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Memoria histórica: El Codo del Diablo (1948)

Alfonso Chase

La Prensa Libre

8 de diciembre de 2008

 

Es un lugar común el decir que un pueblo sin memoria histórica está condenado a repetir siempre los mismos actos, que algunos califican de errores y otros de crímenes, en el sentido lato que tiene para nuestro pueblo. Posiblemente sea el único costarricense que lleve en la memoria, escrita a cincel, la oprobiosa masacre llamada de “El Codo del Diablo”, llevada a cabo el 19 de diciembre de 1948, en un recodo de la vía del Ferrocarril al Atlántico, en la provincia de Limón.

Poco se ha escrito sobre los detalles del asesinato. Don Enrique Benavides escribió de esto y editó, precisamente coincidiendo con esa fecha, y presentando su libro “Casos Célebres”, en diciembre de 1968, ante un selecto grupo de amigos, detalles desconocidos, a ese tiempo, tomados de los expedientes judiciales, a los cuales, según él, les faltaban algunas páginas, decisivas para engarzar toda la historia, que tiene visos de tragedia griega, en cuanto a las víctimas se refiere y sainete perverso en su relación con los verdugos. La historia es fácil, ahora que se tiene con nueva información. Fue un asesinato selectivo. Rumores que corrieron en Limón, en esos días previas a la Natividad, sobre un escarmiento que se iba a hacer en la persona de algunos militantes del Partido Vanguardia Popular, para prevenir un alzamiento interno. Los detenidos fueron capturados en sus casas y encarcelados, días antes, sin ningún cargo específico, cuando no fuera su militancia política y el respeto de que disfrutaban entre sus amigos, vecinos, militantes y entre la gente honrada de Limón. La orden del traslado a San José, sacados de la detención, vino de San José, una orden específica de iniciar el viaje y otra, anterior algunas horas, para indicar la voluntad de asesinato contra los detenidos, que fueron trasladados a un motocar, esposados y sabiendo, entre ellos, que algo funesto iba a ocurrir. Todo estaba preparado para el vil asesinato y solo faltó llegar hasta el recodo para fingir un tiroteo, procedente de arriba de la vía férrea, para dar inicio al crimen. Los criminales actuaron según las órdenes emanadas, en el no tan lejano San José y el mandato establecido en la Comandancia de Limón, la cual al parecer nunca fue realmente involucrada en el atroz asesinato, según testimonio
posterior del propio don Enrique Benavides. para otro tomo que se le quedó en el tintero, sobre otros “casos célebres”, vinculados todos en la relación política-crimen, de la cual se nutre también la historia costarricense pero se esconde aviesamente de la opinión pública. Don Enrique pensaba, en ese entonces, que sería sano conocer lo que él había investigado, como un acto de justicia e higiene social, pero su deseo quedó incumplido.

Nadie creyó la versión de que los reos fueron objeto de un intento de rescate por parte de invisibles compañeros armados en el sitio. Ellos iban marcuernados por tres esposas en las manos, las cuales fueron quitadas al momento del crimen, abajo del entonces famoso Cerro del Diablo, para dar inicio a la masacre, que se cumplió de
manera exacta, tal como mandaba la orden procedente de San José. Casi inmediatamente se supo en Limón del crimen, así como en Siquirres, como que todo estaba preparado, al solicitar uno de los asesinos el envío de un tren, todo esto ampliado en algunos otros documentos aparecidos luego, sustraídos de la causa y de un informe confidencial de la Procuraduría General, descubierto por un familiar de don Enrique Benavides, posteriormente, pero que no pudo ser incluido en el libro sobre el caso. Dos de las víctimas, agonizantes, fueron rematadas por el encargado de la misión. El cuerpo de otro de ellos, con las esposas en una de sus muñecas, fue un testimonio activo de lo que había ocurrido. Los testimonios orales y escritos, de muchas personas en Limón desaparecieron. Don Hernán Garrón fue uno de los pocos en denunciar el crimen, boca a boca, y entre sus amigos y conocidos y fue amenazado de muerte y lo mismo sucedió con otros ciudadanos, partidarios todos de la Junta de Gobierno, porque los sicarios, borrachos, hacían gala de su arrogancia en las cantinas aledañas o lejanas del centro de Limón.

Luego la impunidad: protegida por altos funcionarios del gobierno, como bien lo dijo don Enrique Benavides. Se denunció el caso, se hicieron las diligencias de la acusación en agosto de 1949 y el 2 de diciembre de ese mismo año se dictó decreto que exigía la prisión y enjuiciamiento de los indiciados: Manuel Zúñiga Jirón, Luis Valverde Quirós, Clarencio Auld Alvarado y Hernán Campos Esquivel acusados de homicidio calificado, cometido a impulsos de perversidad, con una pena para cada uno de treinta años de cárcel.

El señor Hernán Campos Esquivel no fue condenado pues tuvo el valor, antes y después, del crimen, de tener compasión y amistad hacia los prisioneros calderonistas y vanguardistas, encerrados en la cárcel de Limón. Intervenciones políticas de ese tiempo sustrajeron a los asesinos del peso de la condena y propiciaron sus escapes, varias veces, de manera que resultaron impunes.

Aunque siempre hemos tenido como Mártires del Codo del Diablo solamente a Tobías Vaglio, Federico Picado, Octavio Sáenz y Lucio Ibarra, luchadores sociales de eterno recuerdo en el corazón y la mente de muchos costarricenses, fueron asesinados allí Narciso Sotomayor, nicaragüense luchador contra Somoza, marinero famoso y admirado por sus amigos de la Legión Caribe y Álvaro Aguilar Umaña, alias Matatigres, personaje popular, admirado y querido, valeroso según contaron muchos ciudadanos. Pero la vida de estos dos hombres también deben estar presentes en la memoria de los pocos costarricenses que fuimos educados, siempre, en la preservación de la memoria histórica de la nación costarricense. Porque nunca habrá perdón u olvido. Con estas palabras ya lo saben.

 

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