Enrique David Thoreau 1817-1862Desobediencia Civil

(Civil Disobedience) 1849

Enrique David Thoreau 1817-1862

Traducido y transcrito por

Gregorio Díaz Ducca para

www.Lospobresdelatierra.org

 

De todo corazón acepto la frase: "El gobierno mejor es el que gobierna menos"; y me gustaría verlo implementado más rápida y sistemáticamente. Llevado a cabo, resultaría algo así, que también acepto: "El gobierno mejor es el que no gobierna"; y cuando todos estén preparados para eso, será el tipo de gobierno que tendrán. Los gobiernos son a lo mucho una conveniencia; pero la mayoría de los gobiernos suelen ser, y todos los gobiernos son a veces, inconvenientes. Las objeciones que se han presentado a un ejército establecido en tiempos de paz, que son muchas y de peso, y merecen prevalecer, pueden a fin de cuentas presentársele a un gobierno establecido. El ejército establecido es sólo un brazo del gobierno establecido. El gobierno mismo, que es tan sólo la forma que el pueblo ha escogido para ejecutar su voluntad, está igualmente sujeto a abusos y perversiones antes de que la gente pueda usarlo para actuar. Vean la actual guerra con México, la obra de comparativamente unos cuantos individuos que usan el gobierno establecido como herramienta; y que, en un principio, la gente no lo hubiera consentido.

Este gobierno estadounidense, --¿qué es sino una tradición, aunque reciente, esforzándose por ser transmitida intacta a la posteridad, pero que a cada instante va perdiendo su integridad? No tiene la vitalidad ni la fuerza de una sola persona; puesto que una sola persona puede torcerlo si lo desea. Es una especie de pistola de madera para el pueblo; y, si alguna vez debieran usarla como si fuera de verdad para pelearse entre sí, de seguro se rompería. Pero esto no es necesario; ya que la gente debe tener una maquinaria complicada, o algo así, y deben de escuchar su estrépito, para contentarse con esta idea de gobierno que tienen. Por tal, los gobiernos son una muestra de cuán fácilmente se le puede imponer algo a los seres humanos, incluso pueden imponerse algo a sí mismos, para beneficio propio. Es excelente, debemos admitirlo; pero este gobierno nunca promovió ninguna empresa, excepto la presteza para salirse del rumbo. No mantiene libre al país. No se establece en el Oeste. No educa. El carácter inherente al pueblo estadounidense ha sido el causante de todos los logros; y habría alcanzado más cosas, si a veces el gobierno no le hubiera estorbado. Dado que el gobierno es una ventaja mediante la cual las personas alegremente lograrían abandonarse entre sí; y, como lo han dicho ya, cuando es más ventajoso, es cuando abandona más a la gente. El comercio y los negocios, si no estuvieran hechos de hule de la India, serían incapaces de saltarse los obstáculos que los legisladores les ponen a cada paso; y si uno los juzgara sólo por sus acciones, y no en parte por sus intenciones, merecerían ser clasificados y castigados junto a esos pícaros que obstruyen las vías ferroviarias.

Pero, para hablar de una manera práctica y como ciudadano, a diferencia de aquellos que se llaman a sí mismos gente sin gobierno, pido, no que quiten el gobierno ya, sino un mejor gobierno ya. Que la gente comunique qué tipo de gobierno les gustaría más, y ese será un paso para obtenerlo.

Después de todo, la razón práctica de porqué, cuando el poder está en manos de la gente, se permite que una mayoría mande, y que sea así por un largo periodo de tiempo, no es porque tengan la razón, ni porque parezca más justo para la minoría, sino porque son los que tienen mayor fuerza física. Pero un gobierno en el que la mayoría mande siempre no puede estar basado en la justicia, como los seres humanos la entienden. ¿No puede haber un gobierno en el que no sea la mayoría la que virtualmente decida qué es lo bueno y qué es lo malo, sino que sea la conciencia quien decida? ¿En el que la mayoría decida sólo en las cuestiones en las que se aplica la regla de la conveniencia? ¿Debe el ciudadano siquiera por un momento, aun en lo más mínimo, dejar que su conciencia sucumba ante el legislador? Entonces, ¿por qué cada persona tiene conciencia propia? Creo que deberíamos ser personas primero, y sujetos después. Es mejor cultivar un respeto hacia el derecho, y no hacia la ley. La única obligación que tengo el derecho de asumir, es la de hacer siempre lo que creo correcto. Se ha dicho, y se sabe, que una corporación no tiene conciencia; pero una corporación integrada por personas conscientes es una corporación que tiene conciencia. Las leyes nunca hicieron a la gente ni un poquito más justa; y si las respetamos, hasta las personas bien intencionadas se convierten a diario en agentes de la injusticia. Un resultado familiar y natural de un respeto indebido por la ley se da cuando ves una hilera de soldados: un coronel, un capitán, un cabo, soldados rasos, los artilleros y demás, marchando impecablemente a través de colinas y cañadas para ir a la batalla, en contra de su propia voluntad, ¡ay!, en contra de su sentido común y de sus conciencias, lo que dificulta la marcha, sin duda alguna, y produce taquicardia. No dudan que es un negocio odioso el suyo; todos ellos se inclinan por la paz. ¿Y qué son ahora? ¿Son seres humanos? ¿O son pequeños fuertes y cartuchos andantes, al servicio de algún inescrupuloso superior? Visiten una base naval, y vean a un marino, la persona que puede crear un gobierno estadounidense, o la persona que pueden crear sus negras artes, una mera sombra y reminiscencia de humanidad, una persona que está viva y en pie, pero que desde ya, como se dice, está enterrada en orden militar con acompañamientos funerarios, aunque tal vez

"Ni un tambor se oyó, ni una nota fúnebre,
Mientras llévabamos su cadáver hacia los baluartes;
Ni un soldado disparó despidiéndose
Sobre la tumba donde enterramos a nuestro héroe."

