Julio Cortázar, 1914-1984Elogio de la Locura

Julio Cortázar, Argentina-Francia, 1914-1984

Rebelión.org

Publicado originalmente en el periódico La República, París, 19 de febrero de 1982

 

El primero fue escrito hace siglos por Erasmo de
Rotterdam. No recuerdo bien de qué trataba, pero su
título me conmovió siempre, y hoy sé por qué: la
locura merece ser elogiada cuando la razón, esa razón
que tanto enorgullece al Occidente, se rompe los
dientes contra una realidad que no se deja ni se
dejará atrapar jamás por las frías armas de la lógica,
la ciencia pura y la tecnología.

De Jean Cocteau es esta profunda intuición que muchos
prefieren atribuir a su supuesta frivolidad: Victor
Hugo era un loco que se creía Victor Hugo.

Nada más cierto: hay que ser genial -epíteto que
siempre me pareció un eufemismo razonable para
explicar el grado supremo de la locura, es decir, de
la ruptura de todos los lazos razonables- para
escribir Los trabajadores del mar y Nuestra Señora de
París. Y el día en que los plumíferos y los sicarios
de la junta militar argentina echaron a rodar la
calificación de "locas" a las Madres de Plaza de Mayo,
más les hubiera valido pensar en lo que precede,
suponiendo que hubieran sido capaces, cosa harto
improbable.

Estúpidos como corresponde a su fauna y a sus
tendencias, no se dieron cuenta de que echaban a volar
una inmensa bandada de palomas que habría de cubrir
los cielos del mundo con su mensaje de angustiada
verdad, con su mensaje que cada día es más escuchado y
más comprendido por las mujeres y los hombres libres
de todos los pueblos.

Como no tengo nada de politólogo y mucho de poeta, veo
el curso de la historia como los calígrafos japoneses
sus dibujos: hay una hoja de papel, que es el espacio
y también el tiempo, hay un pincel que una mano deja
correr brevemente para trazar signos que se enlazan,
juegan consigo mismo, buscan su propia armonía y se
interrumpen en el punto exacto que ellos mismos
determinan. Sé muy bien que hay una dialéctica de la
historia (no sería socialista si no lo creyera), pero
también sé que esa dialéctica de las sociedades
humanas no es un frío producto lógico como lo
quisieran tantos teóricos de la historia y la
política. Lo irracional, lo inesperado, la bandada de
palomas, las Madres de Plaza de Mayo, irrumpen en
cualquier momento para desbaratar y trastrocar los
cálculos más científicos de nuestras escuelas de
guerra y de seguridad nacional. Por eso no tengo miedo
de sumarme a los locos cuando digo que, de una manera
que hará crujir los dientes de muchos bien pensantes,
la sucesión del general Viola por el general Galtieri
es hoy obra evidente y triunfo significativo de ese
montón de Madres y de Abuelas que desde hace tanto
tiempo se obstinan en visitar la Plaza de Mayo por
razones que nada tienen que ver con sus bellezas
edilicias o la majestad más bien cenicienta de su
celebrada Pirámide.

En los últimos meses, la actitud cada vez más definida
de una parte del pueblo argentino se ha apoyado
consciente o inconscientemente en la demencial
obstinación de un puñado de mujeres que reclaman
explicación por la desaparición de sus seres queridos.
La vergüenza es una fuerza que puede disimularse mucho
tiempo, pero que al final estalla de las maneras más
inesperadas, y ese factor no ha sido tenido jamás en
cuenta por la soberbia de los militares en el poder.
Que bajo la férula menos violenta de Viola esa
explosión haya asumido la magnitud de una
manifestación de miles y miles de argentinos en las
calles céntricas de Buenos Aires, y una serie
creciente de declaraciones, denuncias y peticiones en
los periódicos, es una prueba de debilidad castrense
que la estirpe de los Galtieri y otros halcones no
podía tolerar. Ellos, por supuesto, no lo saben de
manera demasiado lúcida, pero la lógica de la locura
no es menos implacable que la que se estudia en el
colegio militar: el corolario del teorema es que el
general Galtieri debería estar reconociendo a las
Madres de Plaza de Mayo, pues es sobre todo gracias a
ellas que ha podido dar el zarpazo que acaba de
encaramarlo en el sillón de los mandamás.

Por su parte, las madres y las abuelas que sin saberlo
han facilitado su entronización, no tienen la menor
idea de lo que han hecho. Muy al contrario, pues en el
plano de la realidad inmediata esa sustitución de
jefatura significa una profunda agravación del
panorama político y social de la Argentina. Pero esa
agravación es al mismo tiempo la prueba de que la copa
está cada vez más colmada, y de que el proceso llega a
su punto de máxima tensión. Es entonces que la
respuesta de esa parte de nuestro pueblo capaz de
seguir teniendo vergüenza deberá entrar en acción por
todas las vías posibles, y que las fuerzas del
interior y del exterior del país tendrán que responder
a algo que las está invitando a salir de una etapa
harto explicable pero que no puede continuar sin
darles la razón a quienes pretenden tenerla.

Sigamos siendo locos, madres y abuelitas de la Plaza
de Mayo, gentes de pluma y de palabra, exiliados de
dentro y de fuera. Sigamos siendo locos, argentinos:
no hay otra manera de acabar con esa razón que
vocifera sus slogans de orden, disciplina y
patriotismo. Sigamos lanzando las palomas de la
verdadera patria a los cielos de nuestra tierra y de
todo el mundo.

 

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