Carmen Naranjo, Jardín de asceta

Aurelia Dobles

Suplemento Áncora, La Nación, Costa Rica

4 de abril del 2004

Reproducido con el gentil permiso de Aurelia Dobles



Por el sendero avanzan a nuestro encuentro los torsos desnudos y misteriosamente pintados de colores. Hay que levantar la cabeza para verles la melena ondeando al sol, a los pájaros, a las ardillas y al viento. Más abajo, los esbeltos seres a la entrada de la finca Olo se dejan rozar por arbolillos de café exánimes después de la cosecha.

Carmen Naranjo les acaricia los torsos a los orgullosos eucaliptos y lucubra cómo se podrían llevar al papel sus tonos veteados.

Empero, su árbol favorito en aquella estancia rural donde la visitamos es un octogenario nogal declarado patrimonio ecológico. "Te voy a regalar hijitos de este", comienza su caudal de obsequios esa mañana, de los cuales el mejor resulta el verla espiritual, leve como un habitante más de los bosques, ágil a sus más de 70 años y con una paz que contagia. La prolífica escritora de poemas, ensayos, cuentos, novelas, otrora ministra de cultura, embajadora en Israel, directora del Museo de Arte Costarricense y de EDUCA, y me olvido algunos otros cargos destacados; el suyo verdadero es el de creadora. Una mujer indispensable en el acontecer de nuestro país en la segunda parte del XX.

Es como si esa espiritualidad le hiciera honor al significado de su nombre: Carmen es canción, jardín o flor... Su influjo creador conjuró también ese sencillo refugio entre árboles, donde la cabaña y sus enseres rezuman el alcance de una vida de asceta, sabia y dichosa.

"Los jóvenes están haciendo maravillas. Hay una renovación total de tipo creativo y es raro con el consumismo que tenemos. Ellos han logrado incluirse en un mundo creativo."

Por aquello de las metáforas que las fotografías concretan, nos zambullimos en una antigua piscina sin agua: la vamos a llenar de los pensamientos de una costarricense de las que ya no se dan pero ni en maceta.

En la cabaña, la mesa con mantel de cuadros azules y blancos bendice los alimentos y a los escritos de Carmen bajo la lámpara. Allí mismo nos sirve café y biscochos Julia, la asistenta de la escritora, una vecina de San Pedro de Poás a quien Carmen ha alfabetizado como a otros coterráneos, y a quien hasta le va a publicar un poemario dedicado a la luna y el mar, en esas publicaciones alternativas que como una red tejen mujeres activas de sus talleres literarios.

Aurelia Dobles: Según el poema de Kavafis, que hoy publicamos en La esquina del poema, ¿llegaste a Ítaca, o a cuántas Ítacas has llegado?

Carmen Naranjo: Llegué, gozosa, feliz, llena de riqueza espiritual, tal y como promete Kavafis, uno de mis poetas favoritos...

-¿Y ese viaje por la creación, por la vida, cómo lo ves ahora?

-No sé por qué, pero debo tener algo de mágica, de liderato, no sé qué tengo, pero lo mejor es como me quiere la gente, y me lo demostraron en la entrega reciente de mi libro Por Israel y por las páginas de la Biblia (editorial Promesa).

-¿Qué significó ser mujer en el poder, con poder?

-Te digo una frase muy trillada: sentirme al servicio del país, llena de responsabilidades y sin derecho a ningún privilegio. Me sigo sintiendo al servicio del país, sobre todo de su pueblo, y felizmente no he necesitado ningún privilegio: vivo con mi pensión de 300.000 colones y de los derechos de autor...

-Tu poder residió mucho en el hecho de ser una mujer de palabras tomar.

-Siempre he creído en eso: al toro por los cachos y al ser humano por la palabra. No entiendo a la gente que usa mucho la palabra que está de moda, transparencia, para ser lo más opacos posibles: cuando oís que la usan, más bien pensás qué estarán ocultando. Duele ver palabras bellas tan mal usadas: hay que revitalizar el idioma y volver a darle el sentido que tenía.

-¿Qué harías si hoy te desenvolvieras en el ámbito político?

