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Mira y pasa

Omar Dengo

Los pobres de la tierra.org

1919

 

Hagamos política, aprendamos a hacerla del modo adecuado a las exigencias espirituales de nuestros tiempos. Hay una nobilísima forma de hacerla que consiste simplemente en ampliar, ennobleciéndolo, el significado de una común expresión de pobre apariencia: formar opinión. Aprendamos y contribuyamos a formar opinión. A favorecer y estimular todas las actitudes, situaciones, oportunidades, propicias al desarrollo e intercambio y aún al choque de las opiniones, que es decir, a la independencia y majestad de su vida. Colaborar en la formación de corrientes de opinión, promover y facilitar su encauzamiento, ya defendiendo, ya combatiendo opiniones. Combatir también es un modo de ahondar y limpiar los cauces, y combatir hidalgamente, el modo mejor. Opinar, auxiliar al florecimiento y la fructificación de las opiniones. Esta tan humilde norma de una política, conduce a la organización y manifestación de lo que de veras cabe llamar conciencia social, asiento y yacimiento de aspiraciones e ideales de civilización, sin las cuales carece de contenido, dentro del mundo, la vida de un pueblo.

Vivimos en país todavía instintivo, con algo de horda., donde es imperioso aprender a pensar, cumplir "el deber moral de ser inteligente". País expuesto a que el hambre, el miedo y la ignorancia, lo despeñen en el oprobioso entusiasmo del 27 de enero [de 1917],* —símbolo ya de la carencial de civismo, tanto en la muchedumbre menesterosa de luz y de pan, como en el orondo primate sin virtudes públicas. Porque no habremos de imputarle a un pueblo el crimen de lesa civilización en que sólo alcanzó a ser inconsciente encubridor de sus guías más ilustres: Cincinatos de arcilla. Mas, si no la responsabilidad de ése, sí conserva inalterada la capacidad de encubrir acaso otros mayores, que no dejarán de amenazarlo desde la conciencia de los hombres que cometieron aquél. Ahora bien, de tal capacidad sólo redime la luz, freno de oro a la boca procaz de la democracia, que dijera Lugones, y que nosotros, diremos prueba del fuego donde hombres y pueblos se purifican. Opinar, pues, iluminar, consumir el instinto, como un aceite, para que vierta de las entrañas luz de redención, de conciencia, —ya que ésta es verdad aún en el error, como puede ser justicia la venganza cuando el acero tiranicida liberta a un pueblo.

Opinar, en cierto sentido, esto es la civilización. Un conjunto de opiniones: esto es su historia. Opinar y enseñar a opinar: tal la función de la Escuela, de la Iglesia, de la Ciencia, etc. Diversas formas y objetivos de la opinión, mas ésta en lo hondo, como un estado subterráneo que todo lo asocia y lo comunica con una necesidad vital del Universo.

Opinión que es dogma, opinión que es conducta, opinión que es amor, que es fe, pero todo opinión.

Si bien queremos aludir a algo más sencillo, elemental, digamos: la opinión que damos a propósito de cuanto ocurre a nuestro alrededor. La cotidiana opinión sobre todos los temas, irreflexiva o meditada, ignara o docta, airada, tímida o desleal. Suele ser loca de atar y la condenan los moralistas, la desdeñan los pensadores, la excluyen los sabios, pero no obstante nutre pródigamente a morales, ciencias y filosofías. Por ella se asciende, pues, y alto, ya que elevándose nos eleva; y aunque por ella se desciende también, no sólo puede arrastrarnos al abismo sino libertarnos del peligro de las cumbres cuando las fustiga la tempestad. De las cimas nos baja en caballo alado.

Opinar, pues, y prodigar alfalfa de opiniones, a la vora­cidad aborregada de la callejera opinión, que hartándose de luz querrá devorar estrellas y aprenderá a comer margaritas.

Contribuyamos a formar opiniones, es decir, interesémonos, actuemos, vitalicemos nuestra relación con nosotros, con los hombres, con las cosas. Como lo dice la palabra de la brillante renovación española: ¡preocupémonos! Es lo que urgentemente importa, porque ello centra el núcleo en torno del cual van agrupándose y coordinándose para ascender unos tras otros los estados de conciencia, las ideas y doctrinas, fuentes de las instituciones. Si como debemos, queremos hacer política, construir civismo, preocupémonos de cuanto atañe al país, a quien tampoco puede serle indiferente nada de lo humano.

Preocuparse así es gobernar, dirigir, desde donde más conviene hacerlo, desde fuera, para que los gobiernos lleguen a gobernar desde fuera también, es decir, desde la opinión. Toda opinión, aún la rudimentaria, puede contribuir a gobernar. La indiferencia y la frialdad son heréticas y pecaminosas. La admonición dantesca, magistralmente citada ha poco, en realidad expresa: ¡Comprende y triunfa! Mira, pero con afán de clarividencia; y pasa, pero en un vuelo angélico sobre las llamaradas del infierno, que a ratos parecen surgir de tu mismo corazón . . .

Cultivemos con amor, como una manera de ejercer la ciudadanía, el desenvolvimiento de la opinión pública.

En Escritos y discursos. (San José, Costa Rica: Ministerio de Educación Pública, 1961). pp. 232-234.

 

* El 27 de enero de 1917. Golpe de Estado perpetrado por militares. Costa Rica vivía un estado de incertidumbre. El pueblo vito­reó a Federico Tinoco como el político capaz de "Salvar al país". La vida institucional de Costa Rica sufrió quebrantos porque Tinoco condujo al país a una tiranía, que duró escasos 18 meses. El mismo pueblo que lo aclamó, se amotinó en agosto de 1919 y lo obligo a dimitir.

 

 

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