Las masas, por ende, sirven al Estado, no como personas, sino como máquinas, con sus cuerpos. Son el ejército establecido en tiempos de paz, y la milicia, los carceleros, los alguaciles, posse comitatus, etc. En la mayoría de los casos, no hay libre ejercicio del juicio o de la moral; pero se sitúan en el nivel de la madera, de la tierra y de las piedras; y tal vez se puedan hacer hombres de madera que hagan igual de bien ese trabajo. Tales no merecen más respeto que si estuvieran hechos de paja, o que si fueran un montículo de tierra. Valen lo mismo que los perros o los caballos. Pero personas así son incluso estimadas como buenos ciudadanos. Otros, como la mayor parte de los legisladores, políticos, abogados, ministros y burócratas, sirven al Estado más que nada con sus cabezas; y como rara vez hacen distinciones morales, sin pretenderlo, servirían igual de bien al diablo que a Dios. Y muy pocos, como los héroes, los patriotas, los mártires, los grandes reformadores, y las personas, sirven al Estado con su conciencia, además, y por tal necesariamente se le resisten, en su mayor parte; y se les trata comúnmente como si fueran enemigos. Una persona sabia será sólo útil como persona, y no aceptará ser "arcilla", ni "tapar un hoyo para que no entre el viento", sino que será su polvo quien haga ese trabajo, cuando menos:

"Soy muy noble para que me compren,
Para ser el segundo al mando,
O útil sirviente e instrumento
De cualquier estado soberano del mundo."

Aquel que se entrega del todo a su prójimo les parece inútil y egoísta; pero aquel que se entrega a medias es para ellos un benefactor y un filántropo.

¿Cómo debe comportarse una persona ante este gobierno estadounidense de hoy? Respondo que no puede asociarse a él sin sentirse desgraciado. No puedo ni por un instante reconocer a esa institución política como mi gobierno, si también es el gobierno de los esclavos.

Toda la gente reconoce el derecho a la revolución; esto es, el derecho a negarle la lealtad y a resistir a un gobierno, cuando su tiranía o su ineficacia son grandes e insoportables. Pero casi todos dicen que este no es el caso hoy. Que sí fue el caso, dicen, en la Revolución del '75. Si alguien me dijera que este es un mal gobierno porque cobra impuestos por ciertas comodidades extranjeras que entran al país, es muy probable que no haría un bullicio al respecto, porque puedo prescindir de eso: todas las máquinas tienen desavenencias; y posiblemente producen suficiente bien, como para contrarrestar el mal. De todas formas, es malo hacer un alboroto por esto. Pero cuando las desavenencias tienen su propia maquinaria, y la opresión y el robo se organizan, propongo que nos deshagamos de tal máquina. En otras palabras, cuando la sexta parte de la población de una nación que ha dicho ser el refugio de la libertad la conforman esclavos, y todo un país es invadido injustamente y conquistado por un ejército extranjero, viéndose sujeto a la ley militar, creo que una persona justa puede apresurarse a rebelarse y hacer la revolución. Y lo que hace este deber más urgente es el hecho de que el país que está siendo invadido no es el nuestro, nosotros somos los invasores.

Paley, una autoridad común para muchos sobre cuestiones morales, en su capítulo sobre "El Deber de la Sumisión al Gobierno Civil", resume toda la obligación civil en la conveniencia; y dice así: "que mientras el interés de toda la sociedad lo requiera, esto es, mientras el gobierno establecido no pueda ser resistido ni cambiado sin inconveniencia pública, es la voluntad de Dios que el gobierno establecido sea obedecido, y nada más." "Aceptando esta premisa, la justicia de cada caso particular de resistencia se reduce al cómputo de la cantidad de peligros y dolores de un lado, y de las probabilidades y el costo del desagravio de la otra". Sobre este particular, dice, cada persona debe juzgar por sí misma. Pero parece que Paley nunca contempló los casos en los que no se aplica la regla de la conveniencia, en los que un pueblo, además de un individuo, deben hacer justicia, a cualquier precio. Si le arrebaté injustamente a un náufrago la tabla con la que se mantenía a flote, debo devolvérsela aunque me ahogue yo. Esto, según Paley, sería inconveniente. Pero aquel que quiera salvar su vida, en ese caso, la perderá. Este pueblo debe dejar la esclavitud, y dejar la guerra contra México, aunque les cueste su existencia como pueblo.

En la práctica, las naciones están de acuerdo con Paley; ¿pero puede alguien creer que Massachusetts hace lo correcto en la presente crisis?

"Un estado prostituido, una ramera vestida de plata,
Con su entrenamiento promovido, y su alma arrastrándose en el polvo."

En resumidas cuentas, los que se oponen a una reforma en Massachusetts no son unos cientos de miles de políticos del Sur, sino unos cientos de miles de agricultores y comerciantes de acá mismo, que están más interesados en los negocios y la agricultura que en la humanidad, y no están preparados para ser justos con los esclavos ni con México, a cualquier precio. No me peleo con enemigos distantes, sino con los que, cerca de mi casa, cooperan con los que están afuera y siguen sus mandatos, y que si no fuera por ellos, los de afuera serían inofensivos. Solemos decir que las masas humanas no están preparadas; pero el mejoramiento es lento, porque la minoría no está mejor materialmente que la mayoría. No es tan importante que muchos sean tan buenos como usted, como sí lo es que haya bondad total en algún lugar; porque leudará la masa. Hay miles de personas que dicen oponerse a la esclavitud y a la guerra, pero que no hacen nada por detenerlas; y que, considerándose a sí mismos hijos de [Jorge] Washington y de [Benjamín] Franklin, se sientan con las manos en los bolsillos, y dicen que no saben qué hacer, y no hacen nada; hasta anteponen la libertad de comercio a la libertad, y tranquilamente leen las cotizaciones y los últimos avisos de México, después de cenar, y, al parecer, se duermen leyendo ambos. ¿Y en cuánto se cotiza una persona justa, un patriota hoy? Dudan, y se lamentan, y a veces suplican; pero no hacen nada en serio, nada eficaz. Esperan, con la mejor de las disposiciones, que otros remedien el mal, para que ya no tengan que lamentarse. A lo mucho, le dan sólo un voto barato, una débil aprobación y una buenandanza, a los justos, al pasarles cerca. Hay noventa y nueve mecenas de la virtud por cada virtuoso; pero es más sencillo entenderse con el propietario de algo que con quien vigila ese algo temporalmente.

