianos hemos seguido adoptando. Este es el Dios de la revelación; no necesita grandes abstracciones ni filosofías de Atenas. No es un Dios de los filósofos. Es el Dios que decía Cristo: «Padre, te doy gracias porque has revelado estas cosas a los sencillos, a los humildes». ¡El Dios de los humildes! (Homilía 10 de junio de 1979, VI p. 389). [217]


203. El cristianismo no es un museo
Me da lástima pensar que hay gente que no evoluciona. Hay gente que dice: «Todo lo que ahora hace la Iglesia está malo porque no es como cuando nosotros lo hacíamos cuando éramos niños». Y recuerdan su colegio y quisieran un cristianismo estático como museo de conservación. No es para eso el cristianismo ni el evangelio. Es para ser fermento de actualidad y tiene que denunciar no los pecados de los tiempos de Moisés y de Egipto, ni de los tiempos de Cristo y de Pilatos y de Herodes y del imperio romano, son los pecados de hoy aquí en El Salvador los que les toca vivir, el marco histórico. Este germen de santidad y de unidad tenemos que vivirlo aquí en la tremenda realidad de nuestro pueblo concreto (Homilía 17 de junio de 1979, VI p. 403). [218]


204. El diálogo
Yo quisiera decirles que todo esto, ¿quién no lo ve?, son síntomas de una crisis y de una injusticia estructural en nuestro país. Las cosas no se pueden arreglar con represiones, con violencias. Es necesario profundizar en un diálogo que verdaderamente sea diálogo. No monólogo en defensa de un sólo modo de pensar, sino diálogo en el cual se va dispuesto a buscar la verdad y a deponer actitudes por más queridas que parezcan. Si no es así, no podremos salir de esas raíces de donde brotan tantas cosas desagradables (Homilía 17 de junio de 1979, VI p. 409). [219]


205. La verdad
Yo tengo fe, hermanos, que un día saldrán a la luz todas esas tinieblas, y que tantos desaparecidos y tantos asesinados, y tantos cadáveres sin identificar, y tantos secuestros que no se supo quién los hizo, tendrán que salir a la luz, y entonces tal vez nos quedemos atónitos sabiendo quiénes fueron sus autores (Homilía 16 de junio de 1979, VI p. 409). [220]


206. El pecado de la Iglesia
Es hora de reflexionar sobre el pecado de la Iglesia, que todos lo podemos cometer, y porque el que denuncia tiene que estar dispuesto a ser denunciado. Lo estoy diciendo con franqueza cristiana y evangélica a los cristianos, empezando por mí mismo, un análisis de nuestro comportamiento frente a las exigencias de una Iglesia que no puede volver atrás en su compromiso preferencial por el pobre (Homilía 21 de junio de 1979, VII p. 10). [221]


207. El gesto de Judas
También se prostituye la Misa dentro de nuestra Iglesia cuando se celebra por codicia, cuando hemos hecho de la Misa un comercio. Parece mentira que se multipliquen las Misas sólo por ganar dinero. Se parece al gesto de Judas vendiendo al Señor, y bien merecía que el Señor tomara nuevamente el látigo del templo para decir: «Mi casa es casa de oración y ustedes la han hecho cueva de ladrones» (Homilía 30 de junio de 1979, VII p. 35). [222]


208. Los mártires
Podemos presentar junto a la sangre de maestros, de obreros, de campesinos, la sangre de nuestros sacerdotes. Esto es comunión de amor. Sería triste que en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas del pueblo (Homilía 30 de junio de 1979, VII p. 37). [223]


209. El imperio del infierno
La muerte es signo de pecado, cuando la produce el pecado tan directamente como entre nosotros: la violencia, el asesinato, la tortura donde se quedan tantos muertos, el machetear y tirar al mar, todo eso es el imperio del infierno. Son del diablo los que hacen la muerte. La experimentan los que le pertenecen al diablo. Colaboradores, agentes del demonio, impostores de algo extraño que no cabe en el plan de Dios. Por eso la Iglesia no se cansará de denunciar todo aquello que produce muerte. La muerte, aun la muerte natural, es producto y consecuencia del pecado (Homilía 1 de julio de 1979, VII pp. 41-42). [224]


