A 172 años de la muerte del Libertador:

Bolívar vive en Nuestra América

Andrés Ruggeri

VISUR - Argenpress.info

22 de diciembre del 2002

Foro ALCArajo: Mensaje 1105


2002: Un año de avances y lucha del movimiento popular
latinoamericano. Venezuela, Colombia, Brasil, Ecuador,
Bolivia y la resistencia a las políticas neoliberales.
Balance y perspectivas.

El pueblo venezolano está dando muestras de una
movilización y capacidad de acción política en las
calles pocas veces vistas en los últimos años de la
política latinoamericana, con la excepción, claro
está, del verano argentino de un año atrás. Con una
gran, enorme diferencia: los argentinos salimos a las
calles contra un modelo y un gobierno que eran la
quintaesencia de la insensibilidad neoliberal,
derribándolo, pero sin lograr construir una
alternativa política por lo menos en el corto plazo;
los venezolanos, en cambio, están defendiendo con uñas
y dientes un gobierno al que consideran propio, en
contra de, justamente, aquellos mismos sectores que
fueron eyectados por la insurrección argentina. En la
Venezuela de hoy, cientos de miles salen a las calles
a defender al gobierno de Hugo Chávez, a hacer valer
una oportunidad de cambio que muy posiblemente sea
única (la historia trágica de Latinoamérica habla a
las claras del costo de las oportunidades perdidas), a
defenderse del racismo, del resentimiento de clase, de
la tergiversación constante, denigrante, indignante y
rabiosa de un monopolio empresarial de medios de
comunicación que transmiten en cadena, incluso más
allá de sus fronteras, contra la descarada
intervención del Departamento de Estado
norteamericano, en fin, contra quienes desde toda una
eternidad les niegan su humanidad.

No es solamente una reacción despechada. Hay
realidades concretas que defender, desde la
destrucción del corrupto sistema político que desvió
hacia esas poderosas clases productoras en serie de
misses Universo las enormes regalías de la producción
petrolera, hasta la puesta en marcha de una reforma
agraria (ley de Tierras) o una ley de pesca que
beneficia a los pescadores artesanales frente a las
multinacionales de los barcos factoría, la sanción de
una Constitución ampliamente democrática que por
primera vez en toda la historia de Venezuela reconoce
los derechos de los pueblos originarios, o la
gratuidad de la educación primaria, increíblemente
paga en un país que se preciaba falazmente de ser el
más democrático de toda América Latina. Los
venezolanos en las calles saben que están defendiendo
que esas conquistas perduren, se consoliden y sean las
bases de un sistema social más justo y más solidario,
y que una derrota (como en Chile de 1973, o Argentina
de 1955, o Nicaragua de 1990, o todo América por
siempre) sería una inexorable, cruel y revanchista
vuelta a tiempos oscuros.

Pareciera ser que nuestros preclaros y progresistas
medios de comunicación masiva no entienden, no quieren
entender o entienden demasiado bien esto. Como en el
fallido golpe de Estado de abril, analistas
perspicaces señalan que la única salida posible a la
crisis venezolana es la salida del poder de Hugo
Chávez. Exactamente lo que dice la oposición. Que ayer
mismo (9 de diciembre de 2002), como apunta Clarín, ha
reconocido que es lo único que le importa, en palabras
del dirigente 'trabajador' Carlos Ortega. Ni
plebiscito, vinculante o no, ni libertades
democráticas, ni elecciones, ni derechos humanos: que
se vayan Chávez y toda la turba. No es el mismo que se
vayan con que explotó el pueblo argentino hace un año,
no son las mismas cacerolas: piden que se vayan para
volver a ocupar los lugares de privilegio a los que
están acostumbrados. Es decir, que se vayan para
volver a quedarse.

Sin embargo, no son los mismos argumentos los que
esgrimen ciertos medios que otros. Los que representan
a la derecha liberal clásica, por ejemplo, se hacen
eco de la posición off the record del Departamento de
Estado yanqui. Andrés Oppenheimer, por ejemplo,
connotado comentarista político residente en Miami,
sostiene que Chávez, Lula y Gutiérrez formarán, junto
con Fidel Castro, un nuevo eje antinorteamericano que
provocará graves desgracias a nuestro subcontinente
cuyo destino pasa, por si todavía hay algunos
oligofrénicos que no lo entendieron, por construir la
mejor relación posible con el gigante del Norte. ¿Qué
hacer con presidentes que ni siquiera saben hablar
inglés? Los progresistas de Página 12, en cambio, que
ya se tuvieron que tragar, masticándola lentamente, la
edición entera del 12 de abril en donde explicaban por
qué la caída de Chávez había sido inevitable, siguen
sosteniendo, de la mano de su especialista y
responsable de internacionales Claudio Uriarte, los
vaticinios de la oposición, que los progres argentinos
parecen siempre estar dispuestos a escuchar. No cae
bien este demagogo caribeño, populista, fulero y, para
colmo de males militar, que tuvo el tupé de encabezar
un proceso democratizador desde fuera de los libretos.

