Francisco Repilado, Compay SegundoCuba de luto por la muerte de Compay Segundo

Anubis Galardy

Prensa Latina - Argenpress.info

14 de julio del 2003


La muerte de Francisco Repilado, el mundialmente conocido Compay Segundo, cubrió hoy de luto a los cubanos que amanecieron con la noticia de su deceso.
Repilado murió al filo de la madrugada, a los 95 años. Desde hace varios meses sufría un desajuste metabólico agudo con insuficiencia renal. Un cuadro severo, según el diagnóstico de sus médicos de cabecera, que provocó complicaciones como la elevación del PH y el nivel de cretinina. Su sangre se contaminó sin remedio.
Company Segundo

Era un caballero, una de las figuras más populares de nuestra música, dijo un estudiante de la enseñanza media, Aníbal Pérez, quien se dirigía a la funeraria de Calzada y K, en el céntrico barrio de El Vedado, donde los restos mortales de Compay estarán tendidos hasta las 15:00 (hora local) para que los habaneros le rindan un tributo postrero.

Después, conforme con su última voluntad, serán trasladados a Santiago de Cuba, su tierra natal, donde recibirán sepultura en el cementerio de Santa Ifigenia. Pocos días antes de morir, había pedido también que la Banda Municipal de Santiago, de la que fue clarinetista y primer atril, lo acompañara en su tránsito.

Con esa Banda inauguró en La Habana el Capitolio y la carretera central, en 1929. El toque de su clarinete dio la señal y se izó la bandera.

En los medios culturales y artísticos reina una tristeza profunda. Estamos consternados, coincidieron en afirmar escritores y músicos como Waldo Leyva, José María Vitier y César Portillo de la Luz. El era un emblema de cubanía, esa cubanía profunda que nutría su música y se transparentaba en las letras de sus canciones, subrayaron.

Máximo Francisco Repilado Muñoz, su verdadero nombre, permaneció hasta el final de su vida recluido en su casa de Miramar para no perder el contacto con sus recuerdos más entrañables, para seguir sintiendo el olor profundo del mar que le traía el perfume persistente de la playa santiaguera de su infancia (Siboney).

Los amigos que lo pudieron ver, en los últimos días de su vida, afirmaron a Prensa Latina que solo por momentos recobraba la lucidez. En uno de esos instantes, les dijo a dos de ellos: 'Aquí, luchando'.

En Cuba desarrolló una carrera iniciada a los 15 años, cuando le compró su primer clarinete a Ernesto Toujares junto con un método de aprendizaje del instrumento. Le pagué, rememoraría en una reciente entrevista, haciendo tabacos en un chinchal (pequeña fábrica casera) de su propiedad.

Pero antes, a los 12 años, todavía vistiendo pantalones cortos (como mandaba la moda de la época) ya había fundado un sexteto titulado Los seis ases. 'Eramos niños del Tivolí', le confió al colega Jorge Petinaud, en Santiago de Cuba, y gustábamos mucho'.

Siempre se ufanó de haber sido uno de esos 'músicos de esquina'que en los tiempos más duros de penuria económica le alegraban la vida a los transeúntes. También fue un 'tocador' de serenatas que estudió teoría y solfeo para encontrar los caminos que le permitieran hacer bien lo que quería.

Compay Segundo tuvo una carrera en la que brilló en Cuba con 'Nico Saquito', Sindo Garay, Miguel Matamoros, 'ese indio gallardo que se daba aires de Gardel', como lo definía.

Conoció a Benny Moré cuando éste apenas era un adolescente de 13 o 14 años, trabajó con él, lo vio ascender y tutearse con el cielo merced a esa voz limpia y diáfana como un cristal que lo identificaba y que se ha perpetuado más allá de su desaparición física.

Dos de sus orgullos mayores, de sus lujos, como aseguraba, eran haber cantado para el Papa Juan Pablo II y que un número como Macusa, repleto de esa sensualidad cándida que tan bien manejaba, de esa picaresca suave, fuera uno de los preferidos del escritor colombiano Gabriel García Márquez.

Cuando le llegó una segunda oleada de celebridad, pasados los 90 años, merced al proyecto discográfico Buena Vista Social Club, auspiciado por el cubano de Juan de Marcos González y el guitarrista norteamericano Ry Cooder, la acogió como un regalo extra de la vida, como un azar venturoso que había que aprovechar.

De repente se convirtió en el músico más viejo y el más legendario internacionalmente. Pero nunca perdió la humildad, la modestia, la generosidad que lo distinguía. Recuerdo haberle oído decir a una de sus más fervientes admiradoras mexicanas: 'esa sonrisa de Compay Segundo es capaz de borrarle a uno todas las penas de la vida'.


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