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¿Podrá sobrevivir Costa Rica?

Alfonso Chase

La Prensa Libre

10 de marzo 2008

 

A estas alturas de nuestra historia vale la pena preguntarse: ¿Podrá sobrevivir la nación costarricense a todos los embates que, como los jinetes del apocalipsis, la enfrentan a retos inéditos, o a aceptaciones globales, establecidas como normas de conducta para responder a los intereses mundiales de los grandes imperios financieros de nuestro tiempo? La respuesta amerita analizar el momento
actual, a los 60 años de la fundación de la II República, que ya nadie celebra, estudia o medita, como no sea desde las incongruencias que observamos en los telenoticieros, sobre los orígenes y causas de la Revolución de 1948, o las luchas sociales cuando, desde los primeros años del siglo XX los obreros, artesanos e intelectuales se plantearon nuevas ideas y las fueron llevando a cabo durante casi cincuenta años.

Vivimos un tiempo de cotidianidad vacua, en donde la sociedad del espectáculo determina los intereses a compartir con los ciudadanos, introduciendo normas de fiesta ruidosa, narcolepsia social y a la superficialidad impuesta como norma de conducta social para contribuir a paliar, o a esconder, las lacras sociales que padece el país y que todos los días miramos, o leemos, convertidas en noticias espeluznantes, en las cuales la tragedia se convierte en atracción visual para darle forma agradable al morbo.

¿Podrá sobrevivir nuestro país en su integridad territorial, ahora en manos de los compradores de tierras, constructores de megaproyectos para disfrute de extranjeros, en esos enclaves turísticos, que funcionan por la libre y en donde los prebostes, cipayos y presta-nombres tienen más poder, e importancia, que los funcionarios designados para ejercer autoridad, o defender los derechos de los ciudadanos, y en donde la coima y el dinero por debajo de la mesa logran lo que no consiguen quienes se niegan al soborno o denuncian los ilícitos? Será realidad, al fin, la existencia de dos países, uno hacia las alturas y otro a ras de suelo. Nadie ha puesto a estudio la existencia de esos casi 700 enclaves que marcan la línea entre ellos y nosotros, con la consecuente depredación ecológica, territorial y mental, que nos empuja a ser ciudadanos de segunda categoría, con el uso del tanto vales tanto tienes, o a la inversa? ¿Se podrá entender el fenómeno real de la migración, sin que se le califique a uno de xenófobo, cuando puede afirmar que pareciera que nuestro país se ha ido convirtiendo en un promisorio refugio de prófugos, delincuentes internacionales, mafias de toda laya y en donde los extranjeros quieren los mismos derechos que a los costarricenses nos ha tocado construir, luchar y preservar? ¿Será la inmigración ilegal, el falso santuario de refugiados, la mano de obra barata para explotar a los migrantes, las cadenas financieras del tránsito de seres humanos, que va de quienes los contratan, los acarrean, los transportan, les buscan vivienda en casas y barriadas ya saturadas por los que vinieron primero, solo una gran industria de un turismo de nuevo cuño, en donde se persigue a los llegados, se les paga una cochinada o se les explota al margen de las leyes con salarios mínimos, o a veces en especie? Estarán felices aquellos que soñaban que nuestro país pudiera centroamericanizarse para estar más a tono con la historia vecina y en pie de igualdad, no con nuestras conquistas sociales y derechos, sino con las tragedias que viven allí, culpa de quienes los gobiernan? ¿O será más bien que todo es parte de un gran negocio que apenas conocemos? Esto nos obliga a pensar que nuestro país está convirtiéndose en una gran factoría, segmentada entre los que somos costarricenses y no nos avergonzamos de
serlo y esos que quieren pertenecer al jet set globalizado, en donde lo único que se ha mundializado es la pobreza. ¿Quienes encabezan la lisa del Forbes criollo, y que en 20 años se han convertido en los hombres y mujeres dueños del país pero a los cuales les horroriza una verdadera reforma tributaria?


¿Podrá sobrevivir nuestro país a la pérdida de identidad, como tal, por la larvaria enseñanza cotidiana de la historia y se dará origen a esas dos costarricas, de que se empieza a hablar hace unos años? Una oculta por todo lo que le echan encima para taparla y otra real, para consumo interno y externo, convertida en una máscara de sí misma, en donde prevalecen las falsas comparsas, carnavales, desfile de caballistas, toreos grotescos, fiestas cívicas, tarimas y bullangueros conciertos de artistas mediocres, a los cuales se les presentan como dioses, tiquetes para canjear por cervezas para los jóvenes, carreras de autos en nuestras carreteras, o bailes nacionales transformados en “típicos”, para absortos turistas en busca de otra cosa? ¿Serán los índices de edición y lectura la mejor muestra de lo que en que se están convirtiendo nuestros ciudadanos: analfabetos funcionales, algunos de los cuales compran publicaciones para convertirlos solo en colección y cada vez menos en lectura?


La sociedad del espectáculo prevalece sobre la sociedad viva, en la cual un crimen es un suceso real y no solo una toma para mostrar el más horrible ángulo del suceso, con las palabras turbadas de los protagonistas, que la mayoría de las veces resultan respuestas ridículas a las preguntas tontas de los reporteros. Todo es espectáculo porque vivimos en la época del folletón, que generalmente nos enfila hacia el drama final, que puede percibirse como colofón a las estúpidas novelas que viven los ciudadanos cada mañana, tarde y noche, según sea la programación segmentada. La sociedad del espectáculo ha tomado todos los aspectos de la vida cotidiana, haciendo que los ciudadanos crean que forman parte del guión, el desarrollo y el fin, donde prevalece la doble moral y los finales dizque felices, para arrobo de los espectadores. Todo es fiesta, como en ciertas épocas de la edad media, donde se terminaba danzando hacia el abismo o el precipitarse en la cuerda locura de ocultar los grandes problemas, por miedo a enfrentarlos.

El país factoría, la patria enclave, se ha convertido en el páramo del consumismo, en donde el dinero se distribuye para ser gastado en chucherías, o cosas inútiles, y los verdaderos estudiosos de la realidad nacional solo están esperando la gran crisis fiscal, cuando ya no haya nada qué repartir, y el Gobierno se precipite al famoso año de la peste, luego de tres años pregonando grandes cambios, que no llegan nunca, y los clientes se convenzan de que todos los gobiernos son iguales y la vindicta pública o el populacho, vaya uno a saber, empiece a pensar en el voto castigo, para que no todo siga igual en la danza de las estadísticas y las encuestas, que casi tiempo sepultan los ensueños mal planeados.

Hace unos años la ciudadanía estaba resignada a seguir escéptica. Luego de las votaciones del referéndum, la visión apocalíptica se transforma en la acción directa de pensar con los dos hemisferios cerebrales, según sean sus funciones. Se sobrevive hacia el futuro con la fuerza mental y no solo con el corazón y las vísceras, como creían algunos. Todos los esfuerzos de la sociedad del espectáculo y del consumo parecen limitados para seguir la fiesta. Del enemigo interno, de la mentira y el miedo, hablaremos luego.

 

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