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La cultura integral del hombre

Roberto Brenes Mesén

Costa Rica, 1874-1947

Los pobres de la tierra.org

¿Año?

 

Notas biográficas de Luis Ferrero:

No fue sólo teórico: su vitalidad traspasa para contagiar a los jóvenes y, a través de estos, llegar a la nación entera. Para la juventud de 1940 su figura era casi legendaria. Impresionaban su pulcro atuendo, su voz suave pero varonil y sus delicadas manos que Rubén Darío habría envidiado. De su persona emanaba una generosa fraternidad. Sus profundos conocimientos lo convirtieron en una de las figuras cumbres del pensamiento costarricense del siglo XX.

Innovó en la poesía, en la educación, en los estudios gramaticales. Señaló Norte al ensayo costarricense. En fin, se destacó como teórico y como creador.

Nació en San José en 1874. Realizó sus estudios en Costa Rica y Chile. Dedicó su vida a la enseñanza y desempeñó varios cargos públicos, entre ellos los de director de la. Escuela Normal de Costa Rica, Ministro de Educación Pública y embajador de Costa Rica en Washington.

Desde 1919 radicó en Estados Unidos donde profesó en las Universidades de Syracuse, en Nueva York y Northwestern, en Chicago. Se. jubiló en 1939, e inmediatamente viajó por los Estados Unidos, Guatemala y El Salvador dictando conferencias. En sus últimos años participó en una intentona revolucionaria contra el gobierno de Teodoro Picado. Murió en 1947.

Bajo su mentoría espiritual floreció el "idealismo espiritualista costarricense".

En su obra ensayística aún no recogida, se preocupó por ofrecer las razones para que el ser humano disfrute de una mejor vida materia como primer paso hacia una verdadera vida del espíritu. Por eso dedicó sus esfuerzos en los campos educativo y político a las consecuencias éticas (fraternidad y servicio), y, porque en su concepción metafísica, Filosofía es la Sabiduría del Amor.

Le interesó el hombre en su totalidad para que este cumpla la misión universal de civilizador. Esto lo llevó a proyectar la idea de América como continente que regenerará la política mundial. América refugio de una nueva humanidad que vivirá en paz y fraternidad, sin prejuicios raciales y donde se reconocerá al hombre por su valor intrínseco. Tal es el mensaje de sus ensayos "La cultura integral del hombre" y "Con los jóvenes del Centro para el Estudio de Problemas Nacionales", verdaderos hitos del pensamiento costaricense.




La cultura integral del hombre *

Simbólico es el nombre del Nuevo Mundo. No fue meramente una designación geográfica, sino la de un destino, la de una función en el desenvolvimiento orgánico de la civilización humana. Para cada Continente hay una época de esplendor. Y ahora que para Europa comienzan a descender las luces del crepúsculo se levanta la claridad de una nueva mañana para nuestra América. Una nueva civilización surgirá de su seno.

La función, de la de Europa fue desenvolver la razón mediante la inteligente adquisición del conocimiento. Racionalizó su política y su economía, su vida social y su ciencia; aun trató de racionalizar la religión y el arte. Mas como el hombre no es un ente de razón tan sólo, hace ya un medio siglo que esa civilización viene derrumbándose. Europa es víctima de su propia civilización; agoniza perseguida por el monstruo de frankestein que ella misma ha creado, un deshumanizado monstruo de intelecto sin corazón.

No será, pues, la función de nuestra América proseguir en la misma vía. Antes por el contrario, América habrá de reconocer como destino suyo el hacer florecer una civilización a base de la cultura integral del hombre. La emoción, el sentimiento, la intuición que sobre ellos descansa, —o como visión genial— y la voluntad demandarán de los métodos la misma enfática acentuación que el intelecto. Pues nos vamos dando cuenta de que el verdadero conocer, el bello, el útil, el permanente conocer es la obra de la totalidad de la vida, no únicamente del razonamiento. El conocer que no se entraña en el vivir jamás es sabiduría. La inteligencia, por sí sola, alumbra, pero no conduce.

