Fidel durante el acto del 50 aniversario del asalto al Moncada26 de julio de 1953:

Cuando el 26 se hizo historia

Dra. Francisca López Civeira

Universidad de La Habana

5 de julio del 2003

 

El 19 de febrero de 1953 Nicolás Guillén escribió:

No protestéis contra nada;
tened la boca sellada
y el cuerpo firme y muy quieto,
que os va en ello el esqueleto.
Dad una sonrisa fina
al que os quita la cantina
y no olvidéis aplaudir
al que no os deja reunir.
¿A una atmósfera tan pura
podréis llamar dictadura?
El que manda
y hace un año nos enyuga,
hundiendo al pueblo en un hoyo,
lo que tiene es dictablanda
tierna y blanda cual repollo
de lechuga.[1]


Quizás este fragmento de las Coplas de Juan Descalzo podía parecer una sátira más del gran poeta Al comenzar el año 1953 nada parecía que iba a cambiar dentro de la situación creada a partir del golpe de Estado de Fulgencio Batista, de marzo de 1952. Lo más llamativo en ese comienzo de año era la conmemoración oficial del centenario del nacimiento de José Martí. No se avizoraban otras novedades. Sin embargo, sería el comienzo del cambio.

El golpe batistiano había agravado la crisis del sistema por la que atravesaba Cuba desde décadas atrás. En los años 20 ya se había puesto en evidencia que la economía no podía seguir creciendo bajo el modelo monoproductor y monoexportador, consolidado por el dominio neocolonial. Ni la política de Gerardo Machado, ni las variantes reformistas aplicadas desde el gobierno de Carlos Mendieta hasta el de Carlos Prío, ni los proyectos elaborados por especialistas norteamericanos, que sirvieron de base para los intentos reformistas a partir de 1935, pudieron resolver el problema cubano. Cuba seguía siendo monoproductora y monoexportadora, a pesar de los reiterados propósitos diversificadores.

La comisión de la Foreign Policy Association que visitó a Cuba en 1934 había reconocido la necesidad de reformas para evitar que el país cayera en un “crónico caos”.[2] En 1950, una comisión del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento volvió a plantear las mismas apreciaciones, pero con un tono perentorio. Para los especialistas del Norte, el dilema era sacar a Cuba del círculo vicioso en que se encontraba o la solución sería una dictadura.[3] Lo cierto es que la crisis del sistema en Cuba era cuestión reconocida y, con ello, la necesidad de buscarle solución. Para quienes ejercían la hegemonía el reto era articular la solución desde el poder y mantener el sistema, para los sectores populares, para los marginados, la meta debía ser la solución popular a partir de los intereses nacionales, lo cual implicaba la transformación del sistema.

Junto a los problemas de la economía y sus consecuencias sociales, hay que recordar la crisis política. Los problemas de corrupción habían movilizado la conciencia cívica de la población desde muy temprano, también en la década del 20 esa conciencia cívica había sido germen de muchos de los movimientos de protesta, que tomaron fuerza en los preludios de lo que sería el proceso revolucionario de los años 30. Algunas de sus figuras y organizaciones más representativas llegaron a profundizar en los problemas cubanos, lo que impulsó la proyección antimperialista en su seno, cuando también la influencia del marxismo se hizo sentir en parte importante de aquella vanguardia. La etapa que siguió al final de aquel proceso revolucionario, con su carga de frustraciones, renovó los elementos de crisis política con el descrédito de los políticos que, salidos de aquel combate popular, transformaron sus organizaciones y su actuación en reediciones de la corrupción que había imperado durante las primeras décadas republicanas. Los actos de corrupción de los nuevos grupos que dominaron la política cubana después de 1933, movilizaron nuevamente la conciencia cívica de la población, creando un movimiento popular que amenazaba a la “clase política” en su hegemonía.

En tales circunstancias, el golpe militar encabezado por Batista agravó más aún el panorama político, pues aunque el gobierno depuesto estaba muy deteriorado en la imagen popular, se trataba ahora de la violación de los mecanismos de la propia democracia burguesa, con la burla a la Constitución aprobada en 1940 y la imposibilidad de celebrar las elecciones previstas para junio de ese año. Sin embargo, las fuerzas populares no habían tenido posibilidad de enfrentamiento a la nueva situación de manera inmediata y las fuerzas políticas organizadas, o bien se habían sumado a Batista, o no habían podido movilizar a la opinión para acciones efectivas. De manera que para el común de la población no se vislumbraba un cambio a corto plazo.