Todas las votaciones son una especie de juego, como las damas o el ajedrez, con un ligero tinte moral, se juega con lo correcto y lo incorrecto, con problemas morales; y naturalmente, las apuestas le acompañan. El carácter de los votantes no entra en juego. Doy mi voto, por ventura, de la manera que creo correcta; pero no me importa tanto que los justos prevalezcan. Estoy dispuesto a dejarle eso a la mayoría. Su obligación, por tanto, nunca excede la de la conveniencia. Ni siquiera votar por lo justo ayuda en nada. Es sólo expresándole a la gente débilmente tu deseo como prevalecerá. Una persona sabia no deja la justicia a merced de la suerte, ni quiere que prevalezca la suerte por el poder de la mayoría. Casi no hay virtud en la acción de las masas. Cuando la mayoría al fin vote a favor de la abolición de la esclavitud, será porque no les importa la esclavitud, o porque quedará muy poca que pueda ser abolida por su voto. Entonces serán ellos los únicos esclavos. Sólo su voto puede acelerar la abolición de la esclavitud, si es que afirma su libertad mediante su voto.

He escuchado que habrá una convención en Baltimore, o en otro lado, para escoger un candidato a la Presidencia, compuesta sobre todo por editores, y personas que son políticos de profesión; pero pregunto ¿cuán importante es la decisión a la que puedan llegar para una persona independiente, inteligente y respetable, cuya sabiduría y honestidad no se toma en cuenta? ¿No podemos tener algunos votos independientes? ¿No hay individuos en el país que no asisten a las convenciones? Pero no, me encuentro con que la persona respetable, así llamada, ya se ha desviado de su posición, y perdió la esperanza en su país, cuando su país tiene más razones para perder la esperanza en ella. Al punto acepta a alguno de los candidatos electos como tales como el único disponible, probando así que ella sí está disponible para cualquier propósito de la demagogia. Su voto no vale más que el de un extranjero sin conciencia o un nativo mercenario, que pudo haber sido comprado. ¡Bendito el ser humano que es un ser humano, y que, como dice mi vecino, puedo tocarlo porque es de carne y hueso! Nuestras estadísticas se equivocan: la población se reporta como elevada. ¿Cuántas personas ocupan cada millar de kilómetros cuadrados de este país? Apenas una. ¿Acaso Estados Unidos no ofrece un incentivo para que la gente se establezca aquí? Los estadounidenses han disminuido hasta convertirse en un Sujeto Extraño, al que se le puede reconocer porque se le ha desarrollado el órgano gregario, una manifiesta carencia de intelecto y una alegre confianza en sí mismo; cuya primera y principal preocupación, en este mundo, es velar porque reparen los hospicios; y antes de haberse puesto la vestidura viril, recoge fondos para ayudar a las viudas y a los huérfanos que pueda haber; y que, en suma, se aventura a vivir sólo con la ayuda de la compañía mutual de seguros, que le ha prometido enterrarlo decentemente.

No es el deber de una persona, por el orden natural, dedicarse a erradicar ningún desperfecto, ni siquiera los más profundos; puede perfectamente tener otras preocupaciones; pero es su deber, al menos, lavarse las manos, y si ya no se acuerdan de lo malo, no deben apoyarlo en la práctica. Si me dedico a otros asuntos y contemplaciones, debo velar primero, porque no me dedique a ellos subiéndome sobre los hombros de otro. Debo bajarme, para que él también pueda dedicarse a sus contemplaciones. Vean cuán grande es la inconsistencia que se tolera. He escuchado a algunos de mis vecinos decir: "Me gustaría que me ordenaran ir a acabar con una insurrección de esclavos, o entrar marchando a México, porque no iré"; y aun así estas personas directamente, por su lealtad, e indirectamente, al menos, con su dinero, suministran un sustituto. Aplauden al soldado que se niega a servir en una guerra injusta, los mismos que no se niegan a sostener a un gobierno injusto que hace la guerra; le aplauden al soldado aquellos cuyos actos y autoridades son despreciadas y tenidas en nada por él; como si el Estado fuera tan penitente que le pagara a alguien para que le dé azotes mientras esté pecando, pero no deja de pecar ni un momento. Así, en el nombre del orden y del gobierno civil, nos hacen a todos pagarle honores a nuestra maldad y apoyarla. Después de la primera mancha de pecado viene la indiferencia, y de inmoral pasa, por decirlo así, a ser amoral, y no del todo innecesario para la vida que hemos hecho.

El error mayor en tamaño e importancia requiere la virtud más desinteresada para mantenerse en pie. La crítica más ligera a la que está sujeta la virtud del patriotismo, viene de parte de los que son nobles. Aquellos que, mientras se oponen al carácter de un gobierno y a sus medidas, le otorgan su lealtad y apoyo, son indudablemente los colaboradores más concienzudos, y con frecuencia son los mayores obstáculos para la reforma. Algunos de ellos le piden al Estado que deshaga la Unión, para desatender las órdenes del Presidente. ¿Por qué no la deshacen ellos, --la unión entre el Estado y ellos, --y se niegan a pagar su parte en la tesorería? ¿No están en la misma relación con el Estado, que éste con la Unión? ¿Y no han sido las mismas razones que le han impedido al Estado resistirse a la Unión, las que les han impedido a ellos resistirse al Estado?

¿Cómo puede una persona contentarse con tener sólo una opinión, y disfrutarla? ¿La disfrutaría, si su opinión le muestra que está afligido? Si tu vecino te quita un dólar engañándote, no te contentás con saber que te engañaron, ni con decir que te engañaron, ni siquiera pidiéndole que te pague; sino que tomás acción inmediata para que te restablezcan la misma suma, y buscás que no te engañen de nuevo. Actuar según un principio, --la percepción y el cumplimiento de lo correc-to--, cambia las cosas y las relaciones; es esencialmente revolucionario, y no es compatible con lo que había. No sólo divide estados e iglesias, divide familias; sí, divide al individuo, separando su naturaleza divina de la diabólica.

Hay leyes injustas: ¿debemos estar satisfechos obedeciéndolas, o debemos esforzarnos por corregirlas, y obedecerlas hasta que lo hayamos logrado, o debemos transgredirlas al punto? La gente, por lo general, bajo un gobierno como este, cree que debe esperarse hasta persuadir a la mayoría para que altere las cosas. Creen que, si se resisten, el remedio será peor que la enfermedad. Pero es culpa del gobierno que el remedio sea peor que la enfermedad. La empeora. ¿No es más apto anticipar y ayudar a reformar? ¿Por qué no aprecia a su sabia minoría? ¿Por qué llora y se resiste antes del daño? ¿Por qué no apoya a sus ciudadanos para que estén alerta y detecten sus faltas, ya que sería mejor si las supiera? ¿Por qué siempre crucifica a Cristo, y excomulga a Copérnico y a Lutero, y declara rebeldes a Washington y a Franklin?

