"Nuevas y grandes batallas nos esperan"

Sara Más

granma.cu

8 de junio del 2003


Nuevas y grandes batallas nos esperan

Aseguró Fidel en la mañana del sábado durante una concentración a la
que asistieron cerca de 7 000 personas en la capital

SARA MÁS

Tenemos que estar preparados, porque nuevas y grandes batallas nos
esperan, afirmó en la mañana de este sábado el Comandante en Jefe Fidel
Castro, ante cerca de 7 000 personas que asistieron a la Tribuna Abierta
celebrada en el área deportiva de la escuela primaria Alfredo M. Aguayo,
en el municipio de 10 de Octubre, en Ciudad de La Habana.

Fidel intervino brevemente al término del acto y ante la insistencia de
los allí congregados, que una y otra vez le pidieron que hablara.
Debemos estar tranquilos, calmados, porque a los imperialistas yankis se les
ha añadido una pandilla, una mafia conocida por allá que está sirviendo
bochornosamente al gobierno nazi fascista de Estados Unidos, dijo el
Presidente cubano, micrófono en mano y muy cerca del público, parado en
la escalera del escenario y sin subir a la tribuna.

Baste con esto -agregó- para señalar que en los próximos días habrá que
hablar mucho y desenmascarar a muchos.

Varios reclamos se escucharon en el acto, de voz de cubanos y cubanas
de diferentes generaciones que abogaron por la eliminación de la Ley de
Ajuste Cubano, el cese del bloqueo genocida y la eliminación de la
cruel guerra económica que mantiene Estados Unidos contra Cuba hace 40 años
y por la liberación de los Cinco Héroes Cubanos Prisioneros Políticos
en la nación norteamericana. Entre el público estaban también esposas y
madres de esos jóvenes: Antonio Guerrero, Gerardo Hernández, Fernando
González, Ramón Labañino y René González.

Esos cinco combatientes guardan injusta prisión por el solo hecho de
luchar contra el terrorismo y mucho se tergiversa sobre ellos, afirmó el
joven Lao Ernesto Pérez Caballero, maestro emergente, quien también
exigió respeto para el pueblo cubano, incansable defensor de la dignidad y
la soberanía.

La fuerza y el deseo de ese mismo pueblo que seguirá luchando para que
su verdad llegue a cada rincón de este mundo, animaron las
intervenciones de las pioneras Carmen María Tomé Pino y Yanet González, la futura
instructora de arte Danais Yera, el médico de familia Yunior Luis
Pulido, la jubilada María Teresa Malmierca y de Lorenzo Londaitsbehere,
presidente del Consejo Popular de Santos Suárez.

También vibró la plaza con el arte y la emoción de los artistas, esta
vez el grupo folklórico gallego Ponte Pedrina, el coro Diminuto del
Conservatorio Alejandro García Caturla, los trovadores Marta Campos,
Enriquito Núñez y Eduardo Sosa, el actor Carlos Ruiz de la Tejera, las
agrupaciones Esencia y Éxtasis, y el Grupo Moncada.

Una jornada negra para la justicia norteamericana

Culpables por combatir el terrorismo

Miami, el cubil del terrorista Orlando Bosch, refugio de asesinos,
ladrones, traficantes de personas y base de la contrarrevolución, era el
sitio macabro para la ejecución judicial, en una de las tantas
violaciones a la Constitución de los Estados Unidos, que ampara el derecho a una
sede imparcial para la celebración de un juicio

ORLANDO ORAMAS LEÓN

El 8 de junio del 2001 podrá ser recordado como una jornada negra de la
justicia norteamericana. El veredicto de culpables dictado contra cinco
cubanos cuyo único propósito era combatir y prevenir el terrorismo
llenaba de júbilo hilarante y revanchista a victimarios y mafiosos, a
contrapelo de las tradiciones y sentimientos del pueblo norteamericano.

No se sabían aún las condenas contra Tony, Fernando, Gerardo, Ramón y
René, pero la atmósfera mediática de terror, la complicidad fiscal con
los verdaderos criminales y el odio insaciable contra la Revolución
Cubana hacían prever lo que vendría después.

La farsa apenas podía esconder el entarimado inquisitorio en el que se
pretendía condenar a todo un pueblo que ha sabido resistir de pie, a lo
largo de su historia, las pretensiones imperiales de doblegarlo.

Miami, el cubil del terrorista Orlando Bosch, refugio de asesinos,
ladrones, traficantes de personas y base de la contrarrevolución, era el
sitio macabro para la ejecución judicial, en una de las tantas
violaciones a la Constitución de los Estados Unidos, que ampara en una de sus
enmiendas el derecho a una sede imparcial para la celebración de un
juicio.