La escuela en América tiene, por tanto, una tarea más hermosa que la de simplemente trasmitir la herencia del conocimiento de las generaciones que precedieron. No será la verdad su único objetivo; porque la verdad sin la belleza y sin la bondad, en la educación del hombre produce un desequilibrio ominoso. Es un error que se paga con el infortunio del individuo o con las guerras de las naciones. Cuando el sentimiento de la justicia falta, y carece de voz el derecho de nuestro prójimo, entonces la verdad, sin bondad y sin belleza, es inhumana, suele ser cruel. La belleza y la bondad en las acciones humanas hacen las veces de la justicia y del derecho. La bella arte que es el vivir del hombre realmente culto es, debe ser, objetivo prominente de la educación. No todo hombre necesita ser tejedor o carpintero, médico o sastre, impresor o abogado; pero cada hombre requiere la paz social, la amistad, o la comprensión, o la tolerancia de su semejante, la dicha de la comunidad en medio de la cual vive. Y nada de todo esto puede surgir de la razón aislada. Es la obra de la totalidad del ser.

Aquí tenemos un criterio para juzgar teorías, materias y métodos de educación. Buena es la teoría, buena la práctica, bueno el plan de estudios, bueno el método de educación que hace surgir el hombre superior en cada uno de los educandos. Porque la educación es desarrollo interior, no adquisición de nociones. Estudiar, observar, viajar sólo son medios.

La educación produce un cambio esencial en el hombre, o no es educación del todo. Ella tiende a dejar en descubierto la unicidad del individuo; y sólo en este sentido tiene valor la afirmación de Spencer al decir que su "objeto es la formación del carácter". En un cierto modo la educación es autoeducación, al lado de lo cual todo lo demás parece postizo, fugitivo, que se evade tras los exámenes, como los follajes al paso del otoño. Porque la espiritual función del educador ante el alumno es la de ayudarle a buscar el maestro verdadero y eterno dentro de sí. Ese maestro dentro del hombre que decía San Agustín, es el que pregunta en nosotros, el que investiga, el que origina ideas, el que hace descubrimientos; ese es el operario y el héroe, el poeta y el santo en cada uno de nosotros. El maestro fuera de nosotros no transfunde su cultura en el educando; ella tiene que elaborarse día a día en éste, es una individual creación que ha de permear toda la vida, porque siendo la cultura el sedimento de luz que deja una excelente educación, ella debe iluminar todas las palabras así como todas las acciones del hombre. El conocimiento se trasmite; pero es intrasmisible la cultura, porque ésta implica un refinamiento interior, una transformación lenta, pero total, de la vida íntima del ser. Ciertamente, puede el maestro suscitar el impulso creador de cultura suministrando ocasiones de experiencias internas de cultura, mas no trasegando los jugos de su conocimiento en la inteligencia del educando. Educar es inducir una expansión de la conciencia para hacer sentir más, percibir más, comprender más, pensar más, discernir más, hacer mayor uso de la voluntad, no como deseo, sino como querer, que es raíz de toda potencia. La educación expande; las ciencias y las artes son medio para obtener esa expansión. La cultura refina lo que la naturaleza da y la educación expande. Al diamante del genio la cultura no le da luz, sino ocasión de brillar.

No es, pues, la cultura el contenido de la educación, sino aquella superación del individuo que resulta de un refinamiento de la totalidad de su ser. El hombre culto sabe discernir los valores espirituales del arte y del conocimiento, porque lleva dentro de sí las normas que le han ido revelando sus ascendentes experiencias internas. Por eso las cosas de la inteligencia y del sentimiento, ciencia y arte, encuentran en él un justipreciador acatado, un crítico entendido, sin ser un erudito profesional. Y aunque se da cuenta de que los eruditos son los estanques del conocimiento, pero no los manantiales de donde fluye el agua viva, tiene respetuosa consideración por ellos.

Y en todos los climas sociales se produce la cultura. No es preciso escalar las grandes alturas universitarias o académicas para encontrar aquellos benéficos efectos de la cultura. Individuos de las clases menos privilegiadas sabrán juzgar y apreciar, y gozar las obras de la naturaleza o del arte, dentro de la esfera de sus limitaciones, como el crítico de arte o el pensador dentro de las suyas. La diferencia es de grado y hondura, no de esencia.

