Carlos Salazar Herrera, 1906-1980El cholo

Carlos Salazar Herrera

Costa Rica, 1906-1980

1947

--¡Malaquías Badilla!...

--¡Isidro Mena!...

--¡Jacinto Alfaro!...

Cantaba el mandador de la finca, y entregaba el salario.

La cuadrilla, olorosa a sudor, recibía el jornal de la semana.


--El Cholo es un desgraciao -dijo en voz baja Miguel Camacho-, me quitó la orilla. Se atiene a qu'es un matón, pero me las va'pagar.

--¡No te metás con el Cholo, Miguel.

--¡Yo no le tengo miedo a nadie!

--Pos y'estás alvertío.


Era sábado. El cafetal había quedado lindamente aporcado por tan valientes paleros.

Al anochecer, toda la cuadrilla habíase reunido en el comisariato. Algunos bebían, discutiendo acaloradamente asuntos sin importancia. Otros jugaban a las cartas y el resto cantaba con notoria desarmonía de voces, acompañado con guitarra y dulzaina.

De pronto, Miguel Camacho, lanzando una maldición alborotó, como a un panal, a toda la peonada.

Estaba borracho y enfurecido. La hoja de su cuchillo había trazado en el aire una interrogación de luz, mientras oteaba entre la concurrencia con fatídica mirada.

--¿Onde está el Cholo? -gritó.

Todo el mundo quedó inmóvil. El Cholo no estaba ahí.

Miguel Camacho había vuelto a gritar:

--¿Onde está el Cholo?

Algunos se acercaron a Miguel.

--El Cholo no está. ¿Pa' qué lo querés?

Miguel había mordido con los ojos al que se lo preguntó.

--¿Que pa' qué?...¡Pa' cortale el resuello!

--Sosegate, Miguel.

--¡Traigansen al Cholo, qu'es que dicen qu'es tan hombre!

--El Cholo es malo. Mejor qu'evités.

--¡Yo soy más hombre qu'el Cholo!

--¡Tené juicio, Miguel. ¿Vos sos mi amigo?

--¡Yo no soy amigo de nadie! ¿Onde está ese desgraciao?

Miguel Camacho, sordo, ciego y rabioso, se había echado a la calle, cuchillo en mano.

--Como llegu'el Cholo, aquí v'haber un matao.

--Miguel tiene razón. El Cholo le quitó la orilla pa que le aumentaran el jornal.

--¡Ahí viene el Cholo!...

Allá, en lo alto del camino y entre la semioscuridad, veíase su figura atlética y brutal. Entonces se hizo un trágico silencio en toda la peonada. El Cholo acercábase lentamente, chasqueando con deleite un cabo de puro. Miguel apretó el puño del cuchillo y avanzó decidido a su encuentro.

--¡Sacá tu cruceta, Cholo desgraciao, pa' que nos cortemos!

El Cholo detuvo el paso y retrocedió sin dar la espalda.

--¡Defendete o te mato'e cualesquier manera!

Nadie creía en lo que estaba viendo. El Cholo, por primera vez en su vida, evadía una riña, se acobardaba, retrocedía.

Miguel lo hostigó:

--¿Tenés miedo?

La gente esperaba un salto de tigre sobre el adversario. Entonces quedaría un muerto en el camino, y ese muerto sería sin duda el pobre Miguel.

--¿Idiay, Cholo? ¿Onde está el hombre? ¡No seas pendejo!

A lo lejos repetíanse las últimas palabras:

"Cholo"
"Hombre"
"Pendejo"

El Cholo contempló la multitud y, pasándose el reverso de su manaza por la boca como para evitar una sola palabra, volvió la espalda.

Fue entonces cuando Miguel Camacho gritó, orondo y presumido:

--¡Ahi lo tienen, corrío, al más valient'e la pionada!

Entre tanto, el Cholo caminaba hacia su casa, sintiendo en la cabeza, como pedradas, las burlas de toda la peonada revuelta.

Ildefonso Mora había alcanzado al Cholo, y sujetándolo de un brazo le preguntó:

--¿Idiay, Cholo?... ¿Qué ju'eso?

El Cholo lo miró sonriendo.

--¿Sabés qu'es?... Que mi mujer acaba de tener un güilita.

Y en la noche negra brillaron sus ojos como la luz del cocuyo.

 

De Cuentos de Angustias y Paisajes, 1947

 

 

La ventana

Carlos Salazar Herrera

Costa Rica, 1906-1980

1947

 

El dijo, en una carta, que aquella noche regresaría... y aquella noche, ella estaba esperándolo.

Sentada en una banca de la salita, de rato en rato, desde la ventana, hacía subir una mirada por la cuesta...hasta la Osa Mayor.

Las casas, enfrente, blanqueadas con cal de luna, estaban arrugadas de puro viejas.

A veces, las luciérnagas trazaban líneas con tinta luminosa.

El viento venía sobre los potreros cortando aromas de santalucías, y entraba fragante por la ventana... igual que el gato de la casa.

Del filtro de piedra caían las gotas en una tinaja acústica. Caía una gota y salía una nota... Caía una gota y salía una nota...

Sobre los tinamastes del fogón, el agua del caldero cantaba como nunca.

Un San Antonio guatemalteco, se había puesto negro de tanto tragar humo de culitos de candela.

La llama sobre el pabilo daba saltos sin caerse. Era un duendecillo de fuego... Pero al fin, un gatazo de viento se metió por la ventana... y lo botó.

La mujer se fue para la cocina, le robó al fogón un duende y, protegiéndolo con una mano, volvió a la sala.

En aquel momento, entró él.


El nuevo duendecillo proyectó en la pared un abrazo inmenso.

--¿Qué querés?... -dijo ella cuando pudo hablar.

--Dame un vaso de agua de la tinaja.


Hacía...¡siete años! que tenía ganas de beber un vaso de agua fresca y pura de aquella resonante tinaja, porque allá... donde él había estado tanto tiempo, el agua era tibia y salobre.

Después... se puso a acariciar con sus miradas la salita de su casa. ¡Su casa!... ¡Su hogar!...


Entonces notó que su mujer le había hecho quitar los barrotes de hierro a la ventana...

Y con una mirada, destilando gratitud, le dio las gracias.


De Cuentos de Angustias y Paisajes, 1947

 

 

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