La esperanza impersuasible de Cuba

Padre Luis Barrios

Rebelión.org

mayo 2003

 

Tengo que confesar que para mí, lidiar con personas,
las cuales frente al oportunismo, conveniencia o
interés personal, prestan, venden o traicionan sus
convicciones a quien mejor ofrezca, es un ejercicio
de paciencia. De aquí el que condene enérgicamente
las palabras del Secretario de Estados de los
Estados Unidos cuando se atrevió a decir el pasado
martes 29 de abril que “Cuba es una aberración en el
hemisferio”. Las mismas están basadas en el
contexto del oportunismo, mojigatería e hipocresía y
su anunciador carece de validez moral para resaltar
críticas hacia el gobierno Cubano porque recurre a
la amnesia selectiva que trata de ocultar las
atrocidades cometidas por el gobierno de los Estados
Unidos a través de la historia. Observe el desastre
que están llevando a cabo en Afganistán, Irak y
Puerto Rico- por solo mencionar tres países- en
donde las violaciones a los derechos humanos, las
encarcelaciones, las ejecuciones, el terrorismo
político, la manipulación de los procesos
democráticos y la inserción de modelos económicos
capitalistas corporativos es el pan de cada día.
Estas falsedades de Colin Powell fueron
la inspiración para esta reflexión que les estoy
compartiendo en este escrito. Reconozco que vivimos
en una sociedad en donde el oportunismo, la traición
y el engaño son valores erróneos y no sólo se
promueven a través de la socialización capitalista
sino que también se retribuyen. Cada día, en
nuestras relaciones con otras personas, estos
valores erróneos nos ponen de cara al dolor y al
sufrimiento.
Recuerdo un gran amigo de la escuela superior con
quien tuve el honor de pegar panfletos, vender el
periódico del partido, ir a las demostraciones, ser
arrestados y por qué no, también coger palos de la
policía. Ese amigo con quien compartía mi almuerzo,
o él compartía el suyo conmigo pues ambos éramos dos
muertos de hambre; o sea, dos muchachos de caseríos
a los cuales aunque nos faltaba la comida, nos
sobraban los sueños y los deseos de poder ver a un
hombre nuevo y una mujer nueva, en una sociedad
nueva de justicia y por la cual íbamos a dar el todo
sin esperar nada a cambio. Ese mismo amigo, ahora en
su fase de abogado acomodado y adinerado, se atrevió
a decirme un día que todo lo ocurrido en su vida de
militante fue un error de juventud. En aquel
entonces él le llamaba combatividad, ahora le llama
aventura. Ese día nos dijimos dos o tres
pendejerías, pero mayor fue la pena que sentí por él
cuando pude percatarme que su raciocinio era una
especie de exorcismo apologético con el cual
pretendía paliar sus sentimientos de culpas. Algo
así como curarse en salud.
Porque ambos también fuimos producto de una
pastoral juvenil de la iglesia metodista, pude
recordar aquella escritura bíblica que tanto
discutimos juntos en donde Pablo le pregunta a la
comunidad de Roma: ¿quién nos separará del amor de
Cristo? Esa escritura que ambos meditamos y
reflexionamos debajo de los árboles de la escuela
Juan José Osuna en Hato Rey, la misma que repetíamos
mientras nos decíamos; “nada ni nadie nos apartará
de la lucha por la justicia”. Por esto nuestra
esperanza debe ser impersuasible.
Cuando decimos que tenemos una esperanza
impersuasible queremos decir que la misma no hace
tratos con el enemigo del pueblo. Ahora bien –y aquí
pecamos muchos/as– la fidelidad no debe ser
selectiva. Ante esta realidad los compañeros y
hermanos Pedro Casaldáliga y José María Vigil nos
dicen: “En esa militancia y en esa fidelidad, se ha
ido descubriendo cada vez más que la fidelidad ha de
ir dándose en todos los sectores de la vida. Con
frecuencia se daba una fidelidad, hasta fanática
incluso, a los principios del partido, a las órdenes
de la comandancia. Y a lo peor, en la fidelidad
dentro de la propia familia, o en la fidelidad en el
control de las propias pasiones, se claudicaba. De
alguna manera se caía en aquella incoherencia de los
militantes burgueses del descanso del guerrero, de
la doble moral”. O sea, nos dejamos persuadir por
las tentaciones de la fama, placer, dinero,
comodidad, oportunismo, beneficios, etc. De aquí la
necesidad de la constante auto-evaluación o
auto-crítica porque mi comunidad de fe y mi
trinchera revolucionaria comienza en mi hogar.
Por cuanto esta fidelidad no es
persuasible, tampoco es neutral porque siempre está
al lado de las víctimas de los procesos o
estructuras de injusticia política, económica,
cultural social, sexual, religiosa, etc. Y por
supuesto, estar en contra de estas estructuras y
procesos de injusticia es estar en contra de quiénes
las manejan, produciendo atropellos, explotación,
opresión, marginación y exclusión. Cuando esta
esperanza impersuasible entra en solidaridad con las
víctimas y al mismo tiempo en beligerancia contra
los/as victimarios/as, la neutralidad pierde su
encanto de inercia. Así también, esta esperanza
busca detener el proceso de socialización que
promueve el acomodamiento, al que estamos
acostumbrados/as, y la reproducción de los valores
errados de la inconsistencia y la cultura de la
egolatría que la clase dominante pretende inculcar
como estilo de vida.
Una pregunta clave en toda esta
reflexión de la perseverancia puede ser el que
constantemente nos reflexionemos sobre que nos puede
llevar a traicionar el proyecto de luchar por la
justicia. O sea, ¿qué es lo que me persuade?, ¿cuál
es mi debilidad?, ¿cuál es mi tentación?, y por
supuesto debo preguntarme, ¿yo tengo precio? Debemos
recordar que una esperanza impersuasible, la cual
reta las estructuras de poder de la clase dominante,
tarde o temprano debe enfrentarse a las
consecuencias de las acciones. En un homenaje que
se le rindió a Mahatma Gandhi, el profesor Gilbert
Murray escribió lo siguiente: “Hay que tener cuidado
al tratar con un hombre a quien no le interesan los
placeres sensuales, a quien no le interesa la
comodidad, el elogio ni el ascenso, sino que está
resuelto, simplemente, a hacer lo que cree justo. Es
un enemigo peligroso e incómodo, ya que su cuerpo,
que uno siempre puede conquistar, no nos permite
comprar su alma”.
Esta descripción de la vida de Gandhi
resume lo que podemos identificar como la
encarnación de lo impersuasible. Esta es otra
reflexión de la firmeza que debemos ejercitar en
todo momento, rechazando todo trato o acuerdo con la
injusticia y recordando que la integridad es una
virtud moral que no debemos perder. Si perdemos la
integridad, la traición hace su entrada triunfal.
Doy gracias por la esperanza impersuasible de Cuba y
sigamos condenando las aberraciones del gobierno de
los Estados Unidos. Paz con justicia.

P. Luis Barrios
Iglesia San Romero de Las Américas
New York, New York
lbarrios@jjay.cuny.edu
I de mayo de 2003



"When I give bread to the poor, they call me a
saint; but when I ask why people are poor, they call
me a communist."

“Cuando di de comer a la gente pobre, me llamaron
santo; pero cuando pregunté por qué la gente es
pobre, me llamaron comunista”.

(Obispo Helder Camara; Brazil)


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