Joaquín García Monge 1881-1958Cómo haría yo un diario a los costarricenses

Joaquín García Monge, Costa Rica 1881-1958

Repertorio Americano 9:362, 1925

San José de Costa Rica, 14 de julio de 1924

Sr. Don L. Jiménez P.

En La Noticia

Presente.

Estimado señor:

Respondo a su atenta carta, que le agradezco.
Me limitaré a exponerle cómo les haría yo un diario a los costarricenses, si para ello tuviera recursos.
Le advierto que yo cogería este rumbo sin tratar de "ajustarme al medio" y más bien cuidándome de "actualizar el porvenir". Creo que sin esta fuerte resolución es muy poco lo que se adelanta, en el periodismo como en otras empresas civilizadoras.
Concibo el diario como un promotor de ideas e ideales y supongo, además, que los maestros de las escuelas hayan enseñado a sus conciudadanos a leerlo.
Lo haría en formato menor ( como La Noticia doblada a la mitad ) Publicaría dos ediciones diarias de ocho a doce páginas: una matutina y otra vespertina. Lo daría muy barato: a cinco céntimos, con el propósito de que lo compraran todos y de que su influencia fuera incalculable.
La información interior y extranjera sería copiosa. Y haría cuanto me fuera dable por combatir este descuido moral contagioso de los periodistas al uso: informar sin estar seguros de lo que hacen, inclinándose más a la murmuración y a la calumnia que a la exactitud de las noticias. En las informaciones políticas, exigiría de los reporteros que refirieran lo que ha sucedido y no lo que los partidos quisieran que sucediera. Como Harding periodista, me agradarían más los informes que elogian que los que desprestigian; me placería que mis reporteros vieran más el lado bueno de las cosas que el que hiere las susceptibilidades ajenas. Desde luego, si en mi periódico se dieren informes falsos, se cometieren errores de hecho o de opinión, estaría pronto a rectificar con amplitud y lealtad. Norma: no hacer cargos sin oír a los acusados. El periodista de casta debe cultivar la equidad. Como que el diario en parte se funda para eso, para defender los intereses perdurables de la justicia y la libertad, bases políticas y espirituales de la patria.
Apruebo la veracidad y la honradez como lema de un diario bien constituido. Y añado: la fidelidad inquebrantable a esta consigna. A fin de que fuera fiel a la verdad y a la honradez, mi diario sería independiente, no estaría vinculado en modo alguno a partidos ni a sectas, ni a capitalistas, ni a gremios o compañías. No sería neutral, pero sí sería imparcial. En las controversias tomaría en cuenta el parecer de ambas partes. Decencia, equidad, magnanimidad, distintivos deben ser del periodista. Y que este gran bien se realice: que el periodista se de por convencido en sus opiniones cuando el caso llegue.
En el Código de los Editores Norteamericanos de Periódicos, hay dos mandamientos que satisfacen mucho: el que pide al periodista sinceridad y buena fe con sus lectores y el que le exige distinguir el artículo que informa de el que expresa opiniones. Como también el que le exige responsabilidad. El diario es un instrumento público al servicio del bien común y no de los intereses egoístas.
Es claro, sin libertad tampoco prosperan los diarios buenos. Y que haya libertad dentro de la casa que edita periódicos: que ni el Director ni los subalternos y colaboradores estén enganchados a esta causa o a la otra, ni de antemano se condenen a pensar así o asá. Huyan los aprendices de periodista de esta servidumbre nociva: la de opinar en todo caso como opina el Director del diario en que trabajan.
Haya en mi periódico varios redactores, mujeres y hombres preparados en estos estudios y en aquéllos, con el ánimo de evitar este problema moral: el caso del periodista de estaca, en funciones de Director y redactor exclusivo, obligado a hablar de todo, lo entienda o no, crea en ello o no. Porque mi diario trataría todas las cuestiones de importancia, al compás de los sucesos que transcurren. De los colaboradores exigiría el estilo breve y sencillo. Esto es, exigiría del periodista que se aparte de la garrulería fácil y engañosa; y pediría que se concentre, que corrija, que pula sus escritos. En Costa Rica los diarios inflan mucho los asuntos: con cualquier bobería rellenan columnas una semana completa, para solaz, o fastidio, de la clientela. La sobriedad es una bella condición en quien escribe para los diarios.
Juzgo que el diario debe completar la educación del ciudadano, dentro de la diversidad de asuntos que trate. Mi diario sería un divulgador asiduo de conocimientos útiles, de ideas nuevas, de valores y preocupaciones mundiales. Diversidad de amplitud en la divulgación sería mi norma.
Y por nada descuidaría la estética del diario: el aspecto del material -texto, ilustraciones, avisos- su armoniosa y atractiva distribución. Mi diario desecharía la literatura cursi.
Concibo, pues, el periodismo civilizador, el diario que aconseje a los trabajadores y que en ellos realiza una obra espiritual cuando lo lean en los ratos de ocio. Nada de enconos ni virulentas de lenguaje. Quiero un diario decente, pulcro, bien escrito, que hasta los niños puedan leer. No el diario que se ponga al servicio del escándalo, la ramplonería y la corruptela política. Nada de sensacionalismos, ni detalles de crímenes y vicios, incentivos para las bajas pasiones. Los remitidos serían abolidos en mi diario. Todo lo que engendre odios debe excluirse de la prensa. Ni escritos anónimos se publicarían. Antes bien, que el pueblo se acostumbre a ver al pie de los artículos que lea, la firma del que expone, opina o persuade. Por la firma el escritor, el hombre, la fe en él, la estimación por lo que dice. Por el publicista, sabríamos si hay sinceridad en lo que afirma, si está escribiendo lo que quiere escribir, si su opinión es la propia o le del capitalista, o la del gremio, o la de la compañía que se la paga. Por el escritor, sabríamos se escribe para complacer o adular a su clientela, o para educarla. Tal es -a mi juicio- el diario bueno: un guía de provecho del pueblo leedor, que lo compra y consulta para su provecho y no para su daño.
A propósito, hay tradición que recordar, y mantener: el primer diario oficial de Costa Rica se llamó Mentor Costarricense. El mentor guía, y también amonesta.
Y el mío tendría una brújula: hacia los intereses hispanoamericanos de preferencia. Y tendría un folletín escogido y le podría a menudo ilustraciones y caricaturas sociales y políticas. Destinaría una plana a la voz de los lectores; y al cable, un comentario. Me place el periódico que se alza por encima de las preocupaciones de la parroquia y divisa otros horizontes y recoge para sus lectores mensajes y aspiraciones de otros hombres y de nuestro tiempo.
Y no faltaría en él una revista de la prensa que enmiende errores y rectifique opiniones falsas y fuera como un curso de educación cívica y de lógica práctica para sus lectores.
Por fin, me regocija un diario que agite ideas, que sacuda indolencias mentales y políticas, inercias sociales, hostilidades, disimulos y cobardías.
De Ud. atto., y s.s.

J. García Monge.


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