Elecciones en Estados Unidos: su futuro y el nuestro

James Petras

La Jornada

2 de abril del 2004


Aristóteles definió la oligarquía como la polis en la que los menos eligen a quienes gobernarán sobre los más. Esa fórmula describe con exactitud las elecciones primarias y generales en Estados Unidos. En el estado de Nueva York, donde sólo 15 por ciento de los miembros del partido votaron en las recientes primarias demócratas, John Kerry ganó con 8 por ciento de los miembros registrados. En las elecciones generales de noviembre, 25 millones de electores (de un total de 50 millones) pueden decidir quién imperará sobre 280 millones de habitantes. La gran mayoría de negros, hispanos y trabajadores pobres no votarán, porque no perciben que el republicano George W. Bush o el demócrata Kerry atiendan los problemas que más afectan su vida. Como escribieron Jim Cason y David Brooks (La Jornada, 4/3/04), la campaña electoral se refiere a la lana, y la mayoría de los electores prefieren a Kerry porque se le considera capaz de vencer a Bush, el reaccionario en el poder.

El odio racional que muchos electores sienten por Bush tiene otro ángulo: una adhesión irracional a un reaccionario demócrata. John Kerry, el hombre más rico del Senado estadounidense, tiene vínculos con la gran banca y un historial de votación de iniciativas que cualquier conservador envidiaría. En política exterior critica a Bush y Donald Rumsfeld por no enviar suficientes soldados a Irak. Propone mandar más de 40 mil soldados para proteger a la autoridad colonial de ocupación, a su régimen títere "provisional" y los intereses petroleros estadounidenses. Apoya de manera incondicional la guerra de Israel contra los palestinos, el muro del apartheid de Ariel Sharon y la continuación de la ayuda militar anual de 3 mil millones de dólares a Tel Aviv. Ha declarado su respaldo al bloqueo económico y de viajes que impone a Cuba la mafia de Miami, pese a la oposición de importantes empresas, agricultores y empresarios turísticos.

En sus años en el Senado, Kerry ha sido vehemente partidario del libre comercio, la Organización Mundial de Comercio y el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Ha apoyado las guerras del gobierno de Bush contra Irak y Afganistán y su hostilidad hacia Siria e Irán. Jamás ha cuestionado el intento de Bush de derrocar al presidente Hugo Chávez en Venezuela, ni ha puesto en disputa el bloqueo de tres años impuesto por Bush-Noriega-Reich a Haití (sólo después del derrocamiento de Jean Bertrand Aristide y durante la reciente campaña electoral ha demandado una "investigación"). No ha abogado por ningún recorte al inflado presupuesto militar ni ha diferido de la belicosa postura de Bush hacia Corea del Norte o de sus políticas de provocación hacia Rusia (organizar bases militares en los Balcanes, en los países del Cáucaso y ahora en los del Báltico). Es probable que, gane quien gane las elecciones presidenciales, surja una nueva guerra fría.

En política interna, a John Kerry se le conoce como el senador Sí. Votó en favor de la represiva Ley Patriótica de Bush, de los recortes presupuestales para los ricos y la desregulación del sector financiero. Ha negado apoyo a cualquier plan nacional de salud de corte progresista, a la legalización de residentes mexicanos, a poner controles al capital especulativo, adoptar programas económicos sustanciales para los negros, planes de empleo con fondos públicos, legislación laboral progresista o cualquier protección al empleo. Su única propuesta de "reforma laboral" es obligar a los empleadores a dar aviso con tres meses de anticipación a los trabajadores que piensan despedir. El remedio que propone a la pérdida de 3 millones de empleos ocurrida en el gobierno de Bush es conceder mayores incentivos fiscales a los grandes consorcios que empleen trabajadores estadounidenses.

El historial de votación de iniciativas de Kerry y su actual plataforma electoral dan la fuerte impresión de que será otro "presidente de la guerra", tal vez con diplomáticos menos abrasivos y consultas más formales con los regímenes europeos. Continuará con las políticas económicas de mercado libre y de "derrama" de beneficios de los ricos a los pobres, promovidas por Bill Clinton y radicalizadas por Bush.

¿Dónde están la izquierda y los progresistas?