210. El dios Moloc
Siguen matando maestros. Continúan apareciendo cadáveres no identificados en distintas partes del país. Son tantos los que han muerto así, que ya se hace difícil hasta mencionar sus nombres o la vertiente política a la que pertenecen. Pero todos denuncian una danza macabra de venganza, de una violencia institucionalizada, pues unos mueren así directamente víctimas de la represión y otros mueren precisamente por servir a esa represión. Podemos decir que nuestro sistema es como aquel dios Moloc, insaciable en cobrarse víctimas, ya sea los que están contra él, ya sea también los que le sirven. Así paga el diablo. Por eso, cuando se me dice que yo sólo me fijo en una clase de muertos y no en otros, yo digo: ¡la muerte me duele tanto en cualquier hombre que sea! Esta danza macabra de la muerte por venganza política, es el mejor índice, espantoso índice, de lo injusto de nuestro sistema (Homilía 1 de julio de 1979, VII p. 42). [225]


211. Opción preferencial por los pobres
Es un escándalo en nuestro ambiente, que refleja la realidad descrita por Puebla, que haya personas e instituciones en la Iglesia que se despreocupen del pobre y que viven a gusto. Es necesario, pues, un esfuerzo de conversión (Homilía 1 de julio de 1979, VII p. 47). [226]


212. Iglesia de los pobres
Hay una frase en el saludo de Puebla a los pueblos de América Latina que me parece que da la pauta para aquellos que creen que cuando la Iglesia se proclama Iglesia de los pobres, como que se parcializa y desprecia a los ricos. ¡De ninguna manera! El mensaje es universal. Dios quiere salvar a los ricos también, pero precisamente porque los quiere salvar, les dice que nos se pueden salvar mientras no se conviertan al Cristo que vive precisamente en los pobres; y entonces el mensaje de Puebla dice que en esto consiste el ser pobre: «aceptar y asumir la causa de los pobres, como si estuvieran aceptando y asumiendo su propia causa, la causa misma de Cristo» (Homilía 1 de julio de 1979, VII p. 49). [227]


213. Los ricos
Y a los ricos les quiero decir también que no basta una pobreza espiritual, una especie de deseo pero sin eficacia, a ellos les digo: mientras no encarnen esos deseos de pobreza evangélica en realizaciones que se interesen como en su propia causa por los pobres, como si se tratara de Cristo, seguirán siendo llamados los ricos: «los que Dios desprecia», porque ponen más confianza en su dinero (Homilía 1 de julio de 1979, VII p. 49). [228]


214. El pueblo es mi profeta
El Espíritu de Cristo nos ha ungido desde el día de nuestro bautismo y formamos entonces un pueblo que no se puede equivocar en creer. ¡Qué consuelo me da esto, hermanos! Ustedes no se equivocan cuando escuchan a su obispo y cuando acuden, con una constancia que a mí me emociona, a la catedral a escuchar mi pobre palabra. Y no hay un rechazo, sino al contrario, siento que se acrecienta más en el corazón del pueblo la credibilidad a la palabra de su obispo. Siento que el pueblo es mi profeta (Homilía 8 de julio de 1979, VII p. 61). [229]


215. Micrófonos de Dios
Cada uno de ustedes tiene que ser un micrófono de Dios. Cada uno de ustedes tiene que ser un mensajero, un profeta. Siempre existirá la Iglesia mientras haya un bautizado, y ése único bautizado que quede en el mundo, es el que tiene ante el mundo la responsabilidad de mantener en alto la bandera de la verdad del Señor y su justicia divina. Por eso da lástima pensar en la cobardía de tantos cristianos y en la traición de otros bautizados. ¿Pero qué están haciendo, bautizados, en los campos de la política? ¿Dónde está su bautismo? Bautizados en las profesiones, en los campos de los obreros, en el mercado. Dondequiera que hay un bautizado ahí hay Iglesia, ahí hay profeta, ahí hay que decir lago en nombre de la verdad que ilumina las mentiras de la tierra. No seamos cobardes. No escondamos el talento que Dios nos ha dado desde el día de nuestro bautismo y vivamos de verdad la belleza y la responsabilidad de ser un pueblo profético (Homilía 8 de julio de 1979, VII p. 62). [230]


