Salvador Allende a todo color, en toda su gloriaSalvador Allende, el socialista solitario

Andrés Soliz Rada (Unión Latinoamericana Siglo XXI)

Argenpress.info

mayo 2003


Andrés Soliz Rada, eminente latinoamericanista, recuerda a Salvador Allende, el presidente mártir chileno.

La finalización de la década de los sesentas y el inicio de los setentas del siglo pasado, trajo hondas preocupaciones regionales al imperialismo norteamericano. En octubre de 1968, el general Juan Velasco Alvarado había derrocado en el Perú a Fernando Belaunde Terry y, de manera intrépida, nacionalizó la Banca, las industrias petrolera, pesquera y cuprífera y llevó adelante la primera reforma agraria en la historia de su país. En septiembre de 1969, el general Alfredo Ovando Candia depuso al Presidente Luis Adolfo Siles Salinas y, de inmediato, derogó el Código del Petróleo o Código Davenport, cuyo nombre provenía de la firma de abogados estadounidenses que lo había redactado. Apenas 21 días más tarde, nacionalizó el petróleo, respaldado por un revolucionario 'Mandato de las Fuerzas Armadas'. Meses después, aprobó la primera Estrategia de Desarrollo Nacional basada, principalmente, en los esfuerzos propios de la República y aceleró la instalación de los hornos de fundición de estaño. En septiembre de 1970, el socialista Salvador Allende ganó las elecciones chilenas, lo que le permitió nacionalizar la industria del cobre y la banca y acelerar la dotación de tierras a campesinos pobres. Si cada uno de estos procesos preocupaba por separado a Washington, el tener que enfrentarlos conjuntamente, debido a la posibilidad de que los regímenes de La Paz, Lima y Santiago coordinen sus acciones, resultaba intolerable para los romanos de nuestro tiempo.

Como es obvio, EEUU desplegó rápidos esfuerzos para terminar con estos actos de insubordinación en el Cono Sur de su patio trasero. En Bolivia, después de desestabilizar a Ovando, no pudo evitar que otro general patriota, Juan José Torres, siguiera la huella de su predecesor, a quien finalmente derrocó en agosto de 1971.

La caída del gobierno de Velasco Alvarado se produjo en agosto de 1975. Fue reemplazado por el general Francisco Morales Bermúdez, quien coaguló el ímpetu nacionalista del velasquismo. La inquietud regional se había incrementado aún más al presumirse que Perú atacaría a Chile, al recordarse, en 1979, el centenario de la Guerra del Pacífico, a fin de recuperar sus territorios perdidos, para lo cual Velasco Alvarado había comprado tanques y aviones de la Unión Soviética. De esos años data la decisión chilena de sembrar con minas antipersonales sus fronteras con Perú y Bolivia.

Lo anterior demuestra que Allende, al tomar el gobierno, en 1970, tenia un frente externo muy convulsionado, al igual que su panorama interno. Tres décadas después de esos acontecimientos, las 'memorias' del canciller norteamericano de la época, Henry Kissinger, demuestran, sin lugar a dudas, la abierta ingerencia de la CIA y de trasnacionales, como la ITT, en el golpe del 11 de septiembre de 1973, que dio inicio a la cruenta dictadura del general Augusto Pinochet. El golpe fue antecedido de agudas confrontaciones sociales, en las que empresarios, principalmente los dueños de camiones que podían paralizar el comercio, movilizaban sus huestes para boicotear al gobierno de la Unidad Popular (UP) y hacer fracasar las medidas que adoptaba Allende, de acuerdo a su programa. Por otra parte, los cinco partidos políticos que co gobernaban con Allende no lograron actuar de manera unitaria y coherente'. El sostenido apoyo de Cuba y, en menor grado, de la URSS y de países de Europa Oriental y Occidental al germinal socialismo chileno fue insuficiente para impedir el golpe destinado a aplastar esa experiencia democrática y socialista.