Uno pensaría, que una negación adrede y práctica de su autoridad es la única ofensa que nunca contempló el gobierno; sino, ¿por qué no le ha asignado una pena apropiada, definitiva en proporción al delito? Si una persona pobre se niega una vez a devengarle nueve chelines al Estado, la encarcelan por un periodo que ninguna ley restringe, y determinado tan sólo por la discreción de quienes lo mandaron a la cárcel; pero si se roba noventa veces nueve chelines al Estado, se le permite que vuelva a las andadas.

Si la injusticia es parte de las desavenencias necesarias de la maquinaria gubernamental, que se vaya, que se vaya: quizá se empareje, y en verdad la maquinaria se gaste. Si la injusticia tiene un trampolín, o una polea, o una cuerda, o una manija, sólo para ella, entonces tal vez podamos considerar si el remedio no será peor que la enfermedad; pero si es de naturaleza tal que te obliga a ser agente de injusticia para alguien más, entonces te digo, rompé la ley. Que tu vida sea una fuerza que detenga la maquinaria. Lo que tengo que hacer es velar, a toda costa, que no me preste al mal que condeno.

Sobre adoptar los medios que el Estado provee para remediar el mal, no los conozco. Se llevan mucho tiempo, y se consumiría la vida. Tengo otras cosas qué hacer. Vine al mundo, no tanto para mejorar el lugar en el que vivo, sino para vivir en él, sea bueno o malo. Una persona no puede hacerlo todo, sino algo; y porque no puede hacerlo todo, no es necesario que haga algo malo. No me interesa hacerle peticiones al gobernador o a la legislatura más de lo que les interesa a ellos hacérmelas a mí; y, si no escuchan mi petición, ¿qué debo hacer? Pero en este caso el Estado no ha provisto de un medio: su sola Constitución es el mal. Esto parece ser duro, testarudo e irreconciliable; pero es para tratar con la mayor amabilidad y consideración el único espíritu que puede apreciarlo o merecerlo. Así es todo cambio positivo, como el nacimiento y la muerte, que hacen al cuerpo convulsionar.

No dudo en afirmar, que aquellos que se autodenominan abolicionistas deban de inmediato retirar su apoyo, tanto de su persona como de sus propiedades, del gobierno de Massachusetts, y no esperarse hasta que constituyan una mayoría de uno, antes de que el derecho prevalezca sobre ellos. Creo que es suficiente si tienen a Dios de su lado, sin esperar lo otro. Además, una persona más justa que sus vecinos, ya constituye una mayoría de uno.

Me enfrento a este gobierno estadounidense, o a su representante el gobierno del Estado, directamente, cara a cara, una vez al año, solamente, mediante su recaudador de impuestos; este es el único modo en el que una persona de mi posición necesariamente lo llega a enfrentar; y dice claramente: Reconózcame; y el modo más simple, el más eficaz, y, en la situación actual, el más indispensable de tratarlo para mí, de expresar tu poca satisfacción con el gobierno, y el amor que sentís por él, es negándolo. Mi vecino civil, el recaudador de impuestos, es la persona con la que tengo que tratar, --ya que, después de todo, peleo con gente y no con pergaminos--, y voluntariamente ha escogido ser agente del gobierno. ¿Cómo podrá saber perfectamente lo que es ahora y lo que hace como funcionario del gobierno, o como persona, hasta que se vea obligado a considerar si debe tratarme a mí --a su vecino, a quien respeta--, como vecino y persona bien dispuesta, o como un loco y perturbador de la paz, y ver si puede superar esta obstrucción a su amabilidad vecinal sin un pensamiento más rudo e impetuoso que corresponda con su acción? Y sé muy bien esto: que si pudiera nombrar a mil, a cien, a diez personas honestas, --si sólo diez personas honestas--, sí, si una persona HONESTA, en este estado de Massachusetts, negándose a poseer esclavos, de veras se retirara de esta asociación, y fuera encerrado en la cárcel del condado por ello, sería la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Porque no importa cuán pequeño parezca un principio; lo que una vez se hace bien se hace por siempre. Pero nos gusta más hablar de eso: decimos que es nuestra misión. La Reforma mantiene muchas veintenas de periódicos a su servicio, pero no a una persona. Si mi estimado vecino, el embajador estatal, que dedicará su vida a apaciguar la cuestión de los derechos humanos en la Cámara del Concilio, en vez de ser amenazado con las cárceles de Carolina, fuera prisionero de Massachusetts, ese estado que está tan ansioso por imponerle el pecado de la esclavitud a su hermana, --aunque en la actualidad pueda sólo descubrir un acto de falta de hospitalidad por ser el asunto de una disputa con ella--, la Legislatura no renunciaría definitivamente al tema hasta el próximo invierno.

Bajo un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el lugar para una persona justa es la prisión. El lugar apropiado hoy, el único lugar que Massachusetts le ha provisto a sus espíritus más libres y menos abatidos es la prisión, ser echados y encerrados del Estado por su propia mano, como ya se echaron a sí mismos del Estado por sus principios. Es ahí donde el esclavo fugitivo, el reo mexicano libre bajo palabra, y el indio que llegan a acusar los errores de su raza los encuentran; en ese terreno distante, honorable, más libre, donde el Estado pone a aquellos que no están con él sino en su contra, la única casa en un estado esclavista en la que una persona libre puede morar con honor. Si alguno cree que su influencia se perderá ahí, y que su voz ya no afligirá el oído del Estado, que no sería como un enemigo dentro de sus paredes, no sabe cuánto más fuerte es la verdad que el error, ni cuán más elocuente y efectivamente puede combatir la injusticia quien la ha experimentado un poco en su persona. Den todo su voto, no solamente una tira de papel, sino toda su influencia. Una minoría carece de poder cuando concuerda con la mayoría; ni siquiera es una minoría; pero es irresistible cuando estorba por su propio peso. Si las alternativas son las de mantener encerradas a todas las personas justas, o dejar la guerra y la esclavitud, el Estado no debe dudar en cuál debe escoger. Si mil personas se negaran a pagar sus impuestos este año, esa sería una medida ni violenta ni sangrienta, como sí sería pagarles y permitir que el Estado cometa violencia y derrame sangre inocente. Esta es, de hecho, la definición de una revolución pacífica, si es posible que se dé alguna. Si el recaudador de impuestos, o cualquier otro funcionario publico me preguntara, como ya lo ha hecho uno: "¿Pero qué debo hacer?", mi respuesta sería: "Si de veras querés hacer algo, renunciá a tu empleo". Cuando el sujeto ha negado su lealtad, y el funcionario público ha renunciado a su cargo, entonces se logra la revolución. Pero imagínense que haya sangre. ¿No sangra cuando se hiere la conciencia? A través de esta herida fluyen la inmortalidad y la humanidad de una persona, y se desangra hasta morir. Puedo ver cómo está corriendo ahora esa sangre.