-No creo que cometa ese pecado mortal de volver a la política. En cierto sentido, nunca he estado en política, aunque hice tres leyes fundamentales. La corrupción hace que en este país, como decía Shakespeare, algo huela mal en Dinamarca; aquí huele hediondo.

-¿Qué ha pasado en Costa Rica con la clase media que retrataste en tus obras?

-Hay una cosa que me extraña: cómo tuve la intuición de hablar de consumismo y burocracia en Los perros no ladraron (1976), cuando entonces nadie hablaba de eso, y ahora es un tema corriente en la literatura. Aquí están pasando cosas muy serias y no creo que se deba a la llegada de extranjeros: nosotros siempre nos hemos enriquecido con las migraciones, y somos producto de las migraciones. Pero hay tal corrupción en el país, que se traen asesinos y gente que haga el trabajo sucio. A veces siento que Costa Rica es un país que ya no existe, y solo existe en parcelas quen han conservado sus costumbres solidarias; por ejemplo, en esta calle un muerto es un muerto de todos, y la gente se propone ayudar para enterrarlo.

-¿Seguimos vendiendo la lluvia, como en tu cuento?

-Uno de mis cuentos más famosos y traducido a muchos idiomas y título de las antologías... Hace rato que vendimos la lluvia. Creo que el TLC va a ser la ruina absoluta de este país. Ya lo hemos visto en Argentina, Bolivia, Ecuador, cómo nacionalizan los servicios para explotarlos y cuando quedan inútiles o los abandonan o los venden al mejor postor, como el ferrocarril en Argentina.

-Tenés aquí en la pared cerca de tu cama una colección de cruces. Hablemos de la figura de Jesucristo...

-No soy religiosa, soy agnóstica, pero las enseñanzas de Cristo me parecen tan hermosas, tan bellas, casi te diría tan comunistas... Siempre he contado que mi papá era muy católico y yo hice la primera comunión vestida de Santa Teresa, con todo el hábito roto y descalza, y veía a las chiquitas todas vestidas de blanco con azucenas; a los seis años me dije que en religión todo es una farsa y todo eso disfraces: me mandaban a la iglesia pero yo le daba la vuelta por fuera... Pero a Jesús sí lo rescato porque su pensamiento y su actitud es en favor de los seres humanos y me parece la forma más ideal de vivir y de morir.

-¿Cuál es tu libro ineludible?

-El Quijote, porque es un libro lleno de sabiduría. Hasta analizando la figura de Dulcinea del Toboso te muestra la forma cómo los hombres alejan a las mujeres idealizándolas, terminando por no quererlas, no besarlas.

-¿Y de tus propios libros?

-Responso por el niño Juan Manuel.... Influyó mi hermano que hacía muñequitos con paquetes de cigarros que no eran de cartón: el muñeco era tan delgadillo como un dedo, y de revistas le hacía ropa, smóking, ropa sport.. y jugaba con ese muñequito. Yo envidiaba ese juego y es algo que he usado mucho: la figura del personaje que crea a otro muñeco que a su vez crea otro muñeco. La creación no la podés detener: la creación engendra creación, es como una raíz muy fértil que le salen hijos por todo lado.

-¿Crées en las nuevas generaciones?

-Los jóvenes están haciendo maravillas. Hay una renovación total de tipo creativo y es raro con el consumismo que tenemos más y más. Ellos han logrado incluirse en un mundo creativo.

-Como el personaje de la ópera Carmen, ¿te has provocado la muerte en alguna etapa de tu vida?

-En todos los momentos de la vida uno se provoca la muerte. La muerte es un plazo y todo el mundo espera ese plazo. Claro, conforme una avanza en edad más se acerca y creo, como Teilhard de Chardin, que somos energía que se va transformando en otra energía.

Lo que más me agrada de la vida es la oportunidad que me ha dado de que los otros creen, ya sea en tesis doctorales, como Vicky Borloz sobre Madame Bovary, o las publicaciones de la editorial del grupo que dirijo como taller literario... Tienen más de 20 libros publicados que no se han engavetado, sino que circulan, hasta una universidad de Pittsburg los quiere.


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