Hombre sin pedestal

José Alejandro Rodríguez

Juventud Rebelde

14 de junio del 2003, 75° aniversario del nacimiento del Che Guevara


A despecho de sus rematadores, el Che cabalga nuestro tiempo. El mundo ha dado demasiadas volteretas desde que él cayera combatiendo. Pero su figura emblemática, hombre del siglo XXI y de todos los siglos, sigue alimentando el fuego de la redención humana. Su talante anda incrustado en las úlceras de esta era, espoleando toda la crueldad y sinrazón que ensombrecen a la humanidad como nunca antes.

Por eso inspira más el natalicio que la muerte para recordar a este “hombre solar”, emparentado martianamente con la agónica grandeza de Simón Bolívar en el firmamento de la historia americana. El Che renace todos los días para alumbrarnos con las incandescencias de su pensamiento y obra —ese dueto de congruencias insólitas—, en los vía crucis y dilemas de este continente, tan herido de muerte como en 1967.

La vigencia guevariana no es la machacona mímesis de sus ideas hasta el cansancio, sino la encarnación creadora y sin dogmas de su legado; el traerlo a los intersticios de realidades que incluso él no imaginó siquiera, y situarlo a dialogar con esta convulsa globalidad de la espiral histórica y de la condición humana.

Quizás uno de sus textos más deslumbrantes y actuales es aquel enviado a manera de notas al semanario Marcha de Uruguay, en marzo de 1965: El socialismo y el hombre en Cuba es un agudo ensayo sobre la necesidad de emancipación del ser humano del capitalismo y su mercado implacable, mediante la construcción de una nueva sociedad, la socialista, no exenta de contradicciones, errores y peligros.

Che alerta tempranamente sobre los dogmáticos mecanicismos y simplificaciones que pueden torcer el camino del socialismo y dar al traste con él, cuando no se logra enriquecer la conciencia y la espiritualidad del sujeto de cambio: el Hombre. Y la vida le dio la razón, con la estrepitosa caída del muro de Berlín, cuyos cimientos no cedieron de una vez, sino que venían horadándose poco a poco.

Sin pretender abarcar el ideario tan profuso de ese texto insoslayable del pensamiento marxista que aborda la compleja relación individuo-masa, quiero asomarme a una de las formulaciones esenciales del mismo, que ha perdurado como una de las claves para entender la persistencia de la Revolución cubana, por encima de errores e inconsecuencias, por obra y desgracia de los humanos: “...el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”.

Ese amor tiene una connotación universal para el Comandante, y debe plasmarse en la carne de la realidad, como él lo hizo a lo largo de su vida con desinterés total hacia cualquier atadura ventajosa: es afrontarlo todo, entregar hasta la vida por la justicia del prójimo en la lucha revolucionaria; y rendir otros combates más comunes y no menos difíciles, ya en la construcción de un mundo nuevo.

El humanismo del Che, ajeno a retóricas y populismos, conjugó armónicamente el sentido del deber y la entrega en la épica y en la cotidianidad, dos dimensiones que no siempre se complementan en los procesos revolucionarios y en los hombres.

El ejemplo personal fue el estilo de su humanismo tanto en la guerra como en los avatares de la paz, muchas veces tediosos estos últimos, y sin el relumbre heroico de la batalla. El rigor para consigo mismo fue también la manera de expresar, de una forma muy educativa, su devoción y respeto por los que se le subordinaban, ya fueran cuadros o trabajadores.

Con estos últimos siempre ejerció sus funciones de ministro y líder: sus constantes visitas a fábricas y centros laborales para conocer la verdad desde abajo, privilegiando el criterio obrero; el liderazgo en los trabajos voluntarios que tanto influjo tenía en la masa; su sencilla manera de fundirse con los más humildes.

Ya en los días triunfales de la Revolución, Che proclamaba que “no debemos acercarnos al pueblo para decir: aquí estamos. Venimos a darte la caridad de nuestra presencia, a enseñarte nuestra ciencia, a demostrarte tus errores, tu incultura, tu falta de conocimientos elementales. Debemos ir con afán investigativo y con espíritu humilde, a aprender en la gran fuente de sabiduría que es el pueblo”.

Sus proverbiales métodos de dirección, que rompieron con las cómodas mediocridades y aislamientos tecnocráticos del burócrata, promovían siempre la discusión colectiva, el alimento benéfico de la información desde abajo y la verdad sin tapujos para llegar al conocimiento de las situaciones.

Son apenas algunos apuntes de la forma tan abierta con la que el Che plasmara su humanismo marxista en aquel torbellino creador de los primeros años. Quien quiera profundizar en esa etapa del Che inmerso en las complejidades de levantar un mundo mejor para el ser humano, no podrá prescindir de Che, el camino del fuego, ese sustancial testimonio y análisis desde adentro de la mano de Orlando Borrego, uno de sus más cercanos colaboradores en aquel Ministerio de Industrias del que tanto hay que aprender todavía.

El mundo conoce mucho menos la faceta del Che en el poder y constructor de inéditas realidades, que las de su universal símbolo combatiente. Y esta no puede explicarse sin aquella, la razón de ser de todos los arreos insurgentes. Los cubanos tenemos el privilegio de atesorar aquel fecundo aporte a la construcción del socialismo. Che sigue también entre nosotros inquiriendo y preguntándonos, fustigando nuestras chapucerías y mediocridades y animando lo justo y humano que este país ha concebido. Un hombre sin pedestales, que vivió para el Hombre.



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