Ya he podido contemplar el encarcelamiento del transgresor, en vez de que le embarguen sus bienes, --aunque ambas cosas cumplirían el mismo propósito--, porque aquellos que logran la mayor rectitud, y por consecuencia son más peligrosos para un Estado corrupto, por lo general no han pasado mucho tiempo acumulando propiedades. A esos el Estado les rinde un servicio comparativamente pequeño, y un impuestito por costumbre les parecerá exorbitante, sobre todo si se ven obligados a ganárselo trabajando con sus manos. Si hubiera alguien que viviera sin ninguna necesidad de usar dinero, el Estado mismo dudaría en demandárselo. Pero el rico -evitando una comparación difamatoria-siempre está vendido a la institución que lo enriquece. Hablando categóricamente, mientras más dinero, menos virtud; porque el dinero se interpone entre la persona y sus objetos, y se los consigue; y en verdad no hubo gran virtud en obtenerlo. Responde muchas preguntas que de otro modo sería difícil contestar; y la única pregunta que hace es la complicada pero superflua de cómo gastarlo. Por lo que su suelo moral le es arrancado. Las oportunidades de vivir se disminuyen en proporción al incremento de lo que llaman "medios". Lo mejor que una persona puede hacer por su cultura cuando es rico es esforzarse por llevar a cabo los planes que hizo cuando era pobre. Cristo le respondió a los Herodianos según su condición: "Muéstrenme la moneda", les dijo: --y uno sacó una moneda de su bolsa--; Si usan dinero con la imagen de César acuñada en él, y que él ha hecho valiosa y corriente, o sea, si son personas del Estado, y disfrutan felices de las ventajas del gobierno de César, entonces páguenle con lo suyo cuando lo demande; "Por tal, dénle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios"-pero siguieron en su ignorancia, sin saber qué era del César y qué de Dios, porque no querían saberlo.

Cuando converso con mis vecinos más libres, percibo que, no importa lo que digan sobre la magnitud o la seriedad del problema, y su aprecio por la tranquilidad pública, el meollo del asunto es que no pueden renunciar a la protección del gobierno existente, y temen las consecuencias de su desobediencia en sus propiedades y familias. Por mi parte, no me gustaría pensar que alguna vez confié en la protección del Estado. Pero, si niego su autoridad cuando me presenta las cuentas, pronto vendrá y desperdiciará mis propiedades, y me acosará a mí y a mis hijos sin parar. Y esto es duro. Esto imposibilita que una persona viva honesta y al mismo tiempo confortablemente en lo que toca al exterior. No valdrá la pena acumular propiedades; porque sería lo mismo. Tenés que pagar u ocupar tierras baldías, y obtener una pequeña cosecha, y comértela pronto. Debés vivir en vos mismo, y depender de vos mismo, siempre arremangado y listo para empezar, y tener pocos asuntos. Una persona podría enriquecerse en Turquía, si es bueno en todos los aspectos para el gobierno turco. Confucio decía: "Si un estado es gobernado por los principios de la razón, la pobreza y la miseria son vergonzosas; si un estado no es gobernado por los principios de la razón, las riquezas y los honores son vergonzosos." No: hasta que quiera que la protección de Massachusetts esté sobre mí en un puerto lejano en el Sur, donde peligre mi libertad, o hasta que me interese sólo en construir una finca en mi casa con empresas pacíficas, puedo agenciármelas para negarle mi lealtad a Massachusetts, y el derecho que tiene sobre mis propiedades y mi vida. Me cuesta menos en todos los sentidos incurrir en la pena de desobediencia al Estado, que obedecerle. Me sentiría menos digno si lo hiciera.

Hace algunos años, el Estado se me enfrentó de parte de la iglesia, y me ordenó pagar una cierta suma para el sustento de un clérigo que mi padre escuchaba, pero no yo. "Pague --me dijo--, o será encarcelado". Me negué a pagar. Pero, desafortunadamente, otra persona juzgó conveniente pagar. No vi por qué al profesor de escuela se le cobra para el sustento de un sacerdote, y no al revés; porque no era yo el profesor del Estado, sino que estaba en servicio voluntario. No vi por qué el liceo no debía presentar su cuenta, y que el Estado lo apoyara, como apoya a la iglesia. Sin embargo, a solicitud de personas selectas, condescendí a escribir una afirmación como esta: "Sepan todos mediante la presente, que yo, Enrique Thoreau, no deseo ser visto como miembro de ninguna sociedad o gremio al que no me haya unido". Le di esto al secretario del ayuntamiento; y lo recibió. El Estado, habiendo sabido que no quería ser visto como miembro de esa iglesia, nunca me hizo en el futuro una demanda similar; aunque dijo esa vez que debía adherirse a su presunción original. Si hubiera sabido cómo mencionarlas, debí de haber renunciado de todas las sociedades a las que no me he unido nunca; pero no supe dónde encontrar una lista completa.

No había pagado una capitación en seis años. Por eso me arrestaron una vez, durante una noche; y, mientras veía los muros de piedra maciza, de 70 ó 90 centímetros de profundidad, las puertas de madera y hierro, de 30 centímetros de grosor, y los barrotes de hierro que bloqueaban la luz, no pude evitar el sentirme impactado con la tontería de esa institución que me trataba como si yo fuera sólo carne y huesos, y me encerraba. Me pregunté si a la larga concluyeron que ese era el mejor uso que podían darme, y nunca habían pensado en beneficiarse de mi servicios de algún modo. Y me percaté que, si había una pared de piedra entre mis vecinos y yo, había otra pared, más difícil de romper o escalar, antes de que pudieran adquirir una libertad como la mía. En ningún momento me sentí encerrado, y los muros me parecieron un gran desperdicio de piedras y concreto. Me sentí como el único de los pueblerinos que había pagado su recibo. Llanamente no sabían cómo tratarme, pero se comportaron como gente sin urbanidad. En toda amenaza y en todo cumplido había un disparate; porque creyeron que mi deseo principal era estar del otro lado de esa pared de piedra. No pude hacer más que sonreír al ver cuán industriosamente le cerraban la puerta a mis meditaciones, que los siguieron al salir sin estorbo ni obstáculo, y eran en verdad lo más peligroso. Como no podían alcanzarme, habían resuelto castigar mi cuerpo; como los chiquillos, que si no pueden desquitarse de alguien que les molesta, se desquitan con su perro. Vi que el Estado era imbécil, que era tímido como una mujer solitaria con sus cucharas de plata, y que no distinguía a sus amigos de sus enemigos, y entonces perdí todo el respeto que le tenía, y lo compadecí.