Fidel con José Martí, tras el asalto al MoncadaEl año 1953

El año del centenario del Apóstol, vieron la luz obras de homenaje a Martí como “Décimas por el júbilo martiano” de Emilio Ballagas y el cuadro de Carlos Enríquez, Dos Ríos. Otros grandes autores cubanos también daban a conocer obras trascendentes, tal es el caso de Alejo Carpentier con Los pasos perdidos, mientras que Cintio Vitier entregaba Recuento crítico de la poesía lírica en Cuba de Heredia a nuestros días y Lezama Lima publicaba su libro de ensayos Analectas del reloj.

Ese año la población cubana ascendía a 5 829 000 habitantes, con una esperanza de vida al nacer de 58,8 años y un 23,6% de analfabetos, según el Censo correspondiente. La situación económica que debía enfrentar esa población no era nada estimulante: la nueva ley de cuotas azucareras de Estados Unidos, que entró en vigor con el primer día del año, reducía la participación cubana en el mercado norteamericano en un 2,64%, referida a la diferencia entre las cuotas de las áreas domésticas y el consumo total. Por decisión del gobierno golpista, la zafra de ese año se restringía a 5 millones de toneladas de azúcar, en la búsqueda unilateral de mejores precios en los mercados internacionales y, por otro lado, Batista aplicaba la política de gastos compensatorios para aliviar la tensión social.

En 1953, los partidos políticos tradicionales completaban su incorporación al gobierno fruto del golpe. En el mismo mes de marzo de 1952, el Partido Republicano se había aliado a Batista, ahora lo hacía el Partido Liberal, en mayo de 1953. Según el jefe liberal, Rafael Guás Inclán, los liberales no tenían más camino que Batista y se preguntaba: “Además,... ¿a dónde podíamos ir?”[4] El ciclo cerró poco después, cuando el Partido Demócrata entró en el gobierno en agosto del mismo año, por sólo una subsecretaría de Comunicaciones ya que su escasa fuerza no le permitía exigir más.

Ese año traería mayor actividad para los partidos políticos pues se inició su reorganización con vistas a las elecciones, programadas inicialmente para 1953. Batista pretendía legalizar su presencia en el gobierno haciéndose elegir para la Presidencia, para lo cual convocó a los comicios. En la reorganización iniciada, el primero en acudir para inscribirse fue Ramón Grau San Martín con el Partido Revolucionario Cubano (Auténticos), ejemplo que imitó Federico Fernández Casas, quien inscribió al Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos). Entusiasmado con la solución electoral que estaba en marcha, Batista desoyó en ese año las propuestas de algunos sectores que buscaban un arreglo político para el retorno a la constitucionalidad. Tal es el caso, entre otros, de la Sociedad de Amigos de la República, presidida entonces por Cosme de la Torriente.

Mientras en Cuba se iniciaban los preparativos para las elecciones y el gobierno rechazaba cualquier intento de armonización que estuviera fuera de sus planes, en Montreal, Canadá, representantes de fracciones de los partidos auténtico y ortodoxo, se reunían para firmar una carta conjunta que unificaba, al menos de momento, la proyección de ambos grupos. El 2 de junio de 1953 firmaban la llamada “Carta de Montreal”: Carlos Prío, Emilio Ochoa, Manuel A. de Varona y José Pardo Llada, junto a políticos de otras procedencias que se sumaban ahora a estos grupos, tales como Guillermo Alonso Pujol (ex republicano) y Eduardo Suárez Rivas (ex liberal). Para los firmantes de Montreal la solución se basaba en el restablecimiento de la Constitución de 1940, la convocatoria a elecciones libres sin Batista y la formación de un gobierno provisional que reanudara la normalidad institucional y presidiera las elecciones.[5] De esta forma, como puede apreciarse, en 1953 grupos ortodoxos y auténticos asumían posiciones contrapuestas al participar unos en el proceso electoral y otros en la Carta de Montreal.

Algunas figuras, que habían iniciado su vida política durante el proceso revolucionario de los años 30, actuaban en organizaciones que habían creado en oposición al golpe del 10 de marzo, entre ellas estaba Rafael García Bárcena con el Movimiento Nacional Revolucionario, cuyo plan era un asalto al campamento militar de Columbia que se frustró en abril de ese año.

