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¿Podrán las ovejas aisladas oponer resistencia?

Rolando Rodríguez

Granma Internacional

Intervención en la Mesa Dos, en defensa de la integración de los pueblos, del Encuentro Mundial de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, Caracas, 2 al 5 de diciembre del 2004.

 

La integración de América Latina (I parte)

En América Latina se siente un temblor, un pálpito, de algo que está en vías de alumbramiento. Quizás sea por fin el sueño anhelado de Bolívar, de Martí, de Mella, de Fidel y, ahora, de Chávez: la creación de la Unión de América Latina, como lo que siempre debió haber sido, la Patria grande de todos nuestros pueblos al Sur del Río Grande. Lograr su integración es, sin duda, la tarea medular y concreta de los latinoamericanos del siglo XXI.

En 1925, un joven prócer cubano, Julio Antonio Mella, escribió en la cárcel y publicó en Venezuela Libre: "Ha pasado ya del plano literario al diplomático el ideal de la unidad de la América. Los hombres de acción de la época presente, sienten la necesidad de concretar en una fórmula precisa el ideal que, desde Bolívar hasta nuestros días, se ha considerado como el ideal redentor del continente". Mas, después de casi 175 años; esa unidad no ha podido concretarse. A todo lo largo de ese decurso nuestras burguesías y el imperialismo estadounidense se han encargado de dominarnos y balcanizarnos.

Han sido esas lastimosas burguesías, repletas de temores, ansiosas de migajas, lloronas e indispuestas, la palanca. El imperialismo estadounidense se ha conver-tido en succionador de nuestras riquezas. En esta hora, la necesidad de la sobrevivencia de nuestra identidad, y tentado estaría de decir que hasta de la física, nos impone la unión de nuestros pueblos. Resulta trágico cómo en una operación reduccionista, para anestesiar la posible rebeldía popular, y poder usufructuar los beneficios marginales que el imperialismo le dejaba, la burguesía se hizo cómplice de la fragmentación con vistas a acallar nuestras memorias o, de manipularlas, para quitarle el filo a la herencia que nos legaron nuestros padres: Bolívar se convirtió en estatua, Martí se volvió un lírico iluso, y para ocultar quedaron palabras, como aquellas del gran padre venezolano: "Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria" o las de Martí: "¿Y han de poner sus negocios los pueblos de América en manos de su único enemigo, o de ganarle tiempo, y poblarse, y unirse, y merecer definitivamente el crédito y respeto de naciones, antes de que ose demandarles la sumisión el vecino a quien, por las lecciones de dentro o las de afuera, se le puede moderar la voluntad, o educar la moral política, antes de que se determine a incurrir en el riesgo y oprobio de echarse, por la razón de estar en un mismo continente, sobre pueblos decorosos, capaces, justos, y como él, prósperos y libres?".

Ahora sí parece llegada la hora de que ese sea el derrotero de nuestros pueblos: unirse para vencer. Este es un momento de buscar la unión entre los movimientos sociales fuertes y los gobiernos que pretenden disentir de la hegemonía de Estados Unidos. No hace mucho el presidente Chávez dijo que este era un momento único que no podíamos dejar escapar y señaló: "Estamos viendo cómo vamos unos países en ayuda de otros, y eso es un paso muy grande en las condiciones del mundo. Nosotros solo queremos ser un ejemplo de un modelo alternativo, que se hizo con nuestras propias fuerzas, y lo vamos a lograr".

Goethe dijo que lo más importante en este mundo no era saber donde se estaba, sino hacia donde se iba. Como son los hombres los que hacen la historia, estamos en el punto de partida de la implantación de modelos alternativos a los vigentes y de integrar a nuestros países americanos. Nuestra región con pocas excepciones fue víctima, entre aleluyas y hosannas, del experimento catastrófico neoliberal que en menos de dos decenios se demostró como la experiencia más nociva vivida en dos siglos por nuestros pueblos. Al buscar otra manera de organizar nuestra sociedad, debemos pensar que solo es posible enfrentar el futuro si cada partícula de nuestra gran patria forma parte, de cara al porvenir, de un bloque sólido y natural que permita exponer sus aspiraciones con la vigorosa fuerza del conjunto. A esas fuerzas aplastantes que se dibujan en el futuro, sobre todo, América del Norte, Europa y Japón, ¿podrán las ovejas aisladas oponer resistencia para no ser recolonizadas? ¿Tendrán la menor capacidad de negociar con independencia y probabilidad de sobrevivir?