El eje de estos progresistas es marcar las diferencias
entre Chávez y Lula, del que cantan loas basadas en su
supuesta maduración política. Supuesta no porque no
sea real, sino porque no pasa por donde se le
atribuye, es decir, por el saco y la corbata, el
abandono del consignismo izquierdista, la amplitud de
alianzas o la moderación de centroizquierda. La
maduración de Lula no es de Lula, no es de un
individuo, sino del movimiento popular brasilero que
supo crecer en organización social y política, y
contener un marco de alianzas que le permita gobernar
sin, en un principio, grandes choques que sería mejor
dar cuando sea inevitable. Chávez, en cambio, viene de
un proceso donde su figura no es un emergente, sino un
aglutinante de algo que recién ahora se está
consolidando en forma de organización popular. El
proceso político del chavismo es más contradictorio y
más aluvional que el movimiento de masas que los
brasileños supieron construir a lo largo de más de
veinte años. Lo cual no quita que sea tan popular un
proceso como el otro, mal que les pese a los amantes
de los modelos. Y mal que le pese a los agoreros de la
centroizquierda, el chavismo está en peligro de ser
volteado por ser el más democrático y tolerante de los
gobiernos que el hemisferio occidental haya conocido.

A esta altura de los acontecimientos, donde el pueblo
venezolano logró algo inédito en América Latina, al
reponer a un presidente legítimo luego de un golpe de
estado de derecha y apoyado por los Estados Unidos,
debería quedar claro para todos que el gobierno de
Chávez es un gobierno de base popular, defendido por
su pueblo, y que está encabezando, en medio de la
tormenta desatada de la furia y la desesperación de
quienes tienen todo por perder, un proceso de
formación y consolidación de un poder popular legítimo
y con miras a no quedarse dentro de las fronteras de
Venezuela. Por lo tanto, aunque carezca, por ahora,
del romanticismo de la Revolución Cubana, o de la
bandera roja, la estrella de cinco puntas y el
pragmatismo del PT, o de la poesía del zapatismo, ni
respete ningún manual revolucionario o reformista, el
movimiento bolivariano de Venezuela debe ser defendido
por todos los latinoamericanos que queremos un cambio
social, que queremos dejar de ser una colonia,
defendido como si se tratase de nosotros mismos.

Qué buscan los escuálidos

Los chavistas llaman escuálidos a la oposición por su
escasa capacidad de movilización. Esa escualidez,
empero, se ha ido engordando ha medida que se
agudizaba la confrontación social y política y
también, por qué no decirlo, cuando el milagroso
cambio que millones de venezolanos esperaban se iba
mostrando más lento y trabajoso de lo que se deseaba.
La realidad, como de costumbre, no se cambia por una
expresión de deseos, y Venezuela no es la excepción.
En base a esa combinación de alevosía, desesperación e
ingenuidad los opositores lograron construir el
fracasado golpe de abril, movilizando cientos de miles
contra el gobierno, en una escalada en que contaron
con el apoyo de parte de las fuerzas armadas y la
complicidad de los poderes internacionales. Algunos de
los cuales, como el presidente Aznar de España se
deschavaron completamente al felicitar al efímero
Pedro Carmona Estanga. La reacción popular, sin
embargo, fue más fuerte y profunda y derrotó la
conspiración. Muchos, incluyendo a algunos que
honestamente y desde el apoyo al proceso bolivariano
así lo creyeron, pensaron que a pesar de haber
sobrevivido, los días de Chávez estaban contados. Y
nadie puede nunca decir que las cosas van a suceder
como se lo imagina pero, sea como sea, Chávez sigue
allí. Y los medios venezolanos, con la excepción de la
prensa alternativa y el canal estatal, siguen
inventando la realidad con desfachatez.