La abrumadora mayoría de los que en Estados Unidos pasan por progresistas, e incluso la izquierda, han adoptado la postura de "cualquiera menos Bush". La política del "mal menor" que conduce a un "mal mayor" es una conocida afición de los "progresistas" estadounidenses. Apoyaron a John Kennedy en 1960 y obtuvieron la guerra de Vietnam y por poco la tercera guerra mundial (con la crisis de los misiles). Apoyaron a Lyndon Johnson (como mal menor) y obtuvieron el envío de 500 mil soldados a Indochina, donde 58 mil perecieron. Apoyaron a James Carter y obtuvieron la segunda guerra fría. Apoyaron a Clinton y obtuvieron las invasiones de los Balcanes y el bombardeo de Belgrado. La historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. En contraste con demócratas del pasado como Kennedy, Johnson y Clinton, que después traicionaron a los electores, Kerry no promete la paz, una gran sociedad o un programa nacional de salud. Tampoco ofrece nada nuevo o innovador, sólo lugares comunes, oposición a Bush, y su historial de guerra personal. Su principal asesor en política exterior, Rand Beer, estaba hasta hace poco en el Consejo de Seguridad Nacional de Bush.

El apoyo de los progresistas a Kerry eliminará virtualmente a la izquierda como opción significativa en estas elecciones. Peor aún: debilitará cualquier protesta masiva como las ocurridas en Seattle en 1999, si no es que de plano las eliminará de la agenda política. El lema "cualquiera menos Bush" pondrá a los progresistas del lado de la guerra, el ALCA y la exclusión social. Por supuesto, Kerry hizo caso omiso de las manifestaciones pacifistas realizadas el pasado 20 de marzo. Y los progresistas participarán en el debate sobre la plataforma de campaña en la Convención Nacional Demócrata de Boston, pero será pura apariencia. Kerry no responderá a la pequeña minoría de delegados disidentes, sino a los mil acaudalados donadores que le proporcionarán los millones de dólares para financiar su campaña electrónica, destinada a obtener 25% del electorado que necesita para ganar.

¿Dónde nos deja todo eso a nosotros y a los movimientos populares de Estados Unidos y América Latina? En lo que a Estados Unidos se refiere, una pequeña minoría del electorado votará por candidatos progresistas (como Ralph Nader), la mayoría no votará, y una pluralidad capitulará y apoyará a Kerry, con lo cual abandonará la lucha por la paz y la justicia. En el año electoral 2004, la izquierda quedará vagando en la espesura.

Entre tanto, en América Latina 2004 ha empezado como un año de grandes confrontaciones: la exitosa intervención estadounidense en Haití y el derrocamiento del presidente Aristide y la intensificada campaña de desestabilización contra el presidente Chávez de Venezuela.

La ofensiva militar de Washington en 2004 tiene intensa oposición del exterior, no del interior. En Irak, Cuba y Venezuela, la presidencia de la guerra de Bush sufre profundas derrotas. La coalición de ocupación colonial en Irak ha perdido control de las principales ciudades: sólo la mercenaria policía local patrulla las calles de noche y padece fuertes bajas. Los soldados estadounidenses están en la periferia, por miedo de 90% de los iraquíes que se oponen con violencia a sus esfuerzos por fomentar los "conflictos internos". En lo político, si no en lo militar, Washington está perdiendo la guerra: el régimen títere provisional se derrumbará de inmediato una vez que se retiren las tropas ocupantes.

Cuba ha desarticulado con éxito la oposición interna subrogada de Estados Unidos, diversificado su comercio con empresas estadounidenses y preparado su sistema de seguridad contra provocaciones futuras de la banda Bush-Noriega-Reich.

En Venezuela, el presidente Chávez cuenta con el respaldo de millones de activistas y con la lealtad de las fuerzas armadas, y ha acelerado su programa de reformas sociales. La desestabilización financiada por Washington y los grupos violentos paramilitares ha sido repelida pero aún no eliminada. Pese a tres intentos fallidos por derrocar a Chávez, Estados Unidos persiste en una estrategia de violencia interna, guerra civil e invasión militar, con consecuencias impredecibles para toda América Latina.

Para los movimientos populares en Latinoamérica y Estados Unidos en su búsqueda de autodeterminación, justicia social y paz, las elecciones oligárquicas en Estados Unidos son un ruidoso espectáculo de los medios masivos que ofrece poca esperanza o inspiración. Para bien o para mal, el verdadero conflicto no es entre Bush y Kerry, sino de Bush-Kerry contra Chávez, Castro y el pueblo iraquí. El futuro de los oligarcas del mundo depende del resultado de las elecciones estadounidenses; el de la humanidad radica en que tengan éxito la resistencia en Irak, Cuba, Venezuela y el resto de los movimientos populares del tercer mundo contra cualquiera de los dos candidatos oligárquicos que triunfe en noviembre.

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