En el ambiente revolucionario de nuestro tiempo sólo una fe subsiste: la fe en la educación magnificada por la fuerza transformadora que a diario se le reconoce a ésta en todos los círculos de la actividad social de nuestra época. Sobre ella descansa la fe que se tiene en el progreso de las instituciones, cualquiera que sea la orientación que se les imprima. Las reformas emanadas de gobiernos, de grupos o de partidos mediante el anuncio y la propaganda se llevan a término, y entran estos medios en lo que se designa con el nombre de educación de las masas.

Difiere esta seudo-educación de la que hemos venido considerando hasta ahora, es que esa no se preocupa en manera alguna por el desenvolvimiento interno del individuo en la masa, sino por los resultados de conjunto a breve plazo. En tales circunstancias la escuela medianiza la originalidad saliente, sin levantar a los pequeños.

Son los maestros, sin embargo, los que destacándose de las muchedumbres y comprendiendo su función de mantenedores y defensores de los valores espirituales podrán contribuir al progreso de todas las instituciones humanas encaminadas al mejoramiento de la especie. Por medio de su amistoso y respetuoso contacto con los niños ponen en circulación el pensamiento y el sentimiento de los hombres de nuestro tiempo, así como todo lo noble y bello que se ha hecho y se ha pensado a lo largo de las edades.

Como la preocupación del siglo diecinueve fue la formación de las democracias, de las asambleas de ciudadanos, los maestros apenas recibieron la preparación indispensable para servir los intereses de las democracias, la uniformación de las turbas de votantes. Comprendemos hoy que eso no es bastante. Hay una cierta eternidad de aspiración en el hombre que es preciso evocar, y luego exaltar, a fin de que el hombre superior latente en el individuo se levante a tomar la dirección de su destino. Y tal empeño sólo puede acabarlo el maestro de intensa educación. No del que simplemente ha leído muchos libros y oído muchas conferencias, sino del que va haciendo su cultura a fuerza de vivir con intensidad su educación. De lo hondo del ser surge la sabiduría, que es la virtuosa esencia de la experiencia de la vida. Para descubrir la cual, no cuentan los años tanto como la disciplina y constante ejercicio del pensar.

Quienes no piensan por cuenta propia concluyen por ser hombres de color de niebla; ignoran que el hombre esculpe su imagen en todas las obras de la creación que se han detenido por algunos instantes en sus reflexiones. Una inteligencia incrustada de tradiciones, de convenciones, de opiniones hechas, de intolerancias y dogmatismos, como el río sembrado de grandes piedras, no permite la navegación de la visión trascendente. Preciso es que un constante pensar, ya metódico o ya tempestuoso, limpie de sirtes el entendimiento.

La generosa raza de maestros que Chaning desea para su país está en vías de hacer su aparición en nuestro Continente. No que no haya habido ya numerosos precursores, sino que la raza, como conjunto, apenas despunta. Los dioses ya tienen pronta la joya de nuestro destino para dejarla encomendada a sus manos y a sus cuidados.

Esta misión exige despliegue de talento, de entusiasmo y de labor, porque el maestro debe hallarse equipado para la investigación científica, ya sea en el departamento de las ciencias naturales o las político-sociales o ya en las ciencias del espíritu. Es esta búsqueda del conocimiento la que pone en juego las capacidades del individuo, la que las desarrolla y las fortifica, la que inspira la confianza en sí, la paciencia y la tolerancia hacia los demás investigadores. De esa suerte
se compenetra del espíritu científico, que es lo único real en la ciencia. No se está nunca perfectamente seguro de haber observado bien los hechos o los fenómenos, ni de haber analizado todos los hechos del grupo correspondiente, ni de que otros investigadores no hayan ido un poco más lejos que él. La ciencia es un constante fluir, está en un perpetuo devenir. El avance de las ciencias hace imposible la estabilidad objetiva de la ciencia. Lo que ayer fue ciencia ya no lo es hoy, y la de hoy no lo será mañana. El dogmatismo de la ciencia carece de fundamento y de razón de ser. Lo que es de inapreciable valor intelectual es, pues, la actitud del investigador en presencia de los fenómenos que estudia, lo que se llama el espíritu científico de los que van creando y transformando la ciencia. Y es esta actitud la que ha de cultivar el maestro, si aspira a dirigir la juventud de América a la posesión de su gran destino en el concierto de las civilizaciones.