Por tal, el Estado nunca intencionadamente confronta el sentido de un ser humano, sea este intelectual o moral, sino sólo su cuerpo, sus sentidos. No está armado de ingenio u honestidad superiores, sino de fuerza física superior. No nací para ser forzado. Respiraré según suelo hacerlo. Veamos quién es más fuerte. ¿Cuánta fuerza tiene una multitud? Sólo pueden forzarme aquellos que obedecen a una ley superior a la mía. Me fuerzan a ser como ellos. Nunca he oído de personas que son forzadas a vivir de tal o cual manera por grupos de personas. ¿Qué clase de vida sería esa? Cuando me encuentro a un gobierno que me dice "Su dinero o su vida", ¿por qué debería apresurarme a darles mi dinero? Podría ser un gran apuro, y no sabría qué hacer: no puedo evitarlo. Debe remediarse solo; hágalo como lo hago yo. No vale la pena gimotear por eso. No soy el responsable del funcionamiento correcto de la maquinaria de la sociedad. No soy hijo de ingenieros. Percibo que, cuando una bellota y una nuez caen juntas, ninguna permanece muerta para que nazca la otra, sino que ambas obedecen sus propias leyes, y nacen y crecen y florecen de la mejor manera que pueden, hasta que una, tal vez, domina y destruye a la otra. Si una planta no puede vivir según su naturaleza, se muere; de igual manera el ser humano.

La noche en la prisión fue original y bastante interesante. Los prisioneros en mangas de camisa, disfrutaban conversando y respirando el aire de la tarde en el umbral, cuando entré. Entonces el carcelero les dijo: "Vamos, muchachos, hora de volver a sus celdas"; y se dispersaron, y escuché el sonido que hacían sus pasos al regresar a los apartamentos vacíos. El carcelero me presentó a mi compañero, y me dijo que era "una persona de primera clase y un tipo listo". Cuando cerraron la puerta, me mostró dónde podía colgar mi sombrero, y cómo manejaba las cosas aquí. Los cuartos eran blanqueados una vez al mes; y este, al menos, era el lugar más blanco, el más sencillamente amueblado, y probablemente el más pulcro de todo el pueblo. Naturalmente, mi colega quiso saber de dónde venía, y por qué estaba aquí; y, cuando le conté, fue mi turno de preguntarle cómo llegó aquí, ya que suponía que era un hombre honesto, y por supuesto, de la forma en la que avanza el mundo, creí que lo era. "Bueno", me dijo, "me acusan de haber incendiado un granero; pero no quemé nada". Por lo que pude descubrir, probablemente se había quedado dormido en un granero mientras estaba ebrio, y fumando pipa; y así se quemó el granero. Tenía la reputación de ser una persona lista, había estado en su celda durante unos tres meses esperando un juicio, y tendría que esperarse otros tres meses; pero estaba muy acostumbrado y satisfecho, puesto que comía gratis, y creía que lo trataban bien.

Tomó una ventana, y yo la otra; y vi que, si uno estaba ahí mucho tiempo, su principal ocupación sería asomarse por la ventana. Ya había leído todos los folletos que tenían, y examinado por dónde se habían escapado algunos prisioneros, y dónde habían limado una reja, y oí las historias de varios de los inquilinos de esta celda; y supe que había historias y chismes que nunca salían de las paredes de esta cárcel. Probablemente este era el único sitio en la ciudad donde se escribían versos, que eran después escritos y circulados, pero no se publicaban. Me mostró una lista extensa de versos compuestos por algunos jóvenes a los que habían atrapado al intentar escaparse, y se vengaban cantándolos.

Le saqué todo el jugo a mi compañero de prisiones, temiendo que no lo volvería a ver; pero a la larga me mostró dónde me podía acostar, y me dejó apagar la luz.

Fue como viajar a un país lejano, uno que no esperaba ver, así fue esa noche. Me parecía que nunca antes había oído el reloj del pueblo dando la hora, ni tampoco los sonidos nocturnos del pueblo; porque dormimos con las ventanas abiertas, que estaban enrejadas. Era como ver mi tierra natal a la luz de la edad media, y nuestro [río] Concord se convertía en el Rin, y veía caballeros y castillos. Eran las voces de los vecinos en la calle. Y yo era un espectador y escucha involuntario todo lo que se decía y hacía en la cocina del hotel contiguo, una experiencia nueva y única para mí. Pude ver mi pueblo más de cerca. Estaba metido en él de lleno. Nunca antes había visto sus instituciones. Esta es una de sus instituciones peculiares; puesto que es una comarca. Empezaba a comprender cómo eran sus habitantes.

Al día siguiente, se nos dieron nuestros desayunos. Los pasaron a través del hoyo en la pared, en pequeños sartenes de lata oblongos, hechos a la medida, con un tazón de chocolate, pan oscuro y una cuchara de hierro. Cuando retiraron los recipientes, fui tan inexperto que dejé todo el pan que sobraba; pero mi camarada lo agarró, y dijo que era mejor que me lo guardara para almorzar o cenar. Poco después, lo dejaron salir a recoger la hierba en un campo vecino, algo que hacía a diario, y no volvería hasta el mediodía; así que se despidió, y me dijo que dudaba si me volvería a ver.