216. Pueblo profético
Quienes se ríen de mí, como si yo fuera un loco creyéndome profeta, debían de reflexionar. Nunca me he creído profeta en el sentido de único en el pueblo, porque sé que ustedes y yo, el pueblo de Dios, formamos el pueblo profético. Y mi papel es únicamente excitar en ese pueblo su sentido profético, que no lo puedo dar yo, sino que lo ha dado el Espíritu. Y cada uno de ustedes puede decir con toda verdad: «El Espíritu entró en mí desde el día del bautismo y me envió a la sociedad salvadoreña, al pueblo de El Salvador», que si hoy anda tan mal es porque la misión profética ha fracasado en muchos bautizados. Pero, gracias a Dios, yo quiero decir también que hay en nuestra arquidiócesis un despertar profético en la comunidad eclesial de base, en el grupo que reflexiona la palabra de Dios, en esa conciencia crítica que se va formando en nuestro cristianismo que ya no quiere ser un [231] cristianismo de masa, sino un cristianismo consciente; que antes de recibir el bautismo, recibe una catequesis; que antes de casarse se instruye para saber a qué se compromete y para ser en realidad honor de este pueblo de Dios. Yo me alegro, y quiero felicitar a la Iglesia de la arquidiócesis en estos esfuerzos por despertar el sentido profético de nuestros cristianos. Este carisma nunca faltará en nosotros (Homilía 8 de julio de 1979, VII p. 62). [232]


217. La religión necesita profetas
El profeta denuncia también los pecados internos de la Iglesia. ¿Y por qué no? Si obispos, Papa, sacerdotes, nuncios, religiosas, colegios católicos, estamos formados por hombres y los hombres somos pecadores y necesitamos que alguien nos sirva de profeta para que nos llame a conversión, para que no nos deje instalar una religión como si ya fuera intocable. La religión necesita profetas y gracias a Dios que los tenemos. Porque estaría muy triste una Iglesia que se sintiera tan dueña de la verdad que rechazara todo lo demás. Una Iglesia que sólo condena, una Iglesia que sólo mira pecado en los otros y no mira la viga que lleva en el suyo, no es la auténtica Iglesia de Cristo (Homilía 8 de julio de 1979, VII p. 63). [233]


218. El éxito del profeta
El éxito del profeta no es que se convierta la gente que oye su predicación; si eso sucede, bendito sea Dios. Dios ha logrado su fin por medio de su instrumento. Pero si el profeta no logra que esa gente testaruda se convierta, no importa. El éxito está en esto: en que ese pueblo testarudo, pecador, infiel, reconozca por lo menos que hubo un profeta que les habló en nombre de Dios (Homilía 8 de julio de 1979, VII p. 64). [234]


219. Perros mudos
Es terrible la misión del profeta; tiene que hablar aunque sepa que no le van a hacer caso. Si no le hacen caso, se perderán por su culpa, pero el profeta salvó su responsabilidad; hubo quien le dijera: «Esto dice el Señor». Y si, gracias a Dios, el malvado lo escuchó, se salvará él y también será gloria del profeta que le predicó. No podemos callar, queridos hermanos, como Iglesia profética en un mundo tan corrompido, tan injusto. Sería de veras la realización de aquella comparación tremenda: perros mudos. ¿De qué sirve un perro mudo que no cuida la heredad? (Homilía 8 de julio de 1979, VII p. 65). [235]


220. Iglesia profética
Muchas personas que pertenecen a altas categorías y que se sentían las dueñas de la Iglesia, sienten que la Iglesia las abandona y como que ha olvidado la Iglesia su misión espiritual: ya no predica espiritual, ya sólo predica política. No es eso, es que esta señalando el pecado y esa sociedad tiene que escuchar ese señalamiento y convertirse para ser como Dios quiere (Homilía 8 de julio de 1979, VII p. 66). [236]


221. Libertad esclavitud
Nadie es tan libre como el que no está subyugado al dios dinero. Y nadie es tan esclavo como el idólatra del dinero (Homilía 15 de julio de 1979, VII p. 76).