Este espíritu científico acabará por curarle de esa indebida reverencia por los hechos que tanto se ha acentuado durante la última centuria, en particular en nuestros días; como si los hechos no fuesen fluidos, y fugitivos, e inasibles, como criaturas que son del pensamiento humano que los interpreta para acomodarlos a sus propósitos. El hecho es un instante en el perenne manar de todas las fuerzas y de todas las cosas del universo. En el mejor de los casos es como el canal de cal y canto por donde corren las aguas del río, que nunca contiene unas mismas aguas, o como el ojo de la ventana por donde nunca pasa dos veces un mismo rayo de luz.

La juventud de América deberá nutrirse de principios que son originadores de lo que llamamos hechos, por los cuales estos adquieren su sentido. El alma de todo método así como de toda disciplina es la vida animadora de los principios. Así, por ejemplo, el principio de analogía es de una fertilidad inexhausta. En las ciencias experimentales se ha aplicado siempre con éxito. La Clasificación Periódica de Mendeleyef ofrece un sobresaliente caso de aplicación de ese principio de analogía, mediante el cual se determinó el peso atómico de elementos químicos no descubiertos aún. Y en lo material así como en lo moral la fecundidad del principio continuará siendo de extraordinario precio.

La visión multilateral de los fenómenos o de las doctrinas para establecer juicios fedantes, la concentración del pensamiento para proporcionarle hondura o intensidad, la asociación de las ideas para su fácil retención y para el discurso, la disociación de las ideas para alcanzar la originalidad en las nuevas concepciones del pensamiento, la confianza en sí para la empresa de cualquier rango que ésta sea, son otros tantos principios que el maestro debe dominar a fuerza de práctica personal a fin de ofrecer a sus educandos un vivo ejemplo de lo que es el hombre culto.

Se comprende, pues, que la formación de los maestros y profesores determina el buen éxito de la educación de un pueblo. La Comunidad, y, por tanto, sus representantes, habrán de sentirse entrañablemente asidos a la educación de maestros y de niños; deberán darse cuenta de que no hay para las naciones un más alto interés que este de la educación, pues que sobre ella descansan su existencia material y su ser espiritual. Porque la nación, como Estado, es cosa del espíritu; de allí su trascendencia. Y cuando los pueblos comprenden que los más de sus infortunios derivan de su escasa o de su falsa educación no esquivarán la responsabilidad de los empréstitos para obras de educación en el sentido profundo de la expresión, —no en el de edificios de piedras y ladrillos—, como actualmente se hacen grandes empréstitos que dedican a la destrucción de cuanto el ingenio y el amor del hombre crearon. Entonces los educadores tendrán la precedencia sobre los improductivos tratantes de los negocios y de la política.

Mas no ha de aspirar el maestro a hacerse un especialista. Las especialidades nos hacen, en cierto modo, provincianos en un sentido intelectual, propenden a deshumanizarnos. En todo caso la especialización debería desposarse con el arte, porque éste, universalizando, espiritualiza, humaniza.

El libro Teorías educativas modernas de Boyd H. Bode está destinado a renovar y profundizar la preparación de los maestros de América que oyen ya en los aposentos de su vida interior los pasos que se aproximan de una nueva civilización en el Continente; maestros que desearían poder volcar el cristal del tiempo para sentir pasar de nuevo las arenas de su primera juventud al servicio de este ideal.

En éste podrán los educadores venir a buscar ya sea sus propios pensamientos fugitivos o las lecciones de otros de sus camaradas que se les han adelantado en el camino.

Hay avestruces que hunden la cabeza en los mares de arena de las cosas celestes. Ojalá que no se hallen en su compañía los maestros y profesores que nos lean.



* Prólogo al libro de Bode, Boyd H. Teorías educativas modernas. (México, s.f.e.).

 

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