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Carlos Monge Alfaro, su centenario

Alfonso Chase

La Prensa Libre

5 de enero 2009

 

Escribo sobre Carlos Monge Alfaro (1909-1979), en su centenario, y a los treinta años de su desaparición física. No fue, concretamente, mi profesor pero sí y para mi generación, un maestro y para algunos otros, es mi caso, mi amigo, pues siempre supo tener el tiempo para dialogar, contribuir a la discusión crítica y a proponer, y ayudar, en ideas sobre la cultura, durante sus largos 9 años en la Rectoría de la Universidad de Costa Rica, sobre todo en su idea de vincular a ella a los nuevos creadores que estaban llegando a esa casa de estudios, a partir de los primeros años de la década de los sesenta. Particularmente, en 1963, dio apoyo a la creación de un grupo de reflexión artística, dirigido por Lenín Garrido, llamado "Alguien Más", que puso sobre la mesa discusiones sobre arte, política social y sobre todo: apreciación de la cultura, bajo la cobertura del libro y la lectura, y la discusión activa de las ideas que estaban surgiendo en el mundo de esa época.

Don Carlos Monge era nuestro amigo, bonachón algunas veces, crítico otras. Pero siempre con un espacio abierto para que se discutiera de lo divino y lo humano con plena libertad y con la puerta de la Rectoría abierta para conversar sobre múltiples facetas de la historia, la literatura y los sucesos de actualidad. En mi concepto, era enciclopédico y lograba ver atisbos de coincidencia en cada uno de nosotros, y nos sugería lecturas, en mi caso la historia de Europa en el Siglo de las Luces, mucho sobre Rabelais y la de lo que en ese tiempo se llamaba "la formación del ideal moderno", todo eso contenido en libros, voluminosos, de la colección "La Evolución de la Humanidad" y las propuestas, teorías o estudios, del hoy olvidadísimo Henri Berr, de la síntesis de la historia, con su apéndice de 1952, que tan importante fue para nuestra formación humanística.

De Monge Alfaro se conocían sus lecciones en el Liceo de Costa Rica y la formación de lo que luego se llamaría la Generación del 48, sus aportes a los estudios de historia, de su vocación latinoamericana, su interés en despertar inquietudes en los estudiantes o amigos, del valor de la lectura en la formación autodidacta, su proyección como político socialdemócrata, sus opiniones como constituyente, su visión de la universidad como unidad central de cultura en la creación del país, la idea de extensión y difusión cultural, de crear una editorial como la del Fondo de Cultura Económica, de México, o la regionalización del sistema universitario, más sus opiniones personales sobre lecturas, por ejemplo: La región más transparente, de Carlos Fuentes, casi todo Asturias, su admiración por la obra pedagógica, política también, de don Juan José Arévalo, el ex presidente de Guatemala y, sobre todo Rubén Darío, Pablo Neruda, Humberto Díaz Casanueva o María Luisa Bombal, estos últimos chilenos.

Debemos también a él la lectura del informe de la Misión Chilena, que intentó reformar nuestra educación en 1936, con la discusión de los famosos tres tomos sobre sus propuestas, que tenían en german la fundación de la Universidad de Costa Rica, así como el análisis de la educación secundaria, en esa visión de la pedagogía humanista, que diera luego sustento a los Estudios Generales, como ejes de formación de los futuros profesionales.

Junto con Issac Felipe Azofeifa, el otro maestro, conocía la cultura contemporánea de manera profunda, no como hirsuto conocimiento, sino como algo que fluía de ellas para nosotros, en socráticos diálogos caseros, de mesa de café o de recodo improvisado, en aquel campus de los años sesenta, en donde se encontraban los ya famosos con los eruditos, los expresivos profesores con los lacónicos enseñantes, todo en una etapa que para mi siempre fue única, y sumamente creativa, pues en el esplendor de su madurez, aquellos hombres y mujeres de hecho habían construido este país, desde las aulas o en la vida cívica que les había tocado asumir.

Pero quizás sea de Carlos Monge Alfaro que entendimos que el valor de la cultura se asume, complementa o se une al de la política, pues él era un político real, no en las nomenclaturas sino en lo que escribía, hablaba o simplemente adecuaba como discurso, en las diversas ocasiones que le tocaba asumir su papel rector. Discrepo de quienes dicen que hubo un cambio abrupto en su pensamiento en los últimos años. Por mi propia experiencia no creo verlo así, sino que el mundo cambiaba como lo hacía nuestro admirado amigo, asunto que tengo claro al ver, oír y observar sus opiniones sobre los movimientos estudiantiles en Europa y en América Latina, la influencia de la primera etapa de la Revolución Cubana, la celebración del 50 aniversario de la Reforma de Córdoba, presente todo esto en sus discursos y artículos, que hoy lucen dispersos, en esa concepción en que la política y la cultura fueron su norte vital. Es obvio que su retiro de la Rectoría en 1970 marcó hondamente su pensamiento y pudo, libremente, expresar sus opiniones más hondas, como una vez dijo sabiamente don Francisco Amiguetti y como sucedería también con Issac Felipe Azofeifa o con el más joven don Víctor Arroyo. Todos ellos encontraron en los movimientos populares, democráticos y pluralistas, un espacio para hacer de la política una misión que siempre fue un norte en su vida. Murieron con el amor, el respeto y admiración de las generaciones más jóvenes que nos considerábamos sus discípulos y amigos. Por eso, en el caso particular de Carlos Monge Alfaro, se le recuerda en toda la extensión de su personalidad, su proyección cívico-política y como universitario, en esa fragua que fue su propia existencia.

http://www.prensalibre.co.cr/2009/enero/05/opinion04.php

 

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