Bolívar: La Patria es América

Luis Suardíaz

Nuestra_América" <nuestramerica@yahoogrupos.com.mx>

24 de julio del 2003

Aunque reverenciado por hombres y mujeres humildes de este conjunto de
pueblos que él quiso ver unidos en un solo corazón, y cantado por
numerosos poetas, Simón Bolívar, quien vino al mundo en Caracas el 24 de
julio de 1783 para cambiar el curso de la historia de América, ha sido
reducido muchas veces al papel de ícono, y en los últimos tiempos, en
novelas, filmes, series de aventuras, se le presenta más como febril amante
que como preclaro soldado de la revolución.

Los cubanos, y con nosotros historiadores y lectores avisados de varios
países, conocemos las iluminadas páginas y los no menos encendidos
discursos que José Martí dedicara a Bolívar en los tiempos en que preparaba
el estallido de la Guerra de la Independencia en Cuba, cuando se puso a
la cabeza de aquellos que se empeñaron en escribir la estrofa que le
faltaba al poema (épico, sin duda) de 1810. Pero no solo en esos textos
sino también en su obra de madurez, se advierte que el ideario de El
Libertador fue estudiado y asimilado por él. Y es que el pensamiento
bolivariano pasó a ser herencia viva de la caudalosa literatura martiana.

Caudalosa fue también la obra escrita del caraqueño insigne. Los
investigadores consideran que ya a mediados del siglo XX se habían localizado
5 375 cartas firmadas por su mano, un centenar de proclamas, 26
discursos, 21 mensajes, 14 manifiestos, 12 leyes, decenas y decenas de
decretos, el cuerpo de dos constituciones, bandos, arengas, llamamientos y
también artículos, ensayos y análisis de obras literarias, sin olvidar
todo lo que en el fragor de la lucha se perdió.

Nacido en un hogar donde nada faltaba (Andrés Bello aseguraba que
Bolívar era el hombre más culto y más rico de su época en Venezuela) fue
formado como un auténtico mantuano cuya misión sería defender privilegios
y mantener a raya a los humildes expoliados. Pero los mismos libros
puestos a su disposición para que aprendiera a gobernar lo condujeron a
otros textos, a otras indagaciones, y por su genio natural, con el
concurso de ese revolucionario silencioso que fue su maestro Simón Rodríguez,
quien lo acompañó en sus viajes por el mundo, conoció la entraña de la
esclavitud, las desigualdades, la ambición sin límites y otros
desastres sociales y decidió echar su suerte con los rotos, los llaneros, los
gauchos, quienes nacían y vivían sin esperanzas en toda la América
irredenta.

Al modificar la estructura social de la media docena de países donde
desarrolló su acción directa y en los que influyó decisivamente, se
proponía, como en el poema de Martí al buen Pedro, librar de su infortunio a
los siervos, y de su infamia a los servidores del despotismo, esos
miles de hombres y mujeres envueltos en la madeja social, meras piezas de
un mecanismo que convertía en aterrados cómplices a las propias víctimas
del coloniaje. Por eso cuando algunos admiradores que solo advertían
los accidentes externos del tejido social lo compararon con Napoleón —a
cuya proclamación en 1804 y coronación en 1805 Bolívar había asistido
por azar— respondió precisando que el célebre corso era un emperador que
sojuzgaba a los pueblos, y él, por el contrario, alzaba su espada para
liberarlos.

Desde aquel 5 de julio de 1811 en que se decreta la Independencia en
Caracas y comienza la guerra contra los realistas, Bolívar libra más de
400 batallas a lo largo de 20 años, sin descuidar el desarrollo social.
Ahora que en Venezuela se lleva a cabo una hermosa batalla por
desterrar para siempre el analfabetismo debemos recordar que la educación fue
una prioridad en su programa y subrayó que el primer deber del Gobierno
es educar al pueblo. Por eso es muy plausible que la campaña lleve el
nombre de Robinson, que alguna vez usó en el clandestinaje Simón
Rodríguez —maestro en toda la extensión de la palabra— pues la ignorancia es
una forma perversa de la permanencia de la esclavitud en las
conciencias.

El Libertador que el 6 de septiembre de 1815 consignaba en su Carta de
Jamaica que deseaba ver formarse en América la más grande nación del
mundo, menos por su extensión y riqueza que por su Libertad y gloria,
soñaba con una América unida donde se erradicaran los males coloniales,
incluida la perniciosa corrupción. Ya en enero de 1824 firma un decreto
donde se dice que todo funcionario que se apoderara de fondos públicos
de diez pesos para arriba puede ser condenado a la pena capital.

El 6 de agosto de ese mismo año, Antonio José de Sucre vence en Junín.
Bolívar libera a Lima el 5 de diciembre, el día 9 Sucre triunfa
brillantemente en Ayacucho sobre el ejército realista, y ese hecho significa
la derrota de España y la liberación de la mayor parte de nuestra
América.

La envidia, el aldeanismo, la labor de zapa de las potencias
coloniales, que siempre codiciaron las riquezas de estos pueblos y la ambición de
los falsos patriotas, impidieron que se realizara la unidad por la que
tantos dieron la vida, y El Libertador, enfermo y abandonado, pudo
haber inspirado los versos de nuestro Apóstol que afirman con amargura:
"todo el que lleva luz se queda solo". Minado su organismo por la
tuberculosis, se refugia en la hacienda San Pedro Alejandrino en Santa Marta
donde fallece el 17 de diciembre de 1830. Un año y meses antes, en carta
fechada en Guayaquil, el 5 de agosto de 1829, le había expresado al
diplomático inglés Patricio Campbell: "Los Estados Unidos parecen
destinados por la Providencia para plagar la América de miseria a nombre de la
libertad."Y como pudieron comprobar las generaciones posteriores no se
equivocaba. En momentos de angustia suprema pensó que había arado en el
mar. Él era un apasionado, un primogénito del mundo como decía Martí,
un justo comido por la impaciencia. Pero la batalla no estaba perdida.
Ahora mismo su ideario renace en Venezuela, y triunfará en toda nuestra
América. Como en el poema de Neruda, Bolívar despierta siempre que
despierta el pueblo.



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