[237]


222. Riqueza y progreso
La riqueza es necesaria para el progreso de los pueblos, no lo vamos a negar. Pero un progreso como el nuestro, condicionado a la explotación de tantos que no disfrutarán nunca los progresos de nuestra sociedad, no es pobreza evangélica. ¿De qué sirven hermosas carreteras y aeropuerto, hermosos edificios de grandes pisos si no están más que amasados con sangre de pobres que no los van a disfrutar? (Homilía 15 de julio de 1979, VII p. 78). [238]


223. Espiritualidad de pobre
Nadie comprende tanto al pobre como el que es pobre evangélico. Sabe lo que significa el hambre de la madre, del niño, del tugurio, porque él también vive, tal vez no en las condiciones físicas iguales, pero sí en una espiritualidad de pobre que lo hace comprender y compartir. No da como de arriba a abajo; ya no es tiempo de paternalismos; es tiempo de fraternidad, de sentir que es hermano, que me interesa el interés del pobre, del campesino, del que no tiene (Homilía 15 de julio de 1979, VII p. 78). [239]


224. Iglesia perseguida
Y me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres y decir a todo el pueblo, gobernantes, ricos y poderosos: si no se hacen pobres, si no se interesan por la pobreza de nuestro pueblo como si fuera su propia familia, no podrán salvar a la sociedad (Homilía 15 de julio de 1979, VII p. 79). [240]


225. Víctimas de la sociedad de consumo
Si hay una enfermedad en el pobre y en la clase media para abajo, esta es la enfermedad más terrible: ser víctima de la sociedad de consumo. Querer tener ya su televisor, querer tener ya también sus recepciones como las tienen los de más arriba, querer disfrutar la vida aun sin tener lo necesario para subsistir. El espíritu de pobreza es la mejor manera de conjurar esas tentaciones que aniquilan a la familia y la felicidad del hombre (Homilía 15 de julio de 1979, VII p. 79). [241]


226. Iglesia pobre
¡Qué sabio es el Señor Jesucristo al decirle a los apóstoles que vayan a evangelizar con la figura de un peregrino pobre! Y la Iglesia de hoy tiene que convertirse a ese mandato de Cristo. Ya no es tiempo de los grandes atuendos, de los grandes edificios inútiles, de las grandes pompas de nuestra Iglesia. Todo eso tal vez en otro tiempo tuvo su función y hay que seguírsela dando en función de la evangelización, servicio. Pero ahora, más que todo, la Iglesia quiere presentarse pobre entre los pobres y pobre entre los ricos, para evangelizar a pobres y ricos (Homilía 15 de julio de 1979, VII p. 79). [242]


227. Una devoción liberadora
Si mañana, día de la Virgen del Carmen, las muchedumbres corren a su imagen y a vestirse el escapulario, no olviden que María es, ante todo, una mensajera profética de Cristo y que en su canto del Magnificat se acordó de los pobres, de los hambrientos y también dijo que Dios les pediría cuentas a los soberbios y a los orgullosos, a los ricos del mundo y los despediría vacíos si no se convierten a la pobreza de Dios... Una gran devoción a la Virgen, pero así, hermanos, una devoción liberadora, una devoción que nos haga aprender de María la libertad con que ella hablaba. Una devoción a la Virgen que nos haga sentir frente a Dios no para implantar nuestro modo de pensar o nuestra falsa prudencia, sino que sepa dar su cara por Cristo, cuando por la injusticia del mundo queda clavado en la cruz, y cuando todos huyen, ella se queda allí junto a Él (Homilía 15 de julio de 1979, VII p. 80). [243]


228. Falsos profetas
¡Qué terrible es cuando la misión sacerdotal o profética se subordina al interés económico, cuando se ejerce el ministerio profético y sacerdotal subordinado a esos intereses sociales, económicos! Cuántas veces, queridos hermanos, -y estoy hablando de ustedes los laicos que son pueblo profético de Dios-, logrando escalar un puesto en política ya no son los mismos que antes. ¡Cuántas traiciones tenemos que lamentar! (Homilía 15 de julio de 1979, VII p. 81). [244]


229. Iglesia profética
No podemos trabajar por quedar bien con los de arriba. Nuestra palabra en nombre de Dios tenemos que decirla denunciando tantas injusticias. ¡Hay tantas maneras de hacerse cómplice con las manos criminales! La Iglesia no puede complicarse con todo esto; tiene que decir su palabra aun cuando caiga mal a aquellos que, como en el caso de Amasías, tenían que hacer respetar más la voz de su rey que el mensaje de su Dios (Homilía 15 de julio de 1979, VII p. 80). [245]


