Uri Avnery y Yasser ArafatUna catástrofe anunciada

Ya es oficial: el gobierno de Israel ha decidido asesinar a Arafat

Uri Avnery

Rebelión

17 de septiembre de 2003



Traducido para Rebelión por Conxi Mollà

Ya no hablamos de "exiliar". Ya no hablamos de "expulsar o matar". Hablamos simplemente de "eliminar". Por supuesto, la intención no es apartarlo a otro país. Nadie cree seriamente que Yasir Arafat levante las manos y deje que se lo lleven. Él y sus hombres serán aniquilados "durante el intercambio de fuego". No sería la primera vez.

Incluso si fuera posible expulsar a Arafat a otro país, ningún miembro del mando israelí lo haría ni en sueños. ¿Cómo es eso? ¿Y dejar que haga una ronda de visitas a Putin, Schroeder y Chirac? Dios lo prohibe. Por tanto, el plan es mandarlo al otro mundo.

Pero no inmediatamente. Los americanos lo prohiben. Bush se puede enfadar. A Sharon no le conviene hacer enfadar a Bush.

Algunas personas se consuelan con la idea de que se trata simplemente de una resolución vacía. Se supone que se implementará en un momento y de una manera todavía por decidir. La decisión que legitimiza su asesinato es en si misma un acto político de largo alcance. Con él se pretende que los israelíes y el público internacional se acostumbren a la idea. Lo que sonaba a un disparatado complot de fanáticos extremos tiene ahora un aire de proceso político legítimo, al que sólo le queda por determinar el tiempo y el modo de implementación.

Todo aquel que conozca a Ariel Sharon puede ver cómo se desarrollarán los acontecimientos a partir de ahora. Esperará su oportunidad. Puede que llegue de un momento a otro o, en una semana, un mes, un año. Es paciente. Cuando decide hacer algo no le importa esperar, pero no se apartará de su objetivo.

Así pues, ¿cuándo se llevará a cabo el asesinato planeado? Cuando se produzca un gran ataque suicida en Israel, uno de tal dimensión que una reacción extrema la entenderán también los americanos. O cuando ocurra algo en algún sitio para desviar la atención de nuestro país. O cuando algún drástico acontecimiento, algo comparable a la destrucción de las Torres Gemelas, haga enfurecer a Bush.

¿Qué ocurrirá después?

Los dirigentes árabes afirman que habrá "resultados incalculables", pero la verdad es que los resultados pueden calcularse perfectamente con antelación.

El asesinato de Arafat desencadenará un cambio histórico en la relación entre Israel y el pueblo palestino. Desde la guerra de 1973, los dos pueblos han ido aceptando la idea de un compromiso entre dos grandes movimientos nacionales. En los Acuerdos de Oslo, tras un proceso iniciado por Yasir Arafat prácticamente en solitario, los palestinos cedieron el 78% del país que se llamaba Palestina antes de 1948. Acordaron establecer su estado en el 22% restante. Únicamente Arafat tuvo la categoría moral y política necesaria para arrastrar al pueblo con él, igual que Ben-Gurión fue capaz de convencer a nuestro pueblo para que aceptara el plan de partición.

Incluso en las crisis más agudas desde entonces, los dos pueblos se han mantenido firmes en su creencia de que al final habrá un compromiso.

El asesinato de Arafat pondrá punto y final a esto, tal vez para siempre. Volveremos a la fase de "todo o nada": el Gran Israel o la Gran Palestina, lanzar a los judíos al mar o echar a los palestinos al desierto.

La Autoridad Nacional desaparecerá. Israel se apoderará de todos los territorios palestinos, con toda la tensión económica y humana que eso conlleva. La "ocupación de lujo", que dio carta blanca a Israel en los territorios, con el mundo pagando las facturas, habrá terminado.

Imperará la violencia. Será la lengua única de los dos pueblos. En Jerusalén y Ramala, Jaifa y Hebrón, Tulkarén y Tel Aviv, el miedo acechará las calles. Cada madre que envíe a sus hijos a la escuela será consumida por la preocupación hasta que vuelvan. Terror en un lado y otro, una espiral de violencia en constante crecimiento, una escalada automática e incesante.

El terremoto no quedará limitado a la zona entre el Mediterráneo y el Jordán. El mundo árabe entero hará erupción. Arafat, el shahid, el mártir, el héroe, el símbolo, se convertirá en un personaje mitológico de todo árabe, de todo musulmán. Su nombre se convertirá en una llamada a la lucha para todos los revolucionarios desde Indonesia a Marruecos, un eslogan para todas las organizaciones religiosas clandestinas.

La tierra temblará bajo los pies de los regímenes árabes. Comparados con Arafat, el héroe supremo, todos los reyes, emires y presidentes parecerán impropios, traidores y mercenarios. Si uno de ellos cae, el efecto dominó entrará en acción.

El derramamiento de sangre será universal. Cada objetivo israelí (cada avión, cada grupo de turistas, cada institución israelí) estará en constante peligro.

Los americanos tienen sus motivos para vetar el asesinato. Ellos saben que el asesinato de Arafat desestabilizará por completo su posición en el mundo árabe y musulmán. La guerra de guerrillas que se va extendiendo cada vez más en Irak se propagará por los árabes y otros países musulmanes y por todo el mundo en general. Cada árabe y cada musulmán creerá que Sharon actuó con el consentimiento y ánimo americanos, aún cuando haya habido la más mínima oposición verbal. La furia será dirigida hacia ellos. Una multitud de Bin Ladenes planearán venganza.

¿Es que Sharon no entiende todo esto? Por supuesto que sí. Puede que los don nadies políticos que constituyen el gobierno sean incapaces de ver más allá de sus narices, igual que generales de miras estrechas, cuya única solución es matar y destruir. Pero Sharon sabe cuáles serán probablemente las consecuencias, y le entusiasman.

Sharon quiere poner fin a este choque histórico entre el sionismo y el pueblo palestino con una decisión bien clara: sólido control israelí sobre el país entero y una situación que obligará a los palestinos a salir. Yasir Arafat es de hecho el "obstáculo total", tal y como se le ha definido en la resolución del gobierno, para la implementación de su plan. Y un período de anarquía y derramamiento de sangre vendrá bien para su implementación.

¿Y el pueblo de Israel? El pobre pueblo, con el cerebro lavado, desesperado y apático, no interviene. La silenciosa y sangrante mayoría se comporta como si todo esto no les afectara ni a ellos ni a sus hijos. Están siguiendo a Sharon como siguieron los niños al flautista de Hamelín, directos al río.

Este silencio atronador es catastrófico. Para prevenir esta catástrofe es nuestro deber romperlo.


Volver arriba
Lospobresdelatierra.org - Inicio