Desde la prensa se martillaba a la opinión pública con bombas de
mentira para prejuiciar y metrallas de silencio para engañar. Un jurado
amañado, desinformado y bajo colosal presión decidía en jugada cantada y de
puro trámite por la atmósfera enrarecida miamense.

Terroristas y narcotraficantes disfrazados de ovejas fueron los
testigos de cargo de la fiscalía, pero fueron puntualmente desenmascarados por
la defensa. La justicia estadounidense debería avergonzarse algún día
de ello. "La fiscalía no busca justicia, sino ganar el caso, sea como
sea, pase lo que pase", escribió Ramón Labañino -uno de los cinco, que
precisamente este lunes celebra su cumpleaños 40, el quinto tras las
rejas de la injusticia- al respecto.

Gerardo Hernández, otro de los luchadores antiterroristas, en carta a
su familia, dejaba para la historia el testimonio de las sucias
maniobras cuando refrendaba que primero quisieron comprarlos, luego
intimidarlos y finalmente doblegarlos. Los meses confinados en el hueco, la
incomunicación con familiares y abogados, las vejaciones, en fin, todo el
instrumental de a quienes solo les asiste, huérfanos de ideales y razón,
la fuerza bruta de la barbarie.

El largo glosario de ataques contra Cuba por organizaciones que han
contado, por lo menos, con la complicidad de las autoridades de aquel
país, era desestimado por la jueza Lenard. Pero no tuvo reparos en otorgar
al libelo de la mafia, El Nuevo Herald, acceso a la documentación del
proceso. Al mejor estilo del Tercer Reich se repetía la mentira y
distorsionaba la verdad.

Espías, era la palabra. Se ocultaba así el sacrificio de quienes tenían
como misión de la Patria salvaguardarla de los planes y agresiones
criminales que escogían blancos civiles para matar a mansalva. Quedó bien
claro por los abogados de la defensa, y en los propios alegatos
pronunciados más tarde -en diciembre-, durante las respectivas vistas de
sentencia de quienes era injustamente declarados culpables que la seguridad
nacional de Estados Unidos nunca estuvo en peligro, sino más bien
protegida por el desempeño de nuestros Cinco Compatriotas.

"Que sepan los señores fiscales que la única sangre que podría haber en
estas manos es la de mis hermanos caídos o asesinados cobardemente en
las incontables agresiones y actos terroristas perpetrados contra mi
país por personas que hoy caminan tranquilamente por las calles de esta
ciudad, declaró con gallardía Gerardo.

Fernando González denunciaba a su vez la complicidad de la mayor
potencia del mundo: "La mayor parte de los cubanoamericanos que hoy, 40 años
más tarde, se mantienen activos en su accionar terrorista contra Cuba,
son bien conocidos por los organismos de seguridad de los Estados
Unidos porque ellos pertenecieron y de ellos aprendieron el manejo de los
medios técnicos y los métodos de trabajo".

"Una de las formas posibles de impedir los actos brutales y
sangrientos, de evitar que el sufrimiento creciera con más muertes, era actuar en
silencio.

No quedó otra alternativa que contar con hombres que -por amor a una
causa justa- estuvieran dispuestos a cumplir, voluntariamente, ese
honroso deber contra el terrorismo. Alertar del peligro de agresión". Así lo
explicaba Antonio Guerrero a los oídos sordos del jurado.

"...hemos dedicado nuestras vidas a luchar contra el terrorismo, a
evitar que actos tan atroces como estos ocurran; hemos tratado de salvar la
vida de seres humanos inocentes no sólo de Cuba sino del propio Estados
Unidos; hoy estamos aquí en esta Sala para que se nos condene
precisamente por evitar actos como estos. ¡Esta condena no puede ser más irónica
e injusta!, denunciaba Ramón.

El 8 de junio del 2001, rayando las cuatro de la tarde, y tal como
preconizara el jefe del FBI, muy ligado a la mafia, se dictada el veredicto
de culpabilidad que daba continuidad al amañado proceso. Se corroboraba
la certeza de Ramón.

La ironía volvería a ser ratificada pocos días después. John Ashcroft,
el secretario de Justicia estadounidense, visitaba Miami y se
congratulaba de los resultados del proceso en fraternal almuerzo con siete
connotados terroristas de la mafia anticubana. Esa noche, cual colofón,
cenaba con el capo mayor, Más Santos, el heredero de la FNCA y financiero
de la ola de atentados terroristas preparada por Luis Posada Carriles
contra instalaciones turísticas cubanas.

Las manos que ese día el señor Ashcroft estrechó sí estaban manchadas
de sangre. No podía ser más injusto e irónico, como adelantaba Ramón, el
juicio que culpó, a sabiendas, a quienes entregaron lo mejor de sí para
impedir el terrorismo. El recuerdo imborrable de las humeantes torres
gemelas de Nueva York refuerzan la ironía y reafirman el trasfondo
político de la farsa.


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