Frei BettoEducación y fascinación de la fama

Frei Betto

ALAI, América Latina en Movimiento

27 de agosto del 2003


Revestir a una persona de fama precoz es correr el riesgo de destruirla. Ni siquiera a los adultos les resulta fácil lidiar con pérdidas. Todos construimos una autoimagen, adornada de funciones, poses, talentos y relaciones familiares y sociales. Basta con que uno de esos aspectos quede desdibujado para que se introduzca la inseguridad.

Por eso el desempleo, que aumenta con las políticas neoliberales, es tan humillante. Se pierden la identidad social, la calidad de vida, la seguridad en cuanto a la sobrevivencia de la familia. ¿Se fijó cuando le presentan a una persona? No basta con saber su nombre. Tenemos curiosidad por conocer qué hace, en qué trabaja. (Dice el dicho que en São Paulo se le pregunta a una persona en qué trabaja para saber cuánto gana; en Minas Gerais cuál es su apellido para saber si es de buena familia; y en Rio de Janeiro lo mejor es no preguntar nada, para no dar pie a confusión).

La falta de empleo es como el suelo que se abre bajo los pies. Se entra en depresión. Porque empleo significa salario, el cual, a su vez, representa la posibilidad de alquiler de vivienda, alimentación, salud, educación, etc.

Hay padres que meten en sus hijos falsos ideales: destacar como modelo en una pasarela, llegar a ser deportista de élite, alcanzar la fama como actor o actriz. El sueño se congela en ambición y el niño pasa a darse una importancia ilusoria. Aunque logre alcanzar dos minutos de fama, como decía Andy Warhowl, los tiempos de vacío en la sala de espera son infinitamente mayores que los momentos de aplausos.

El adolescente cae en el estrés para tratar de alcanzar esa expectativa. Debe probarse a sí mismo y a los demás que es capaz, que es el mejor, o la más encantadora e inteligente. Y pasa a vivir, no en función de los valores que posee, sino de la mirada de los demás. Convencido de que es el supremo –es incapaz de enfrentar el desmoronamiento de su castillo de arena- recurre al sueño químico, al viaje onírico, al arrullo de las drogas.

La familia, perpleja, se pregunta: ¿cómo fue posible? ¡Él, tan inteligente! Pues fue posible porque la familia confundió brillantez con seguridad. Lo consideró un adulto precoz. Exigió que volara quien todavía no tenía crecidas las alas. Dejaron de darle atención, mimos, cariño. Los diálogos en casa pasaron al campo de la mera funcionalidad: ingresos, compras, viajes, problemas escolares, pequeñas exigencias de la administración de lo cotidiano.

La construcción de la personalidad es un juego de relaciones y comparaciones, arte mimético de abrazar como modelo a quien merece nuestra admiración. Hoy las figuras paradigmáticas no se destacan por el altruismo de los iconos religiosos (Jesús, María, José, Francisco de Asís…) o de personalidades como Gandhi, Luther King o Teresa de Calcuta. La estética del consumo rechaza la ética de los valores.

Familias y escuelas debieran educar a sus alumnos para manejar pérdidas. Al final mueren no sólo las personas, sino también los sueños, los proyectos, las posibilidades. Los medios debieran destacar a las personas altruistas. Pero ¿cómo esperar que se enfatice la solidaridad en un mundo regido por la competitividad? ¿Cómo hablar de modestia en tiempos de exhibicionismo? ¿Cómo valorar el compartir si todo gira en torno a la lógica de la acumulación?

Las drogas no se transformaron en la peste del siglo sólo por culpa del narcotráfico. Ellas son una quimérica tabla de salvación en esta sociedad que relativiza todos los valores y hace fiesta hasta de la tragedia humana. No se culpe, indagando dónde se equivocó usted, como profesor o como padre/madre. Pregúntese por los valores de la sociedad en que vive. Y en lo que hace para cambiarlos.

Traducción de José Luis Burguet.

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