230. Pecado personal y social
Querer hablar únicamente de confesarse para no tener pecados uno, pero luego no luchar también contra la injusticia del ambiente, no es ser verdadero pueblo de Dios. Es necesario que, junto con el esfuerzo por no tener yo pecados personales, trabaje también para arrancar los pecados sociales y de raíz, contra el poder del infierno y del demonio (Homilía 15 de julio de 1979, VII p. 82). [246]


231. La oración
Orar y esperarlo todo de Dios y no hacer nada, no es orar. Eso es pereza, eso es alienación. Eso es pasivismo, conformismo. Ya no es tiempo, queridos hermanos, de decir: es voluntad de Dios. Muchas cosas que suceden no son voluntad de Dios. Cuando el hombre puede poner de su parte algo por mejorar las circunstancias y le pide a Dios el valor para realizarlo, entonces hay oración (Homilía 20 de julio de 1979, VII p. 95). [247]


232. Ser la voz de los que no tienen voz
Un periodista o dice la verdad o no es periodista. Quiero agradecer por esto a la Agencia Periodística Independiente, API, que ha tenido la amabilidad de recoger mi homilía de la semana pasada y darle amplio lugar. Creo que son cuatro páginas enteras, cosa extraordinaria, ya que podemos decir aquí nadie es profeta en su tierra. Mientras veo mis pobres homilías publicadas hasta en inglés, en francés, fuera del país, y me las mandan, yo en el país no encuentro eco en nuestra prensa de lo que decíamos anteriormente, que debía dar testimonio de la verdad. Es que estas homilías quieren ser la voz de este pueblo, quieren ser la voz de los que no tienen voz. Y por eso, sin duda, caen mal a aquellos que tienen demasiada voz. Esta pobre voz que encontrará eco en aquellos que, como dije antes, amen la verdad y amen de verdad a nuestro querido pueblo (Homilía 29 de julio de 1979, VII p. 118). [248]


233. Dios no quiere la dispersión
Dios también se cuidará de amparar la justicia de las reivindicaciones de las organizaciones que tienen derecho a organizarse para defenderse mutuamente en sus derechos. Dios también aprueba el sindicalismo. Dios quiere al hombre unido. Dios no quiere la dispersión. Dios quiere -como ha dicho el Papa- que también al campesino se le facilite el acuerparse con otros campesinos y no disgregarlo para que sea masa explotable fácilmente (Homilía 5 de agosto de 1979, VII pp. 139-140). [249]


234. Absolutización de la riqueza
Yo denuncio sobre todo la absolutización de la riqueza. Este es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada como un absoluto intocable y ¡ay del que toque ese alambre de alta tensión, se quema! No es justo que unos pocos tengan todo y lo absoluticen de tal manera que nadie lo pueda tocar, y la mayoría marginada se está muriendo de hambre (Homilía 12 de agosto de 1979, VII p. 165). [250]


235. Ustedes son el templo
Sin Cristo de nada sirven todos templos por más hermosos que sean... Uno de nuestros compositores populares, cantando a la muerte del Padre Rafael Palacios, dice esta preciosa frase: «Dios no está en el templo sino en la comunidad». ¡Ustedes son el templo! De qué sirve tener iglesias bonitas de las cuales podría decir Cristo lo que dice hoy a los fariseos: «¡Vuestro culto es vacío!». Así resultan muchos cultos lujosos, de muchas flores, de muchas cosas, invitados y demás, ¿pero dónde está la adoración en espíritu y verdad? (Homilía 2 de septiembre de 1979, VII p. 214). [251]


236. Hemos comercializado
Tal vez, con mis hermanos sacerdotes, hemos hecho consistir el culto en arreglar bien bonito el altar y, tal vez, cobrar tarifas más altas porque se adorna mejor. ¡Hemos comercializado! Por eso, Dios como entrando a Jerusalén con el látigo, nos está diciendo: «Habéis hecho de mi casa de oración una cueva de ladrones» (Homilía 2 de septiembre de 1979, VII p. 214). [252]


237.Verdadera y falsa religión
¡Mucho cuidado! No hagan consistir su religión sólo en cosas teóricas. Si una religión está vacía de obras, no entrará en el Reino de los cielos. Ya lo dijo el Señor: No es el que dice Señor, Señor, el que reza mucho y bonito, el que entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, Esto es la verdadera religión: no sólo conservarse limpio, sino visitar viudas y huérfanos. Es una expresión bíblica que quiere decir: ocuparse del necesitado (Homilía 2 de septiembre de 1979, VII p. 218). [253]


238.Paternalismo
No sirvamos al pobre con paternalismo: de arriba a abajo, socorrerlo. No es eso lo que Dios quiere, sino de hermano a hermano. Es mi hermano, es Cristo; y a Cristo no le voy yo de arriba a abajo, sino de abajo a arriba, a servirle (Homilía 2 de septiembre de 1979, VII p. 219).


