Esta Cuba que tanto nos ilumina

Carlos Aznárez

24 de abril del 2003

Nunca una frase tuvo tanta fidelidad como la lanzada en su momento por
el comandante Fidel Castro para juzgar la actitud de quienes votan
contra Cuba y se hacen los distraídos frente a los continuos actos
criminales de los Estados Unidos y sus aliados: lamebotas, Eso son, ni más ni
menos y en dicha expresión está implícita una definición de lo que son
las relaciones internacionales de los mandatarios títeres con su
titiritero imperialista. Ese concepto es precisamente el que rechazan a diario
los pueblos del Tercer Mundo que apoyan con cuerpo y alma la dignidad
de la nación cubana.

Ahora, frente a la nueva campaña montada contra la Isla, producto de su
lógica reacción frente a los conspiradores internos (esos que no dudan
en secuestrar avionetas o lanchas con el aval de sus socios de Miami) y
los que durante 44 años han intentado lo imposible por minar la
resistencia popular desde Washington o La Florida, la rebeldía del pueblo de
Martí, Maceo y el Che se yergue nuevamente frente a la infame y reciente
votación de la Comisión de ¿Derechos Humanos? de una institución
inexistente llamada ONU. Mientras ellos condenan a Cuba, las grandes mayorías
de Latinoamérica, Europa, Africa y Asia, siguen alineándose con uno de
los pocos países del mundo (junto con Venezuela Bolivariana) que le
planta cara al verdugo de los pueblos.

Acorralar a Cuba, criminalizarla, infiltrarla y finalmente reocuparla
colonialmente. Esa es la estrategia que subyace en todos los últimos
movimientos de la mafia cubano-americana, sus aliados de Ginebra, y
aquellos que a nivel internacional acaban de masacrar al pueblo iraquí. Sin
embargo, la dignidad que subyace en cada una de las expresiones públicas
del gobierno y pueblo de Cuba, ha servido para construir un firme muro
contra semejante asedio.

Los mismos que hoy se rasgan las vestiduras con los fusilamientos de
criminales confesos (tanto desde la derecha hasta la izquierda
eurocentrista que nunca termina de poner sus pies en la trinchera correcta) son
aquellos que jamás abren sus bocazas para condenar ­habría que hacerlo
diariamente- los crímenes del imperialismo norteamericano, de sus
aliados sionistas y sus testaferros económicos. Contra Cuba, se atreven a
hablar de ³faltas de libertades² y ³violaciones de derechos esenciales²,
claman al cielo para que ³inspectores de la ONU² visiten la Isla (al
igual que los topos que infiltraron en Iraq para desarmar y espiar a ese
país facilitando las tareas de la coalición asesina anglo-sajona) o
exigen -¿desde dónde?- que Fidel ceda a sus demandas intervencionistas. En
su afán inquisitorial logran sumar a cada vez más confundidos
intelectuales (triste papel el de Saramago igualándose con Montaner o Vargas
Llosa) o a recolectar adhesiones entre los mismos personajes que
convalidan la tortura, la cárcel y la represión en sus respectivos países. Son
decididamente hipócritas en estos ataques a la soberanía cubana, son
voraces coleccionistas de mentiras y triquiñuelas que sólo buscan acabar
con el coraje de un pueblo que los desenmascara una y otra vez.

El país latinoamericano más adelantado en temas de derechos humanos
(derechos auténticos y no los inventados por falsos jerarcas
internacionales) como son los de brindar salud, educación y continuas muestras de
solidaridad nacional e internacional, no necesita de profetas ni jurados
que aprueben su accionar. Para eso está el propio pueblo de Cuba, el
que masivamente vota democráticamente por la continuación del proceso
revolucionario y que también está dispuesto a ofrecer su propia vida (como
ya lo hizo en Playa Girón) para que no avasallen su soberanía. Allí
está el ejemplo de estos últimos años: la hazaña del niño Elián y su
padre, recuperados por un pueblo movilizado y decidido a todo para defender
a sus compatriotas. Allí brillan también las cinco estrellas de los
héroes prisioneros en EEUU por jugarse enteros para desnudar las maniobras
terroristas de la mafia cubano-americana. Con su ejemplo, estos jóvenes
patriotas, valen mucho más que las sanciones, juicios y bloqueos
criminales, precisamente porque son parte de la misma multitud que día a día
se moviliza por su libertad.
No, no pueden con Cuba los profetas del odio y los militarizados
asesinos del Pentágono. No pueden ellos ni las intrigas de intelectuales que
ensucian las banderas progresistas sumándose al coro detractor contra
la Isla. No pueden tampoco los lacayos presidentes ­como los de Uruguay,
Perú, Nicaragua y aquellos países ex ­socialistas del Este europeo- que
creen que un voto puede anular una experiencia de casi medio siglo de
construir poder popular e irradiar ese ejemplo a todos los pueblos del
mundo.
Con Cuba no podrán ni por la vía de las intrigas ni por la nunca
descartable vía militar. Si intentaran esto último temblaría el continente,
se estremecerían los pueblos y los agresores tarde o temprano recibirían
su merecido. Ganas no les faltan a los pueblos de demostrárselo, sobre
todo después de las atrocidades cometidas por la coalición imperialista
en Iraq.

 

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