Basta mirar la realidad actual para percatarse de que no sería posible: el 48% de las mayores compañías y bancos del mundo son de Estados Unidos, un 30% de la Unión Europea y 10% de Japón. Es decir, casi el 90% de las más grandes corporaciones del mundo son estadounidenses, europeos o japoneses. Esto explica cómo Walmart pudo poner un supermercado en pleno Teotihuacán, a pesar de la oposición de los mexicanos.

Al pensar en la construcción de una alternativa válida de sociedad, no hablo de seguir ningún modelo particular sino de contradecir el neoliberal. Es imposible que la construcción de esa alternativa que permita la unión pueda erigirse sobre la base de la más infame distribución de ingresos, en que los países parecen partirse entre miserables y supermillonarios. Podemos apuntar que el FMI y el BID recomendaron reducir el gasto social. Como resultado de la operación neoliberal, en 1980 había en América Latina 120 millones de pobres y en el 2001 esa cifra estaba en 240 millones, o sea el 43% de la población. De esos, 93 millones están en la indigencia. Atilio Borón señalaba en un artículo que nadie tiene una brecha mayor que los países de nuestra región latinoamericana: la proporción de ingresos en 1995, del 1% más rico contra el 1% más pobre, era de 417 a 1 (66 363 a 159). ¿Bajo esas condiciones sería posible unir los pueblos?

Sin duda, todo el poder hegemónico del imperialismo se traducirá en una lucha por impedir que los subyugados indóciles se unan, y cómo se lograría sostener la lucha frente a este poder si no se cuenta con el respaldo del pueblo mayoritario y empobrecido. Los humildes de Cuba, junto a capas medias patrióticas, han sostenido la Revolución contra el asedio imperialista con las armas en la mano, porque se implantó una de las sociedades más igualitarias y justas que ha conocido posiblemente el mundo. Venezuela triunfa, porque de los cerros baja el respaldo de la revolución de Chávez. No se trata de propugnar ni uno ni otro modelo, pero sí el del logro de una verdadera democracia, mediante la justicia social, la mayor igualdad, el bienestar social, la libertad, así como la soberanía. Sobre esos horcones se puede y se debe erigir la integración de nuestro subcontinente.

Se nos propone el ALCA como el gran modelo neoliberal a seguir. La globalización posiblemente sea indetenible, pero no necesariamente la capitalista, que presupone incluso el hegemonismo de EE.UU. con sus oligopolios que quedarían por encima de la ley. Debemos mirar hacia lo que sucede en México con el campo y los campesinos, y multiplicarlo. En Doha, la reunión de la OMC acordó las reglas de la competencia en un mercado abierto y desregulado, y Samir Amín ha calculado que 20 millones de agricultores modernos sustituirían a 3 000 millones de campesinos, que hoy después de asegurar su subsistencia traen sus cosechas al mercado. Amir valora que aun suponiendo un improbable crecimiento industrial del 7% anual, solo se absorbería un tercio de estos. Nos preguntamos, ¿sobrarán estos 2 980 millones de personas? ¿Cuántos de estos serán de nuestro continente, inundado de los productos agrarios subsidiados de los grandes monopolios de Estados Unidos?

Si Estados Unidos está tan interesado en la promoción del ALCA es solo por la situación de su propia economía deficitaria. Solo apoderándose de los mercados americanos y conquistando los sectores financieros y comerciales de los países dependientes, puede bajar su déficit comercial. América, la América nuestra, es la presa codiciada. Incluso, el proyecto va más allá al plantearse la integración (léase dominación de las fuerzas armadas de la región). Es decir, la anexión a Estados Unidos.

 

 

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