[254]


239. ¿Qué me puede hacer la muerte?
De mi parte, queridos hermanos, no quisiera tener vida como la tienen muchos poderosos de hoy, cuando no viven de verdad, viven custodiados, viven con la conciencia intranquila, viven en zozobra. ¡Eso no es vida! «Si cumplís la ley de Dios, viviréis». Aunque me maten, no tengo necesidad... Si morimos con la conciencia tranquila, con el corazón limpio de haber producido sólo obras de bondad, ¿qué me puede hacer la muerte? Gracias a Dios que tenemos esos ejemplares de nuestros queridos agentes de pastoral, que compartieron los peligros de nuestra pastoral hasta el riesgo de ser matados. Yo, cuando celebro la eucaristía con ustedes, los siento presentes. Cada sacerdote muerto es para mí un nuevo concelebrante en la eucaristía de nuestra arquidiócesis. Sé que están aquí dándonos el estímulo de haber sabido morir sin miedo, porque llevaban su conciencia comprometida con la ley del Señor: la opción preferencial por los pobres (Homilía 2 de septiembre de 1979, VII pp. 225-226). [255]


240. La opción preferencial por los pobres
Es inconcebible que se diga a alguien «cristiano» y no tome como Cristo una opción preferencial por los pobres. Es un escándalo que los cristianos de hoy critiquen a la Iglesia porque piensa por los pobres (Homilía 9 de septiembre de 1979, VII p. 236). [256]


241. Educación individualista
Lamentablemente, queridos hermanos, somos el producto de una educación espiritualista, individualista, donde se nos enseñaba: «procura salvar tu alma y no te importe lo demás». Cómo decíamos al que sufría: «paciencia, que ya vendrá el cielo, aguanta». ¡No! No puede ser eso. Eso no es salvar, no es la salvación que Cristo trajo. La salvación que Cristo trae es la salvación de todas las esclavitudes que oprimen al hombre... Es necesario que el hombre de hoy, que vive bajo el signo de tantas opresiones y esclavitudes -el miedo que esclaviza los corazones, la enfermedad que oprime los cuerpos, la tristeza, la preocupación, el terror que oprime nuestra libertad y nuestra vida- rompa todas esas cadenas. ¡Por ahí hay que comenzar! (Homilía 9 de septiembre de 1979, VII p. 237). [257]


242. El obispo siempre tiene mucho que aprender de su pueblo
En esto se conoce a un auténtico católico: en que está con su obispo. Si no está con su obispo, no puede decirse buen católico. Esto no quiere decir que el obispo va a tener un despotismo: «hagan lo que yo digo». Porque precisamente el servicio que el obispo da, está en servicio del pueblo. Precisamente en esta reunión que yo menciono de Cursillos de Cristiandad, hicimos una reflexión tan profunda, que yo creo que el obispo siempre tiene mucho que aprender de su pueblo, y precisamente en los carismas que el Espíritu da al pueblo, el obispo encuentra la piedra de toque de su humildad y de su autenticidad. Yo quiero agradecer a todos aquellos que, cuando no estén de acuerdo con el obispo, tengan la valentía de dialogar con él y de convencerlo de su error o de convencerse de su error (Homilía 9 de septiembre de 1979, VII pp. 245-246). [258]


243. La organización
Yo quisiera hacer aquí un llamamiento a los queridos cristianos: no les está prohibido organizarse, es un derecho, y en ciertos momentos, como hoy, es también un deber, porque las reivindicaciones sociales, políticas, tienen que ser no de hombres aislados, sino la fuerza de un pueblo que clama unido por sus justos derechos. El pecado no es organizarse; el pecado es, para un cristiano, perder la perspectiva de Dios (Homilía 16 de septiembre de 1979, VII p. 261). [259]