Los escuálidos, entonces, son bastante gordos. Gordos
sobre todo por lo colmadas que estuvieron siempre sus
barrigas y sus billeteras, en contraste con los
partidarios de quienes aborrecen, justamente por tener
los partidarios que tienen. Si hay algo que entender
en todo esto, desde la lejanía de nuestro país, es que
la confrontación política que divide a Venezuela es
básicamente una confrontación social, en que uno de
los bandos, el que defiende sus viejos privilegios,
está dispuesto a todo por mantenerlos. En eso, la
oposición es totalmente lúcida, lucidez que parece
captar Clarín, entiende por cuestión de piel La Nación
y aparentemente se le escapa a Página: la única forma
de resolver el conflicto es a todo o nada, y todo es
el poder, simbolizado en la cabeza de Chávez, y nada
es la derrota absoluta, los gusanos en Miami.
Solamente el que no quiera ver no entiende que el país
de cartón que añoran todas las Catherine Fullop es el
país de la tragedia del Caracazo del 27 de febrero de
1989, con sus miles de pobres amasijados para calmar
el terror de los mismos que ahora desfilan en sus 4x4
haciendo sonar bocinas y cacerolas. Chávez puede no
ser el líder revolucionario preclaro que muchos
militantes de izquierda fabricados en serie pretenden,
ni el Mahatma Gandhi edulcorado que le gustaría a unos
cuantos derrotados por naturaleza, pero es el líder
que esa Venezuela trágica parió.

Lo segundo que hay que ver, y es posible ver a la
distancia, es que esta situación ya la hemos vivido en
el mundo. La táctica habitual de los poderosos que
pierden es cualquier cosa menos la del buen perdedor.
Es el abandono de toda regla que no les sea impuesta
por la fuerza. Cuando Carmona Estanga, el empresario
demócrata, se vio en el Palacio de Miraflores rodeado
de uniformes adictos, se convirtió en cuestión de
segundos en un autócrata mayor que el Zar de todas las
Rusias. Van por todo todo el tiempo. Y si no se puede
por los votos, será por la fuerza, y si no es por la
fuerza propia, que intervengan de afuera. Y si de
afuera no pueden, o no se atreven, será la de la boa
constrictor, no dejar respirar al adversario. Hasta
que caiga por cansancio, por no aguantar la
confrontación permanente, por no entenderla, por no
poder hacer nada de lo que se pretende porque el otro
está ahí, implacable, irracional, increíble. Porque es
increíble que convoquen a un referéndum cuando dentro
de meses la Constitución del propio enemigo les da la
oportunidad de hacerlo y sacarlo, que ese referéndum
lo convoquen juntando firmas falsas con los
directorios y los mailing de sus empresas, que sean
capaces de matar a sus propios partidarios para
tirárselos por la cabeza a su adversario, que
convoquen a un paro sin límite y sin objetivos porque
estos son inconfesables...hasta que los confiesan.
Como en Nicaragua en los 80, la amenaza es el golpe
(la invasión), pero la estratégica es el desgaste. Si
el golpe va, mejor, como lo han demostrado en abril,
pero antes que nada, la opción es el menos heroico
desgaste permanente. Si la batalla decisiva se pierde,
hay que hostigar como una guerrilla insaciable. Las
fuerzas conservadoras no necesitan tiempo para
demostrar que son mejores, les basta con mostrar que
los que quieren cambiar las cosas son peores. Si
Chávez representa el cambio, y es la fuerza del cambio
la que sostiene la esperanza, entonces hay que impedir
que ese cambio prospere. Si todo son problemas, si
todos son enfrentamientos, ese sector que con cierta
ingenuidad espera que Chávez y los sectores más
politizados del pueblo cambien las cosas con la
tranquilidad y la eficacia que esos cambios se
merecen, puede llegar a ver que el costo es demasiado
alto y que las cosas no sólo no cambian sino que
empeoran. 'Siempre estuvimos mal, pero tranquilos;
ahora estamos tan mal como entonces, pero en medio de
una cuasi guerra civil', es la reflexión buscada, como
el cobarde refrán 'mejor malo conocido que bueno por
conocer'. Reagan impidió que los mejores sueños de la
Revolución Sandinista se llevaran a la práctica
provocando con sus contras que el 50 % del presupuesto
se dedicara a la defensa nacional en vez de a la
educación, la salud, la vivienda. Si el asalto al
gobierno no funciona, hay que hacer que ese gobierno
no funcione, y se caiga por el repudio de aquel pueblo
que confió y que prefiere volver a lo seguro comprando
la tranquilidad con la derrota.