En consecuencia, Allende estaba demasiado ocupado en salvar su régimen, lo que le dejaba escaso tiempo para atender el encierro geográfico de Bolivia. Tal el contexto en el que el prolífico escritor boliviano, Néstor Taboada Terán, refiere, en el capítulo 'Chile, Salvador Allende y la Reintegración Marítima', de su libro 'La Decapitación de los Héroes' (Editorial UMSS, Cochabamba. 1995), que en su visita al presidente chileno, en los inicios de su mandato, éste le manifestara que 'Bolivia retornaría soberana a las costas del mar Pacífico', para luego añadir que 'los escritores y todos los hombres de buena voluntad deben venir a Chile y explicar sus anhelos, discutir, crear las condiciones subjetivas en el pueblo para llegar al feliz entendimiento. Ahora no somos gobierno de la oligarquía minoritaria, somos el pueblo. No nos guían intereses de clase dominante. No les pedimos nada, queremos solamente reparar el despojo cruel del que ha sido víctima el pueblo boliviano' (páginas 63 y 64).

De las expresiones de Allende se desprende, en primer lugar, su convicción de que Bolivia sufrió el 'despojo cruel' de su costa marítima en la guerra de 1879, de donde emerge la necesidad de reparar la injusticia histórica. Este concepto lo diferencia de tantos socialistas y no socialistas chilenos que no tienen la calidad moral de Allende para reconocer esas verdades históricas. En segundo lugar, sabe que, en esos momentos, no existían condiciones políticas para resolver la exigencia boliviana. Por esa razón utiliza el condicional al manifestar que Bolivia 'retornaría' soberana a las costas del mar Pacífico. Tal percepción se confirma al advertir que Allende hace depender la solución del centenario trauma continental al papel protagónico que deben jugar las organizaciones políticas y sindicales de Bolivia, así como sus intelectuales, estudiantes y hombres de buena voluntad, quienes 'deben crear las condiciones subjetivas del feliz entendimiento'. Está claro, en consecuencia, que para Allende la devolución a Bolivia de parte de su costa marítima no podía ser inmediata, pues había que crear las condiciones para avanzar en esa dirección. Es probable que el mártir chileno y latinoamericano hubiera pensado encarar la demanda boliviana después de consolidar su régimen y arrinconar a sus adversarios, pero tal situación, como todos sabemos, no llegó a presentarse.

Según Taboada Terán, los planes de Allende, a mediano plazo, habrían sido de conocimiento del cónsul general de Bolivia en Santiago, Franz Ruck Uriburu, quien, debido a su fallecimiento, no tuvo tiempo de revelarlos. Algunos ministros del General Torres dijeron también que hubo conversaciones telefónicas entre Allende y el Presidente boliviano a fin de explorar soluciones al conflicto de 1879, aunque tampoco llegó a conocerse el detalle de esos diálogos. Por otra parte, sería apresurado decir que la predisposición de Allende a resolver la mutilación boliviana tenía el apoyo de su gobierno, de su coalición y aún de su propio partido. Podría asegurarse que en todos estos niveles existían opiniones encontradas. Lo más probable es que la mayoría de sus allegados le habría manifestado la inconveniencia de abordar un tema que hubiera servido de pretexto a los militares 'pinochetistas' para apresurar el golpe de Estado. Lo anterior no constituyó un óbice para que el propio Pinochet, consciente de los problemas que causa a Chile el encierro boliviano, hubiera buscado resolver el conflicto mediante el abrazo de Charaña, protagonizado con Banzer, en 1975.

Si algo demuestran los sucesos comentados es que el problema del encierro boliviano es tan hondo que atraviesa transversalmente al conjunto de la sociedad chilena. No por casualidad apoyaron la causa marítima de Bolivia figuras literarias de la talla de Gabriela Mistral, presidentes de la República como Domingo Santa María, poetas como Vicente Huidobro, militares de prestigio como Aquiles Vergara Vicuña, diplomáticos e historiadores como Enrique Zorrilla y Oscar Pinochet de la Barra y periodistas honrados como Juan Carlos Medina, Víctor Moreira y Hugo Goldsack. Finalmente, la hermandad chileno-boliviana, reconstruida con la reintegración marítima a Bolivia, es defendida por el Centro de Estudios Chilenos, conducido por esclarecidos bolivarianos como los profesores Pedro Godoy y Leonardo Jeffs, quienes sostienen que el mensaje fraterno de Allende al pueblo boliviano es una semilla que germina cada día.

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