Los pueblos no comen vidrio

José Steinsleger

La Jornada - Rebelión

23 de julio del 2003

 

A medida que aumenta la inviabilidad y descrédito del pensamiento neoliberal, un par de espectros sacuden el espinazo de la política latinoamericana: el espectro de la izquierda "madura", "pragmática", "posible" (depurados engendros de perfil neomacartista) y el espectro de una izquierda radical que se conforma con explicar y denunciar las impurezas o limitaciones de la realidad para sentir que, en una de esas, los pueblos se alzan y hacen la revolución social.

Pero los pueblos no comen vidrio, término escogido para decir que no comen caca. Pues si la una "izquierda" (que en el fondo es derecha) vive del escepticismo amoral, de la vacilada perpetua y del cinismo ideológico, la otra insiste en apostar a revelaciones de franco cuño teleológico. En ambos casos, el denominador común se traduce en incongruencia y confusión. Ejemplos: el presidente de Chile es de "izquierda", el de Brasil "proletario", el de Venezuela "populista" y el de Argentina "burgués".

Así como a los poetas les desespera el encasillamiento en "ismos", los politólogos y analistas de la una y otra "izquierda" no pueden pensar sin esquemas prefijados. El resultado es un embrollo. El presidente Lagos (que sería de "izquierda") se comporta como un yes, sir del imperio; Chávez (que sería "demagogo") impulsa una política nacionalista y soberana; Lula (que sí es "proletario") se mueve como un político burgués del montón y Kirchner (que sin duda es "burgués") actúa de un modo incierto y disonante para quienes saquearon el país en el decenio de la rata, tan mimada en los centros financieros del poder real.

De los gobiernos de Lagos, Chávez y Lula circulan miles de estudios, investigaciones y ensayos desde antes, inclusive, de que asumiesen el poder. En cambio, parece difícil encasillar al nuevo gobierno argentino. ¿Quién es Kirchner? ¿Un político aggiornado del "populismo moderno"? ¿Un delfín encubierto del capitalismo salvaje? ¿Un caballo de Troya de la izquierda nacional? ¿Un bombero entrenado para diluir las potencialidades insurgentes de ciudadanos hartos de neoliberalismo tras el alzamiento popular que acabó con el gobierno de Fernando de la Rúa en diciembre de 2001?

En momentos en que los pueblos latinoamericanos asisten al triste espectáculo de presidentes y políticos elegidos democráticamente que en realidad son administradores del poder económico trasnacional y meros operadores de las oligarquías nativas, Néstor Kirchner ha recogido en las pocas semanas de su gestión más de 80 por ciento de apoyo político. ¿Será que los argentinos ven en Kirchner a un líder provisional "mezcla de Hipólito Irigoyen y Juan Domingo Perón"...? ¿ Será que, siquiera para volver a empezar, buscan devolver a la investidura presidencial la credibilidad perdida luego de la sentina en la que se convirtió Argentina durante el decenio de la rata?

No deja de ser curioso que en países donde tanto se habla de "cambio" y "transición" la gente se niega a votar porque huele feo y en Argentina, donde imperaba la consigna "que se vayan todos", la ciudadanía concurrió masivamente a las urnas para impedir el retorno del peor de todos. La lectura apresurada de los resultados fue tan confusa que, con el triunfo de la rata en la primera vuelta, llegó a decirse que los argentinos habían "perdido la memoria" cuando esa memoria estaba ahí, atenta y en vigilia. ¿No abandonó la rata el barco para evitar una derrota contundente en la segunda vuelta?

En los años 70, en el transcurso de una discusión con los montoneros, Perón les reprochó que al margen de la justeza de su causa, debían actuar con prudencia porque "los pueblos no aprenden con la misma celeridad que sus vanguardias". Los montoneros, que pasaban por un buen momento, prestaron oídos sordos a la lección y apretaron el acelerador hasta caer en el abismo. Lección que, según parece, también desoye la izquierda hipercrítica, es decir la que históricamente nunca pudo construir algo coherente porque siempre le faltan veinte para el peso y siempre gasta por un peso y veinte.

Hasta cierto punto, el mandato de Kirchner es producto del espíritu de dignidad nacional subyacente en las movilizaciones populares de 2001 y 2002. El siempre lúcido sociólogo argentino Atilio Borón decía que "nada se cambia en este mundo sin vencer poderosas resistencias, máxime cuando los perdedores en tales cambios son las clases dominantes" ( La Jornada, 25/5/03).

Como presidente de un Estado independiente y soberano, y en un contexto subregional que alegremente acepta la cesión de su soberanía para obedecer al imperialismo más agresivo de todos los tiempos, el presidente Kirchner marcha en la dirección correcta. ¿Apoyarlo equivaldría a incurrir en "kirchnerismo"? ¿O la izquierda hipercrítica, la izquierda antipolítica de los análisis incuestionablemente perfectos, teme quedar empantanada en el lodo del "populismo"?



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