244. Ya no es cristiano
Un cristiano que se solidariza con la parte opresora no es verdadero cristiano. Un cristiano que defiende posiciones injustas que no se pueden defender, sólo por mantener su puesto, ya no es cristiano (Homilía 16 de septiembre de 1979, VII p. 262). [260]


245. La sonrisa de un niño
Una sonrisa de un niño equivale a millones. ¡Cuánto vale más para mí que un niño me tenga la confianza de sonreírme, de abrazarme y hasta de darme un beso a la salida de la iglesia, que si tuviera millones y fuera espantable a los niños! (Homilía 23 de septiembre de 1979, VII p. 285). [261]


246. La trascendencia
La trascendencia que la Iglesia predica no es una alienación, no es irse al celo a pensar en la vida eterna y olvidarse de los problemas de la tierra. Es una trascendencia desde el corazón del hombre. Es meterse en el niño, meterse en el pobre, meterse en el andrajoso, en el enfermo, en la cabaña, en la choza, es ir a compartir con él. Y desde la entraña misma de la miseria, de su situación, trascenderlo, elevarlo, promoverlo, decirle: Tú no eres basura, tú no eres un marginado. Es decirle cabalmente lo contrario: Tú vales mucho (Homilía 23 de septiembre de 1979, VII p. 286). [262]


247. Tenemos que respetar su memoria
¿Por qué se mata? Se mata porque se estorba. Para mí que son verdaderos mártires en el sentido popular. Naturalmente, yo no me estoy metiendo en el sentido canónico, donde ser mártir supone un proceso de la suprema autoridad de la Iglesia, que lo proclame mártir ante la Iglesia universal. Yo respeto esa ley y jamás diré que nuestros sacerdotes asesinados han sido mártires todavía canonizados. Pero sí son mártires en el sentido popular, son hombres que han predicado precisamente esa incardinación con la pobreza, son verdaderos hombres que han ido a los límites peligrosos donde la UGB amenaza, donde se puede señalar a alguien y se termina matándolo como mataron a Cristo, Estos son los que yo llamo verdaderamente justos. Y si tuvieron sus manchas, ¿quién nos las tiene hermanos? [263] ¿qué hombre no tiene algo de qué arrepentirse? Los sacerdotes que han sido matados también han sido hombres y tuvieron sus manchas. Pero el hecho de haber dejado que les quitaran la vida y no haberse huido, no haber sido cobardes y haberlos situado en esa situación de tortura, de sufrimiento, de asesinato, para mí es tan valioso como un bautismo de sangre y se han purificado. ¡Tenemos que respetar su memoria! (Homilía 23 de septiembre de 1979, VII p. 287). [264]


248. Saber escuchar
Si yo fuera un celoso, como los personajes del Evangelio y de la primera lectura, diría: «¡Prohíbasele! Que no hable, que no diga nada. Sólo yo, obispo, puedo hablar». No. Yo tengo que escuchar qué dice el Espíritu por medio de su pueblo y, entonces, sí, recibir del pueblo y analizarlo y junto con el pueblo hacerlo construcción de Iglesia (Homilía 30 de septiembre de 1979, VII p. 302). [265]


249. La propiedad privada
Es necesaria una reestructuración de nuestro sistema económico y social, porque no puede ser esta absolutización, esa idolatría de la propiedad privada, que es francamente un paganismo. El cristianismo no puede admitir una propiedad privada absoluta (Homilía 30 de septiembre de 1979, VII p. 310). [266]


250. Cristo presente en los pequeñitos
Y volvemos aquí a la opción preferencial por los pobres. No es demagogia, es Evangelio puro. Si no nos preocupamos de los intereses del pobrecito, del pequeñuelo, pero no de cualquier modo, sino porque representa a Jesús, por la fe que abre el humilde, el marginado, el pobre, el enfermo; mirar en él a Jesús, esa es la trascendencia. Cuando no se mira más que un rival, un imprudente, alguien que viene a aguarme mis fiestas, naturalmente, el pobre estorba. Pero cuando se abraza, como abrazó Cristo al leproso, y cuando levanta el buen samaritano al herido del camino, porque lo que haga a él, se lo hace a Cristo, esta es la trascendencia, sin la cual no es posible una perspectiva de justicia social, Cristo presente en los pequeñitos (Homilía 30 de septiembre de 1979, VII p. 314). [267]



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