Eduardo GaleanoCuba duele

Eduardo Galeano

24 de abril del 2003

Las prisiones y los fusilamientos en Cuba son muy buenas noticias para
el superpoder universal, que está loco de ganas de sacarse de la
garganta esta porfiada espina. Son muy malas noticias, en cambio, noticias
tristes que mucho duelen, para quienes creemos que es admirable la
valentía de ese país chiquito y tan capaz de grandeza, pero también creemos
que la libertad y la justicia marchan juntas o no marchan.

Tiempo de muy malas noticias: por si teníamos poco con la alevosa
impunidad de la carnicería de Irak, el gobierno cubano comete estos actos
que, como diría don Carlos Quijano, "pecan contra la esperanza".

Rosa Luxemburg, que dio la vida por la revolución socialista,
discrepaba con Lenin en el proyecto de una nueva sociedad. Ella escribió
palabras proféticas sobre lo que no quería. Fue asesinada en Alemania, hace 85
años, pero sigue teniendo razón: "La libertad sólo para los partidarios
del gobierno, sólo para los miembros de un partido, por numerosos que
ellos sean, no es libertad. La libertad es siempre libertad para el que
piensa diferente". Y también: "Sin elecciones generales, sin una
libertad de prensa y una libertad de reunión ilimitadas, sin una lucha de
opiniones libres, la vida vegeta y se marchita en todas las instituciones
públicas, y la burocracia llega a ser el único elemento activo".

El siglo XX, y lo que va del XXI, han dado testimonio de una doble
traición al socialismo: la claudicación de la socialdemocracia, que en
nuestros días ha llegado al colmo con el sargento Tony Blair, y el desastre
de los estados comunistas convertidos en estados policiales. Muchos de
esos estados se han desmoronado ya, sin pena ni gloria, y sus
burócratas reciclados sirven al nuevo amo con patético entusiasmo.

La revolución cubana nació para ser diferente. Sometida a un acoso
imperial incesante, sobrevivió como pudo y no como quiso. Mucho se
sacrificó ese pueblo, valiente y generoso, para seguir estando de pie en un
mundo lleno de agachados. Pero en el duro camino que recorrió en tantos
años, la revolución ha ido perdiendo el viento de espontaneidad y de
frescura que desde el principio la empujó. Lo digo con dolor. Cuba duele.

La mala conciencia no me enreda la lengua para repetir lo que ya he
dicho, dentro y fuera de la isla: no creo, nunca creí, en la democracia
del partido único (tampoco en Estados Unidos, donde hay un partido único
disfrazado de dos), ni creo que la omnipotencia del Estado sea la
respuesta a la omnipotencia del mercado.

Las largas condenas a prisión son, creo, goles en contra. Convierten en
mártires de la libertad de expresión a unos grupos que abiertamente
operaban desde la casa de James Cason, el representante de los intereses
de Bush en La Habana. Tan lejos había llegado la pasión libertadora de
Cason que él mismo fundó la rama juvenil del Partido Liberal Cubano, con
la delicadeza y el pudor que caracterizan a su jefe.

Actuando como si esos grupos fueran una grave amenaza, las autoridades
cubanas les han rendido homenaje, y les han regalado el prestigio que
las palabras adquieren cuando están prohibidas.

Esta "oposición democrática" no tiene nada que ver con las genuinas
expectativas de los cubanos honestos. Si la revolución no le hubiera hecho
el favor de reprimirla, y si en Cuba hubiera plena libertad de prensa y
de opinión, esta presunta disidencia se descalificaría a sí misma. Y
recibiría el castigo que merece, el castigo de la soledad, por su notoria
nostalgia de los tiempos coloniales en un país que ha elegido el
camino de la dignidad nacional.

Estados Unidos, incansable fábrica de dictaduras en el mundo, no tiene
autoridad moral para dar lecciones de democracia a nadie. Sí podría dar
lecciones de pena de muerte el presidente Bush, que siendo gobernador
de Texas se proclamó campeón del crimen de Estado firmando 152
ejecuciones.

Pero las revoluciones de verdad, las que se hacen desde abajo y desde
adentro como se hizo la revolución cubana, ¿necesitan aprender malas
costumbres del enemigo que combaten? No tiene justificación la pena de
muerte, se aplique donde se aplique.

¿Será Cuba la próxima presa en la cacería de países emprendida por el
presidente Bush? Lo anunció su hermano Jeb, gobernador del estado de
Florida, cuando dijo: "Ahora hay que mirar al vecindario", mientras la
exiliada Zoe Valdés pedía a gritos, desde la televisión española, "que le
metan un bombazo al dictador". El ministro de Defensa, o más bien de
Ataques, Donald Rumsfeld, aclaró: "Por ahora, no".

Parece que el peligrosímetro y el culpómetro, las maquinitas que eligen
víctimas en el tiro al blanco universal, apuntan, más bien, hacia
Siria. Quién sabe. Como dice Rumsfeld: por ahora.

Creo en el sagrado derecho a la autodeterminación de los pueblos, en
cualquier lugar y en cualquier tiempo. Puedo decirlo, sin que ninguna
mosca me atormente la conciencia, porque también lo dije públicamente cada
vez que ese derecho fue violado en nombre del socialismo, con aplausos
de un vasto sector de la izquierda, como ocurrió, por ejemplo, cuando
los tanques soviéticos entraron en Praga, en 1968, o cuando las tropas
soviéticas invadieron Afganistán, a fines de 1979.

Son visibles, en Cuba, los signos de decadencia de un modelo de poder
centralizado, que convierte en mérito revolucionario la obediencia a las
órdenes que bajan, "bajó la orientación", desde las cumbres.

El bloqueo, y otras mil formas de agresión, bloquean el desarrollo de
una democracia a la cubana, alimentan la militarización del poder y
brindan coartadas a la rigidez burocrática. Los hechos demuestran que hoy
es más difícil que nunca abrir una ciudadela que se ha ido cerrando a
medida que ha sido obligada a defenderse. Pero los hechos también
demuestran que la apertura democrática es, más que nunca, imprescindible. La
revolución, que ha sido capaz de sobrevivir a las furias de 10
presidentes de Estados Unidos y de 20 directores de la CIA, necesita esa
energía, energía de participación y de diversidad, para hacer frente a los
duros tiempos que vienen.

Han de ser los cubanos, y sólo los cubanos, sin que nadie venga a meter
mano desde afuera, quienes abran nuevos espacios democráticos, y
conquisten las libertades que faltan, dentro de la revolución que ellos
hicieron y desde lo más hondo de su tierra, que es la más solidaria que
conozco.

 

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