El movimiento obrero organizado bajo la dirección oficialista de Eusebio Mujal, quien se había sumado con gran rapidez a los golpistas, celebraba en 1953 el VIII Congreso de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC). Fue un evento dominado por el mujalismo, aunque no pudo evitar la presencia de un pequeño grupo defensor de la democracia y la unidad sindical. Eran voces minoritarias en un Congreso manipulado por los mujalistas, que contaban con el apoyo de Batista y del poder externo, por lo que no podía salir del mismo una estrategia de combate que representara los intereses obreros, ni siquiera para defender las demandas de los azucareros que sufrían pérdidas salariales como resultado de la política del gobierno.

Ese año se produjeron acontecimientos importantes dentro del movimiento estudiantil. El 10 de enero, en conmemoración del asesinato de Julio Antonio Mella, la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) colocó un busto del gran líder frente a la escalinata de la Universidad de La Habana. El día 15 el busto apareció profanado. Los estudiantes indignados salieron en potente manifestación de protesta y fueron atacados por la policía. En una jornada que duró hasta horas de la tarde, y que incorporó el repudio a la tiranía, los estudiantes fueron reprimidos con chorros de agua a presión, gases lacrimógenos y disparos de armas de fuego. Hubo catorce estudiantes heridos, uno de los cuales murió: Rubén Batista Rubio, estudiante de arquitectura, de 22 años, murió el 13 de febrero como resultado de la herida de bala que había recibido. Su sepelio fue otra gran manifestación de condena a la dictadura.

En este contexto habría de desarrollarse uno de los actos más notables de homenaje al centenario de Martí. Desde la histórica escalinata de la Universidad capitalina saldría la “Marcha de las Antorchas” en la noche del 27 de enero, vísperas del natalicio del Apóstol, en acto soberano de recordación, sin vínculo con los actos oficiales organizados por la dictadura. Entre aquellos jóvenes que se dirigieron a la Fragua Martiana se destacaba un grupo que integraba una columna especialmente organizada y marcial, no todos eran estudiantes pues entre ellos había obreros y jóvenes profesionales encabezados por el abogado Fidel Castro.

El 26 de julio

La madrugada del domingo 26 de julio, día de carnaval en Santiago de Cuba, se producía el asalto al cuartel Moncada de esa ciudad, segundo en importancia del país. Simultáneamente se atacaba el cuartel de Bayamo, el Carlos Manuel de Céspedes. La ciudadanía fue sorprendida por esta noticia. La confusión reinó inicialmente, cuando los rumores se expandieron sin tener referencias ciertas acerca de lo que estaba sucediendo ni de quienes eran los protagonistas de aquellos sucesos. Comentarios contradictorios mantenían a la población en expectativa, en la búsqueda de información fidedigna que no podía esperarse de las versiones oficiales. Lentamente se fue conociendo lo ocurrido y, con ello, fue creciendo la perspectiva de que algo trascendente había sucedido.

Los sucesos del 26 de julio de 1953 en la provincia de Oriente representaron una conmoción en la población a medida que se transmitieron oralmente. Los informes oficiales dieron una versión absolutamente distorsionada que el pueblo supo desechar. Aquel día se destacó una nueva vanguardia cuya importancia creció rápidamente en la percepción popular. Había ocurrido algo grande en la lucha contra la tiranía, que era para muchos el objetivo fundamental. Un grupo había expuesto su vida heroicamente, muchos habían muerto en combate o asesinados y esto despertaba admiración y respeto, base para ganar nuevas incorporaciones para la lucha.

Si los hechos del 26 de julio fueron catalizadores de la situación revolucionaria en Cuba, la circulación clandestina del alegato de autodefensa de Fidel Castro, el jefe principal del movimiento, dio un nuevo contenido a la lucha. El manifiesto que los moncadistas llevaban para dar a conocer a la población no pudo transmitirse como estaba previsto, pero el alegato conocido como “La Historia me absolverá” llegó a muchas manos y no solo transmitió la verdad de lo acaecido, sino que expuso el programa de aquel movimiento. Esto constituyó un factor de primera importancia para el futuro de la nueva vanguardia que había surgido.