Cuando salí de la prisión, --ya que alguien interfirió, y pagó el impuesto--, no percibí que se habían dado grandes cambios en la gente, como la persona que vemos joven, y después se nos aparece canosa y tambaleante; y podía ver el cambio surgir: --el pueblo, el Estado, el país--, con mayor fuerza que si cambiaran sólo con el tiempo. Vi con más detenimiento el Estado en el cual vivía. Vi hasta qué punto la gente con la que vivía podía ser vista como buenos vecinos y amigos; que su amistad se mantenía sólo en las buenas; que no tenían grandes intenciones de hacer el bien; que eran una raza distinta a mí en sus prejuicios y supersticiones, como son distintos los chinos y los malayos; que, en sus sacrificios por la humanidad, no se arriesgaban, ni siquiera arriesgaban sus propiedades; que, después de todo, no eran tan nobles, sino que trataban a los ladrones como estos los habían tratado a ellos, y esperaban, por una cierta observancia externa y algunas oraciones, caminando por un camino recto pero inútil de vez en cuando, salvar sus almas. Parece que juzgo a mis vecinos muy duramente; ya que creo que pocos de ellos saben que hay una institución como la cárcel en su pueblo.

Solía ser una costumbre en nuestro pueblo, que cuando un pobre deudor salía de la cárcel, sus conocidos lo saludaban, poniéndose las manos frente a los ojos, con los dedos cruzados, simulando los barrotes de la prisión, y le preguntaban: "¿Cómo te va?" Mis vecinos no me saludaron, sino que me vieron, y luego se vieron entre sí, como si hubiera vuelto de un largo viaje. Me encerraron cuando iba a la zapatería a recoger unos zapatos que estaban dañados. Cuando pude salir, al día siguiente, terminé mi encargo, y, poniéndome los zapatos reparados, me uní a un grupo de fruteros, impacientes de que los dirigiera; y en media hora, --ya que prepararon el caballo rápidamente--, estaba en medio de un campo de arándanos, en una de las colinas más altas, a tres kilómetros de distancia; y entonces nos alejamos del Estado.

Esta es la historia completa de "Mis cárceles".

Nunca me he negado a pagar el impuesto en las autopistas, porque tengo tantas ganas de ser un buen vecino como de ser un mal sujeto; y, en lo que respecta a apoyar las escuelas, hago lo mío para educar a mis paisanos. No me niego a pagar por ningún problema en la boleta. Simplemente deseo negarle la lealtad al Estado, estar en efecto lejos de él. No me interesa rastrear el camino que toman mis billetes, si pudiera hacerlo, hasta que soborna a un sujeto, o se compra un rifle, --el billete es inocente--, pero sí me interesa rastrear los efectos de mi lealtad. De hecho, le declaro la guerra silenciosa al Estado, según mi costumbre, aunque seguiré usándolo y aprovechando sus ventajas cuanto pueda, como suele hacerse en estos casos.

Si otros pagan el impuesto que se me exige pagar, por una simpatía con el Estado, no hacen lo que hicieron en su propio caso, a menos que apoyen la injusticia mucho más de lo que lo necesita el Estado. Si lo pagan por un interés equivocado en los individuos a los que se les cobra, para salvar sus bienes o evitar que los lleven a la cárcel, es porque no han considerado bien cuánto permiten que sus sentimientos personales interfieran con el bien público.

Esta es mi posición actual. Pero uno no puede estar demasiado preparado en un caso así, por miedo a que su acción sea predispuesta por obstinación, o por un interés indebido en las opiniones de los demás. Que la persona haga sólo lo que le compete a ella y al momento.

A veces pienso: Esta gente tiene buenas intenciones, son sólo ignorantes; serían mejores si supieran cómo: ¿por qué darles a tus vecinos la molestia de tratarte como no les nace hacerlo? Pero creo, sin embargo, que no hay razón para ser como ellos, o para permitir que otros sufran más, por un dolor distinto. Entonces, a veces me digo: Cuándo millones de personas, sin ardor, sin malas intenciones, sin sentimientos personales de ninguna clase, te exigen unos chelines, sin la posibilidad, porque así son, de retractarse o de alterar su presente demanda, y sin la posibilidad, de tu parte, de apelar a otros millones de personas, ¿por qué exponerte a esta sobrecogedora fuerza bruta? No te resistís al frío o al hambre, ni a los vientos ni a las mareas, y así, obstinadamente; pasivamente te sometés a miles de necesidades similares. No ponés las manos en el fuego. Pero en la misma proporción en la que considero esto no del todo como una fuerza bruta, sino en parte como una fuerza humana, y considero que me relaciono con ellos de la misma forma que con millones de personas, y no como lo haría con cosas brutas e inanimadas, veo que puedo apelar, primero, y de forma instantánea, a su Creador, y después, a ellos mismos. Pero, si pongo adrede las manos en el fuego, no puedo apelar ni al fuego ni al Creador del fuego, y sólo puedo culparme a mí mismo. Si pudiera convencerme de que tengo derecho a estar satisfecho con las personas como son, y tratarlas acordemente, y no de acuerdo, a veces, a mis demandas y expectativas de lo que deberíamos ser, ellos y yo, entonces, como un buen musulmán y fatalista, debería esforzarme por estar satisfecho con las cosas como son, y decir que es la voluntad de Dios. Y, sobre todo, hay una diferencia entre resistirme a esto y resistirme a una fuerza brutal o natural: que puedo resistirla y lograr algo; y no puedo esperar, como Orfeo, cambiar la naturaleza de las piedras, ni de los árboles ni de las bestias.

No quiero pleitear con ninguna persona ni ninguna nación. No quiero ser quisquilloso, ni pelear por minucias, o sentirme superior a mis vecinos. Me interesa, puedo decir, encontrar una excusa para ajustarme a las leyes de la tierra. Estoy más que dispuesto a ello. Hasta puedo vigilarme por eso; y cada año, cuando viene el recaudador de impuestos, estoy dispuesto a revisar los actos y la posición de los gobiernos generales y estatales, y el espíritu de la gente, para descubrir un pretexto para ajustarme a las leyes. Creo que el Estado pronto será capaz de relevarme de esa tarea, y no seré mejor patriota que mis paisanos. Vista desde más abajo, la Constitución, con todos sus defectos, es muy buena; la ley y las cortes son respetables; incluso este Estado, y este gobierno estadounidense son, en muchos aspectos, admirables y únicos, y hay que agradecerles, de la forma que muchos los han descrito; pero vistos desde un poco más arriba, son lo que he descrito; vistos desde aún más arriba, o más arriba todavía, ¿quién podría decir lo que son, o que valga la pena verlos o pensar sobre ellos?