Por eso, que el pueblo venezolano se mantenga
movilizado, hostigue a los canales de TV que inventan
la realidad mientras la van mostrando, que pongan el
pecho a los asesinos para preservar su gobierno, que
no se crea el cuentito de la oligarquía es altamente
positivo y ejemplar. Por eso hay que ser solidarios y
entender que la llave del futuro de América Latina es,
desde noviembre de 1998, la Venezuela Bolivariana de
Hugo Chávez.

El futuro de Venezuela es el de Latinoamérica

La década de los noventa fue el momento en que el
neoliberalismo avasallador explotó la victoria en la
Guerra Fría. Impusieron sus condiciones sin límite,
insaciablemente, como si el aplastamiento de los
movimientos populares que se movieron en la lógica del
mundo bipolar fuera eterno. El gobierno de Bill
Clinton mostró una eficacia enorme para aprovechar esa
debilidad y, a su vez, una sutileza inesperada después
de los tenebrosos años de Ronald Reagan conduciendo
con sus halcones trogloditas la etapa final de esa
confrontación. La política clintoniana partía del
presupuesto de que esa victoria era definitiva, pero
que su aprovechamiento al máximo no, y que lo que
había que hacer era asegurar el mayor tiempo posible
esa condición de sumisión a través de mecanismos que
requirieran lo menos posible de la fuerza, por lo
menos en América Latina. Para la ultraderecha yanqui,
en cambio, ceder el Canal de Panamá, con la increíble
ocurrencia de cumplir un tratado firmado por el
derrotista Carter, tolerar que la guerrilla colombiana
humille a los militares de aquel país, y llegar al
colmo de permitir que un tipo como Chávez llegue al
gobierno del Estado más estratégico en términos
petroleros de Sudamérica, era sencillamente
intolerable por convicción, y además, equivocado. Su
acceso al poder después de un fraude garantizado, no
por casualidad, por la gusanera contrarrevolucionaria
de Miami, les dio la oportunidad de volver a la
política reaganiana, la vieja política del garrote.

Poca gente en la Argentina, o por lo menos pocos
intelectuales y periodistas, advirtieron lo decisivo
que fue para la historia reciente latinoamericana el
triunfo electoral (y militar, porque sino fuera por el
poder de fuego el fraude era un hecho) de Hugo Chávez,
a fines de 1998. Significó un precioso aire para Cuba,
fortaleza negociadora para la guerrilla colombiana, y
el puntapié inicial de un proceso de caída en dominó
de los gobiernos neoliberales y su reemplazo, cuatro
años después, por gobiernos de base popular, o el
crecimiento electoral de las mismas. No pretendemos
decir con esto que el proceso bolivariano es la causa
de esta nueva situación política latinoamericano, lo
cual implicaría una suerte de difusionismo político,
sino que fue la señal de que se estaba gestando un
nuevo tiempo, la primera muestra de un clima diferente
en nuestro continente, el comienzo del fin de esa era
neoliberal que se enseñoreó en Nuestra América y el
mundo. Y por eso, el valor simbólico de una caída de
Chávez es justamente tratar de mostrar que eso es
apenas una ilusión, de que esta primavera de
resurrección popular inesperada (sea a través de la
rebelión callejera, como en Argentina, o de triunfos
electorales de fuerzas de izquierda) es un fenómeno
momentáneo y que, tarde o temprano, las cosas volverán
a la normalidad de la derrota. Y sin embargo, muchos
que se entusiasman con Lula no se dan cuenta del poder
de amenaza que tiene la marcha sin retorno de la
oligarquía venezolana en pos de la caída del gobierno
popular.

Esto es lo que se define en las calles venezolanas,
atada a la suerte de un gobierno que, con errores y
aciertos, trata de llevar adelante una política que
signifique el gobierno de las clases populares frente
a la rosca infame de la oxigenada oligarquía
petrolera. Si el proceso revolucionario bolivariano se
mantiene, es gracias a esa resistencia callejera, esa
demostración de poder popular que mantiene a raya,
hasta ahora, a la brutal ofensiva del poder económico
y la manipulación de los medios de comunicación
golpistas. El gobierno solo, entendido como el manejo
del aparato estatal, no basta si no se tiene además
ese apoyo callejero, imprescindible, razón de ser de
todo proceso popular real. A su vez, el hecho de
mantener al grueso de las fuerzas armadas no solo bajo
control, sino comprometidas con el proceso, hizo
inviable la masacre, la preprogramada reacción
visceral de las oligarquías cuando se sienten
amenazadas.

Chávez está seguro mientras la mayoría de los
venezolanos sostengan la apuesta.

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