La narración estremecedora de cómo se había preparado la acción, con su gran carga de sacrificio personal de los combatientes, y de los horrores de la represión tenía un impacto extraordinario. Junto a ello estaba la presencia martiana que transita todo el documento, no sólo en las citas, sino en el espíritu. Por otra parte, aquí aparecía la descripción de la situación del pueblo, con lo que este movimiento se planteaba cuestiones que iban mucho más allá de los problemas de corrupción _aunque también los recoge_ para ahondar en los profundos problemas de la sociedad cubana. Consecuentemente, el programa que se proponían no se limitaba al derrocamiento de la tiranía, sino que miraba a soluciones más de fondo.

El líder de este movimiento ya había planteado anteriormente algunas ideas que anunciaban la perspectiva del cambio revolucionario. El manifiesto que escribió a pocas horas de producido el golpe militar, conocido por su primera frase: ”¡Revolución no, zarpazo!”, decía en uno de sus párrafos: “Cubanos: Hay tirano otra vez, pero habrá otra vez Mellas, Trejos y Guiteras. (...)”[6] Con esto estaba remitiendo el futuro a la experiencia del proceso revolucionario de los años 30, justamente a dos de sus figuras de raíz antimperialista _Mella y Guiteras_ que habían proyectado una lucha insurreccional para hacer la transformación revolucionaria de la sociedad, uno de ellos militante comunista, mientras que el tercero _Trejo_ era el mártir insignia de los estudiantes universitarios, caído en la gran “tángana” del 30 de septiembre de 1930. También en su “Recuento crítico del P.P.C.”, publicado en el periódico clandestino El Acusador de 16 de agosto de 1952, había afirmado: “El momento es revolucionario y no político”.[7]

La concepción de la lucha, por tanto, partía del criterio de la necesidad de una solución revolucionaria para Cuba y esto es lo que se planteaba en el programa de los moncadistas. Más allá de Batista y su tiranía, se abordaban los problemas que la revolución debía resolver, entre ellos, por supuesto, la salida del tirano, pero esto sólo era insuficiente. El programa expuesto implicaba una transformación revolucionaria de la sociedad cubana, al tiempo que definía las fuerzas que debían y podían participar en esta lucha. Al abordar el concepto de pueblo, clave para entender las ideas esenciales que movían a aquellos revolucionarios, se decía algo definitorio: “Nosotros llamamos pueblo si de lucha se trata (...).”[8] Es decir, se asumía el concepto de pueblo a partir de quienes eran capaces de desarrollar la lucha por el cambio revolucionario. A continuación se enumeraban los grupos sociales dentro de los obreros, campesinos y profesionales más golpeados por la crisis cubana a quienes no se les prometía lo que se les daría, sino que se les convocaba a la lucha.

Aquel 26 de julio de 1953 representó, por tanto, el inicio de la transformación para Cuba. En un año que no parecía presagiar grandes cambios, todo comenzó a cambiar. Bien pudo decir el poeta de la “Generación del Centenario”, Raúl Gómez García: “Ya estamos en combate/ Por defender la idea de todos los que han muerto/ Para arrojar a los malos del histórico templo/ Por el heroico gesto de Maceo/ Por la dulce memoria de Martí.”[9]

El año 1953 no fue, por tanto, uno más en el decurso de la historia del pueblo cubano, con acontecimientos más o menos relevantes como cualquier otro, por el contrario, fue el año germinal del cambio más trascendente de la historia de Cuba.


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[1] Nicolás Guillén. Obra poética 1920-1958. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972, T I, pp. 335-336

[2] Ver Foreign Policy Association: Problemas de la Nueva Cuba. New York, 1935

[3] International Bank for Reconstruction and Development; Report on Cuba. Johns Hopkins Press, 1951

[4] Juanillo González Martínez: “Dos entrevistas de actualidad sobre el Pacto Liberal-Progresista” en: Bohemia. La Habana, 3 de mayo de 1953, A. 45, No. 18, p. 48

[5] Tomado de Dina Martínez Díaz (Compiladora): Selección de Lecturas. Historia de Cuba IV. Universidad de La Habana, La Habana, 1990, Primera parte, pp. 315-317

[6] En Moncada: antecedentes y preparativos. Dirección Política de las FAR, 1972, T I, pp. 65-67

[7] Ibid., p. 130

[8] Fidel Castro: La Historia me absolverá. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, p. 59

[9] En: Mario Mencía: El Grito del Moncada. Editora Política, La Habana, 1986, T II, pp. 539-540

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