No obstante, el gobierno no me interesa tanto, y le concedo la menor cantidad posible de pensamientos. Son pocos los momentos en los que vivo bajo un gobierno, incluso en este mundo. Si una persona piensa libremente, fantasea libremente, imagina libremente, y nunca por largo tiempo aparenta ser para sí, los gobernantes o reformistas injustos no pueden interferir fatalmente.

Sé que muchas personas piensan distinto de mí; pero aquellos cuyas vidas están por su profesión dedicadas al estudio de temas como estos, son los que menos me satisfacen. Los estadistas y legisladores, que están completamente metidos en la institución, nunca la observan objetivamente, desnuda. Hablan de la sociedad andante, pero no pueden vivir sin ella. Pueden ser personas con una cierta experiencia y capacidad de discriminación, y sin duda han inventado sistemas ingeniosos e incluso útiles, por los cuales les estamos agradecidos; pero toda su agudeza y su utilidad no salen de ciertos límites no muy amplios. Están dispuestos a olvidar que el mundo no está regido por políticas ni complacencias. [Daniel] Webster nunca se pone detrás del gobierno, y por eso no puede hablar sobre él con autoridad. Sus palabras son sabias para aquellos legisladores que no contemplan reformas esenciales en el gobierno; pero para los intelectuales, y para aquellos que legislan para siempre, él nunca se refiere al tema. Conozco gente cuyas especulaciones sabias y serenas sobre este particular pronto revelarían los límites y la receptividad de su mente. Pero, comparadao con las profesiones baratas de muchos reformistas, y la baratísima sabiduría y elocuencia de los políticos en general, sus palabras son casi las únicas valiosas y sensatas, y le damos gracias al Cielo por él. Comparativamente, siempre es fuerte, original, y, sobre todo, práctico. Sin embargo, su cualidad no es la sabiduría, sino la prudencia. La verdad de los abogados no es la Verdad, sino la consistencia, o una conveniencia consistente. La verdad siempre es acorde consigo misma, y su preocupación primordial no es la de revelar la justicia que hay en los equívocos. Merece ser llamado, como se le ha llamado, el Defensor de la Constitución. Todos sus golpes son defensivos. No es un líder, sino un seguidor. Sus líderes son los hombres del '87. "Nunca me he esforzado -dice--, ni me he propuesto hacerlo; nunca he favorecido un esfuerzo, para perturbar las disposiciones originales, por las cuales los diversos Estados entraron a la Unión". Y pensando en la sanción que la Constitución le impone a la esclavitud, dice: "Ya que es parte del compendio original, que se quede". No obstante su habilidad y su agudeza especiales, es incapaz de separar un hecho de sus relaciones políticas, y de observarlo como lo haría el intelecto, por ejemplo, ¿qué le corresponde hacer a una persona aquí en Estados Unidos hoy con respecto a la esclavitud, mas se aventura, o es llevado, a dar una respuesta desesperada como la siguiente, mientras profesa que habla como un ciudadano, --de cuál código civil nuevo y singular se puede inferir eso?-- "La forma -dice--, en la que un gobierno de los Estados esclavistas debe regular esta institución, es por consideración propia, bajo la responsabilidad de sus miembros, a las leyes generales de prioridad, humanidad, justicia, y a Dios. Las asociaciones que se forman en otros lados, nacidas de un sentimiento de humanidad, o por cualquier otra causa, no tienen nada que opinar al respecto. No han recibido ningún apoyo de mi parte, y nunca lo recibirán".

Los que no saben de otras fuentes más puras de verdad, que no han encontrado su nacimiento más allá, se atienen, sabiamente, a la Biblia y a la Constitución, y beben la verdad con humildad y reverencia; pero los que ven por dónde viene escurriendo el agua a un lago o a una poza, se alistan de nuevo, y continúan su peregrinación hacia la fuente madre.

No ha aparecido en Estados Unidos un genio de las leyes. Y son raros en la historia del mundo. Hay oradores, políticos, y personas elocuentes, por miles; pero el orador no ha abierto la boca para hablar, aquel capaz de contestar las preguntas más difíciles de nuestro tiempo. Amamos la elocuencia por amor a la elocuencia, y no por ninguna verdad que pueda pronunciar, ni por ningún heroísmo que pueda inspirar. Nuestros legisladores aún no aprenden el valor comparativo del libre comercio y de la libertad, de la unión, la rectitud para una nación. No tienen genio ni talento para cuestiones comparativamente más humildes como los impuestos y las finanzas, el comercio, la manufactura y la agricultura. Si nos dejaran a merced de la agudeza verbal de los legisladores en el Congreso, para que nos guiaran, sin ser corregidos por la oportuna experiencia y las quejas efectivas de la gente, Estados Unidos no mantendría por mucho tiempo su lugar entre las naciones. Hace mil ochocientos años, aunque quizá no tenga el derecho a decirlo, se escribió el Nuevo Testamento; mas, ¿dónde está el legislador lo bastante sabio y práctico para aprovechar la luz que arroja la Escritura sobre la ciencia de las leyes?

La autoridad del gobierno, incluso aquella a la que estoy dispuesto a someterme, --dado que alegremente obedezco a los que saben más que yo, a los que son más capaces que yo, y a veces a los que ni siquiera saben más que yo ni son más capaces--, sigue siendo impura: para ser justo, debe tener el consentimiento y la ratificación de los gobernados. No puede tener más derecho sobre mi persona y mis propiedades que aquel que le concedo. El progreso de una monarquía absoluta a una limitada, de una monarquía limitada a una democracia, es un progreso que apunta al verdadero respeto por el individuo. ¿Es la democracia como la conocemos, la mejoría máxima que se le puede hacer a un gobierno? ¿No es posible avanzar más hacia el reconocimiento y la organización de los derechos humanos? Nunca habrá un Estado en verdad iluminado y libre, hasta que el Estado reconozca al individuo como un poder mayor e independiente, del cual deriva el poder y la autoridad del Estado, y lo trate como tal. Me complace imaginar un Estado que al fin pueda ser justo con toda la gente, y que trate al individuo con el respeto con el que se trata a un vecino; que no vea inconsistente con su propia tranquilidad, que algunas personas vivan distantes de él, que no se metan con él, que no lo abracen, pero que cumplan todos sus deberes de vecinos y ciudadanos. Un Estado que produzca un fruto así, y que pudiera arrancarlo tan rápido como madurase, prepararía el camino hacia un Estado más perfecto y glorioso, que he podido imaginarme, pero que no he visto en ninguna parte.


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